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 La Rosa de Broëden

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Reimer A.
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MensajeTema: La Rosa de Broëden   Jue Ene 21, 2010 1:16 am

Un cuento raptado de mi blog xD (aunq eso no es rapto O.o xDD) como sea =P ^^ es como "mi tarjeta de presentación" porque siempre muestro este cuento =P aunque aqui hay una muestra de como escribo, suelo hacerlo de tantas maneras que se sienten las variaciones... ahm, como sea =)

Aqui tienen la Rosa de Broëden =) [Se lee Broden]

... Y al amanecer su alma se marchitó,
su última lagrima cayó...


La Rosa de Broëden

El antiguo pueblo Iöti cuenta la leyenda de un rey, dueño y señor de un vasto reino cuyo nombre se desvaneció de nuestras memorias como el polvo de las arenas del desierto de Sícala. Un rey justo y de buen corazon ¿Quién diría que recibiría uno de los castigos más crueles del destino?. Al morir su esposa, mientras daba a luz a su hija primogénita, se anunciaban el mal presagio para todo el pueblo. El rey se sintió tan solo pues el amor de su vida lo había abandonado, ¿Quién diría que aun debía sufrir el castigo más cruel del destino?

El hombre crió a La Princesa con tanto esmero y amor, era su primera hija, la última voluntad de su esposa; era su único motivo para existir. Pero desgraciado era aquel hombre, pues criaba la desgracia de su reino y su futuro de ruina. El rey era un buen padre, y cumplía los deseos de su hija con sabiduría, sin embargo ella no lo creía así, ella era necia y malagradecida.

Pasaron así los días. Los meses. Los años. Ella crecía y su padre envejecía hasta llegar a el lecho de su muerte. Fue tiempo de luto en la región, hasta los árboles del bosque vestían trajes negros, no dieron fruto por nueve semanas seguidas, el bosque estaba cubierto con un manto negro de hojas, éste se llenaba de lagrimas celestes del cielo que se rompía a cada instante.

Era un ambiente gris y tétrico, acababa de morir el mejor rey que había tenido el lugar; pero a La Princesa no le agradaba eso, la opacaba a ella y su hermosura. Con el pasar de los años su belleza crecía junto a su vanidad y ambición, llegó hasta el punto donde ya no podía ser más bella ni más perfecta. Luego de las nueve semanas de luto La Princesa organizó una fiesta, un gran banquete para príncipes y caballeros.

— Ni zira yägni nu ni brall jazae nutzé, zu paltaz yeapo kretea muz pouk Palkez Modoür Yeäte karko. (Quiero anunciarles que estoy buscando pretendiente, aquellos que se ofrezcan esperar frente al castillo después que el gallo cante) — dijo ella, su delicada voz resonaba en las paredes del castillo, como su belleza lo iluminaba.

Así fue, llegaron caballeros y príncipes, hasta comerciantes y plebeyos, todos vestidos con sus mejores galas esperaban frente al castillo horas antes de que el gallo cantara, ni siquiera el primer rayo de sol penetraba el cielo de amatista.

Se abrieron las enormes puertas de madera y hierro, los hombres que aun dormían se pusieron en pie, eran miles. Mientras avanzaba el tiempo muchos de los pretendientes iban pasando, hasta que del bosque humano solo quedaron unos pocos al terminar el día, 117 exactamente.

Volvieron a dormir, como perros fuera de la casa de su amo, pensando en solo un objetivo, la recompensa que adentro obtendrán. Otra vez amaneció, y la fila disminuía, cada hombre que entraba era ver cientos de lagrimas rodar, nunca el la historia de Sulephak se vio llorar a tanto hombre junto, dicen los habitantes cercanos a ese lugar, que así fue como se originó la laguna Viëstrae (Lagrima). Este acto hacia perder más las esperanzas de los que aun seguían afuera.

La Princesa, ahora La Reina, aun seguía enviando a soldados para llamar a pretendientes. No quedaban muchos. Entró, entonces, un muchacho, que se hizo llamar Yaël, estaba decidido a lo que iba. Ese muchacho no era de origen tan noble, su abuelo había sido el forjador real de las armas del ejercito de Naia, se había casado con la sirvienta de la Reina del lugar y criaron a su padre en las cocinas del castillo de Sícala.

Ella estaba en la gran sala, una alfombra verde y amarillo le encaminaban al trono de oro; todo adentro era brillante y deslumbrante, pero el verdadero punto de perfección lo tenía frente a él, La Reina hablaba.

— ¿Ga zira ni muz? (¿Cuales son tus intenciones?) — hablaba tan fuerte y decidida que no parecía ser tan solo una adolescente.
—Ni jazae am praloës ni nadrei vo at vo nadrei ni.(Yo busco un corazón que amar y que me ame)
— ¡Doluma! ¡Vo soës vaez doluma! (¡Mentira! ¡Eso es una vil mentira!) — gruñó —¿Ga zira vakdei ni muz? (¿Cuáles son tus verdaderas intenciones?)

Yaël no respondió, sabiamente se quedó en silencio.

— Ni Nadrei bó re paltaz ni Naia Broëden (Yo amaré a aquel que me traiga la Rosa de Broëden)

Con un movimiento de su mano, los soldados entendieron que él debía irse, le tomaron por los hombros y lo echaron fuera del castillo. Empezaba a llover, de nuevo a llover. A Yaël le encantaban las tardes nubladas y lluviosas, decía que cada gota de lluvia era una esperanza para seguir viviendo.

Fuera de ahí se marchó a la posada donde dormía, estaba llena de hombres borrachos, tristes hombres que lloraban todavía. Al fondo un anciano, debía ser de Iöti, por sus rasgos físicos, era de piel morena, cabello blanco; en su rostro y sus manos estaban dibujados tatuajes, símbolos de una tradición inmortal. Yaël se sentó junto a él y preguntó.

— ¿Baë soës Naia Broëden? (¿Qué es la Rosa de Broëden?)
— Soës yaraëndo vo, pekzka rikza vo.(Es una reliquia, imposible de encontrar) — dijo con un tono cansado, pero al instante, como lo son estos contadores de leyendas.

También le contó que aparecía cada noche de Luna Llena, nunca nadie ha sabido donde crece, pero si como lo hace. En la cima de una montaña, florece la flor azul zafiro, recién bañada con el helado rocío de Luna Llena, con un brillo propio permanente. Pero una rosa tan bella ha de tener tan gran protector, y es que la montaña esta cubierta de sus espinas, grandes y gruesas espinas; muy mortales esas espinas. Esa rosa tan famosa lo es, porque en todo Sulephak se le conoce por proporcionar a aquel vida eterna, sin embargo todos hablan de muerte al referirse a ella, porque es lo único que proporciona buscarla.

Se encaminó hacia la búsqueda él solo, llevó consigo proviciones, una lanza y el recuerdo del pasado que jamás abandonaría, su familia. Cruzó los áridos desiertos de Sícala, fue cobijado por la hospitalaria gente de Zahí, pero su rumbo acabó en el Sur, junto a los helados terrenos de Seudda. Estaba ya en agonía por la búsqueda, sus pies estaban hinchados por el frío, y durmió, quedado por el cansancio frente a lo que tanto buscaba.

Soñó encontrarla, sin despertar sabiendo que la encontró; soñó tocarla, sin saber que estaba tan cerca, era como tocarla. Sintió el frío que le cobijaba y los lobos que no le comían creyendole muerto. Pero de muerto a vida pasó, cuando al despertar supo por fin que la había encontrado, no supo que hacer más que enviar a ella una carta, la ató a la pata de Lhïn (Saeta), un halcón que compró en la ciudad de Zetila. Era un milagro que esa criatura estuviese viva, pensó, pero lo que él no sabía era que se alimentaba por la noche, cuando él dormía, con animales que ahí pasaban.

El anuncio llegó temprano, La Reina obedecía a lo que en la carta decía: “Zëallum ni faek yaïpaen, ni rikza vo, ni rikza Naia Broëden” (“Llévame a todos los hombres, la encontré, encontré la Rosa de Broëden”). Ella sintió haberlo alcanzado todo, así que junto a una caravana de hombres, fue ella al lugar, iba siendo cargada como La Reina que era sobre su caruaje real en la espalda de docenas de hombres.

Pasaron semanas hasta que llegaron, en efecto, estaba ahí los rastros de una enorme montaña que desaparecía. Esperaron al anochecer, justo cuando junto a la Luna Llena crecía la montaña entera, y en la cima la Rosa tan preciada. “Naia Broëden” murmuraban todos, hasta la misma Reina a quien le brillaron los ojos.

La idea de Yaël era crear una “torre humana”, con los cientos, miles de hombres que habitaban el Reino de La Reina. Era una escalera finita para alcanzar la montaña infinita, pero aun así lograba llegar a la Rosa. Pasaron horas para terminar esa “torre humana”, y justo cuando había terminado, Yaël intentó subir. Fue imposible, la torre de hombres se desmoronó, todos cayeron sobre las espinas, muriendo al instante. Yaël culpó a La Reina por haber agotado a los hombres obligándoles a cargarla.

Las mujeres de estos hombres lloraron, y lloraron aun más cuando se les ordenó llegar al frío país de Seudda, las iban a usar a ellas también. Como en el reino no quedaría nadie que cuidara a sus hijos, ellas los llevaron consigo. Muchas mujeres y sus hijos perecieron en el viaje, pero no porque no aguantaron el camino, sino porque no aguantaron el abuso de la reina. Junto a ellas viajaban carromatos cargados con toda la madera del reino: madera de casas, de muebles y el bosque inmenso se acabó por una inútil idea de La Reina.

Pasaron semanas hasta que llegaron, en efecto, estaba ahí los rastros de una enorme montaña que desaparecía. Esperaron al anochecer, justo cuando, junto a la Luna Llena, crecía la montaña entera, y en la cima, la Rosa tan preciada. “Naia Broëden” murmuraban todas las mujeres, esta vez La Reina ya le conocía y sonreía con malicia.

Las mujeres empezaron a construir una torre de madera, dejaron sus oficios de mujer, su identidad femenina para una inútil idea. Esa torre era lo más hermoso, lo más valioso que las mujeres pudieron hacer. Había sido fortalecida con lagrimas de dolor, dolor por sus esposos, hermanos y padres, dolor por la represión, dolor por no hacer nada en su defensa y huir, dolor del dolor. Y así, cada mujer quedó como columna, soportando el peso de las vigas unas de otras. La Reina sonreía, era la segunda oportunidad para obtener la Rosa de Broëden, y sabía que lo lograrían.

Yaël, colocó un pie en la torre. Otro. Había subido ya lo suficiente, pero cuando solo había avanzado un metro, la torre de madera perdió el equilibrio y se quebró. Muchas mujeres corrieron a reparar el daño pero fue en vano, cayeron sobre las espinas, y murieron al lado de sus esposos, hermanos y padres; otras fueron atravesadas por las estacas de madera y otras murieron felices de soportar el dolor de los huesos rotos, pero por fin eran libres, de nuevo.

La Reina enfurecida mandó a cortar la cabeza de Yaël, pero él tan ágil y sabio como nunca nadie a su edad, dijo algo. La idea era la última, pero no podía fallar. Así fue como mandaron a los niños a traer la última oportunidad de vida, sabían que así fue como perecieron sus padres, tíos y abuelos; madres, tías y abuelas, pero lo hicieron, por miedo, talvez. Arrancaban las piedras del castillo, una por una las llevarían hacia “el lugar”.

Pasaron, ahora, meses hasta que llegaron, en efecto, estaba ahí los rastros de una enorme montaña que desaparecía. Esperaron al anochecer, justo cuando, junto a la Luna Llena, crecía la montaña entera, y en la cima, la Rosa tan preciada. Ya nadie murmuraba “Naia Broëden”.

Empezaron la edificación de la última torre, ésta sería de piedra. Los niños eran tan hábiles como sus padres, y con la fortaleza y el resguardo de las lagrimas, como sus madres. Así pasaron nueve meses exactos para terminar de edificar la gran torre, como nunca la Torre de Babel de Pangea habría llegado.

Al finalizar la única añoranza de La Reina era llegar a la Rosa, por lo que no le interesó que los niños huyeran del lugar. Cada uno tomó un rumbo diferente, pero cada uno tuvo un pasado idéntico, que los hizo ser personas fuertes.

Yaël decidió a subir, era una construcción fuerte, consistente y no se destruiría. Subió y subió, día y noche subió, hasta llegar a la cima. Tocaba ya el cielo de amatista, y frente a él la rosa de zafiro, la Rosa de Broëden. Él, como un ladrón en la noche, pasó silencioso y sin ser percibido y la Luna no se diera cuenta, llegó junto a la Rosa. La tomó con delicadeza entre sus manos, como si fuese el corazón de su amada. La guardó junto al suyo, junto al palpitar vivo y calido de su propio corazón. Se decidió a bajar. Bajó y bajó, día y noche bajó, hasta llegar al suelo. Estaba emocionado, la había encontrado por fin y la llevaba sobre su pecho.

Esa Rosa azul brillaba, como los ojos de La Reina lo hacían, ella estaba encantada, hechizada, enamorada. Por desgracia estaba enamorada de sí misma, de su vanidad, él se percató de ello en ese momento. No lo miraba a él, miraba a la Rosa; se dio cuenta, y demasiado tarde, que La Reina no tenía corazón, y que él había buscado, ese corazón que quería amar, en el lugar equivocado.

— ¡Vaez doluma soës gas praloës! (Vil mentira es tu corazón) — dijo Yaël, su corazón se había roto, derramaba de sus ojos la sangre que los pedazos emanaba — Ga Biujá har nadrei gas praloës, yap ga biujá har praloës. (Tu no sentirás amor en tu corazón, porque no lo tienes).
— Iëta, at… iäka, paltaz ni Naia Broëden (Sí, y… por favor, dame la Rosa de Broëden)
—¡Biujá!, ga pekzka biujá rikza vo (¡No!, tu nunca la encontraste)

Entonces Yaël tomó la rosa en su mano y con toda la ira, la tristeza, su preocupación… su amor; con todas sus fuerzas trituró la Rosa, y con la otra mano tocó una espina del a gran montaña. Moría, lento. Rápido. era inmortal y mortal a la vez, y con el ultimo respiro que tuvo dijo:

— Zausa vo zah pangea rëelizon (ve más allá del reflejo de Pangea)

Y así murió, feliz de haber terminado su destino, con pétalos de la Rosa en sus manos, con la sangre azul de la Rosa mezclándose con su sangre roja en el hielo, plasmando una leyenda, en la boca de los habitantes de Iöti, ese pueblo ambulante que no tiene punto en el mapa.

En cuanto a La Reina no pudo más que soltar toda su desgracia en un grito, un grito perenne que se escuchará en la región de Seudda, en “el lugar”. Esta mujer era tan bella para suicidarse, pensaba La Reina, pero esa era una belleza de mal augurio, nadie nunca en su vida llegó a amarla porque esa hermosura esparcía terror. Y cuando murió, aun bella, su nombre nunca fue pronunciado, como nunca lo pronunciamos aquí, porque al ser dicho traería desgracia a todo aquel que lo escuchase. Ese nombre, el de La Reina no se volverá a escuchar, jamás, en los siglos que vienen, pero su leyenda, la leyenda de la Rosa de Broëden, persistirá en nuestros corazones como el valor, el coraje y la sabiduría de Yaël, el fantasma de Seudda.

Ok, es todo ^^ si les gustó sería un gusto que pasen x mi blog ^^ Änkhara =) espero sus comentarios aquí o en mi blog ^^

Gracias por tomarse la molestia de leer ^^
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MensajeTema: Re: La Rosa de Broëden   Vie Feb 05, 2010 2:26 am

Ya lo habia leído en tu blog y me gusto en general Very Happy
Aunque me parece que hay ciertas partes en que se cae todo el ritmo. Pero por lo corto que es ni se nota ^^


Un saludo.
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MensajeTema: Re: La Rosa de Broëden   Jue Jun 24, 2010 5:35 pm

sí, coincido con gllamphar, me gustó mucho el cuento pero lo redondearías aún más mejorando la ortografía y algunos puntos de la narración que vi flojos...

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Reimer A.
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MensajeTema: Re: La Rosa de Broëden   Jue Jul 08, 2010 5:38 pm

Bn, tienen razón jeje =P fue el primer cuento que he logrado terminar ^^ y me alegra mucho que les haya gustado =) me pondré a corregirlo en las faltas que logre encontrar jeje =) Muchas Gracias!! ^^
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MensajeTema: Re: La Rosa de Broëden   

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