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 Blood's choice

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Elanorelle
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MensajeTema: Blood's choice   Dom Ene 24, 2010 4:15 pm


por Carolina E. Varela

Lo que comenzó como un simple deseo, se transformó en la historia más intrigante y apetecible de todos los tiempos. Sólo porque un día soñé con una ninfa de cabellos rojos, que besaba mis labios con pasión hasta sentir la sangre esparcirse en mi boca. Sólo ese día descubrí que mi vida no era nada comparada con mi ferviente deseo…



-Capítulo uno-

INCONTROLABLE.




El reflejo de mi rostro esa mañana no concordaba con aquello que solía pensar sobre mí. Demacrado por la noche de juerga anterior, pensé seriamente en no volver a mezclar tantos extraños y dulces licores en mi garganta. Ni siquiera mi voz sonaba igual. Parecía la de un extraño, un viejo aquejado por las consecuencias del cigarrillo en exceso. Tenía un gusto pastoso y desagradable en la boca, que me confirmaba, o al menos me acercaba, a la última comparación. Y mi cabeza… ni hablar de ella…

Si no lograba enfocar mi imagen, ni menos reconocerme, era porque mi cabeza no estaba en el lugar de siempre. No, simplemente se había ido a vagar por ahí, sin siquiera darme una pista de su paradero.

Eché a correr el agua del lavamanos para darle un aspecto más normal a mi rostro, que a esas alturas se debatía entre la confusión y la resaca. Al poner mis manos sobre el frío mármol, sentí un escalofrío recorriendo mi espalda. Me apresuré a hundir la cara en el agua fría, conteniendo la respiración y expulsando burbujas de aire a intervalos cortos.

El celular sonó a lo lejos; supuse que estaba en uno de los bolsillos de mi chaqueta, tirada en el suelo, porque la música sonaba amortiguada. Saqué la cabeza del agua y estiré mi brazo a la derecha para tomar la toalla con la que me sequé. Di cinco zancadas hasta mi cama. Efectivamente, junto a ella y en el piso estaba mi chaqueta; dentro del bolsillo, el celular.

-Diga…

-Uuuhhh sí que suenas mal, Harry… ¿te pasó un camión por encima?

-Algo así. - respondí lo más naturalmente que me permitió mi rasposa voz.- ¿Qué ocurre?

-Es Luna. Ha estado preguntando por ti todo el día ayer. Le dije que saliste de Londres por asuntos importantes, pero parece que no se la creyó.

Puse los ojos en blanco. Obviamente mi escucha no me veía, así que seguí.

-¿Te dijo para qué me quería?

-Dijo algo sobre el regalo de los invitados y tu traje con el sastre. Pero sencillamente estaba histérica y no se le entendía mucho lo que hablaba…

-Comprendo. - dije, restregándome la cara con la mano libre.- La llamaré más tarde, a ver qué quiere…

-Yo que tú la llamaría ahora, si no quieres ver caer Troya otra vez.

-Arder, Neville… arder… - le corregí, sonriendo para mí mismo.- Aunque ahora lo único que veré arder será mi estómago, con la resaca que tengo.

-Bueno, arder o caer… lo que sea… pero si no la llamas, ten por seguro que el fin del mundo estará más cerca de lo que piensas.

-Está bien, la llamaré en… - miré el reloj en mi brazo izquierdo y completé la frase - quince exactos minutos. Tengo que ir por aspirinas…

-Te llamo luego…

-Bien.

En aquel entonces, Luna Lovegood era mi novia. La mujer con la que compartí alegrías y tristezas durante seis largos y extenuantes años. Por esos días, en un arranque de cordura, le había propuesto matrimonio, después que ella me lo sugiriera por dos años consecutivos. Nos casaríamos la semana entrante, en una sencilla -al menos para mí- ceremonia cerca de Pembrokshire, junto al mar. Justo como ella quería.

Nunca llegué a entender el apremio de los seres humanos por casarse lo más rápido posible, aunque siendo sincero, a los veintiocho, y con pocas posibilidades de conseguir una mujer más segura de sí misma, debía tenerlo más que claro. No era una opción fácil. Era una elección asumida.

Tomé mi ropa desperdigada por el piso y comencé a vestirme. Tenía tanto por hacer, pero muy poca memoria para recordar por dónde empezar, que preferí ir por mi agenda. Al abrirla, un papel blanco se deslizó al suelo. En él estaba escrito un número telefónico, pero desconocía al propietario. Traté de recordar algo de la noche anterior, y salvo algunas escenas perdidas en mi borrosa memoria, no logré establecer conexión alguna entre el número y la posible persona que me lo había dado.

Atraído por la curiosidad, lo marqué en mi celular. Cinco segundos después, el tono de espera me contrajo el estómago dolorosamente. Ni siquiera sabía quién contestaría, pero por la demora, supuse que sería alguien poco conocido. Justo antes de colgar, escuché el sonido que me indicaba que habían contestado. Pero nadie habló…



-¿Hola?

Pregunté inseguro, pensando que se trataría de una treta. Seguramente un gracioso había querido pasarse de listo conmigo.

-Hey, si no va a hablar…

-Hola.

Me sobresalté al oír su voz. Era extraña y embriagante al mismo tiempo, dulce y recelosa. Y eso que solamente había pronunciado un simple hola. En ese momento no supe qué decirle, por lo que el horrible tartamudeo de mi voz se dejó escuchar al otro lado.

-Creí que no me llamarías… ayer estabas algo alcoholizado y no estoy segura de que me hayas comprendido el mensaje.

-Ahora mismo siento los efectos de esa borrachera - le expliqué, medio avergonzado. Su voz, aunque preciosa, no me recordaba ningún rostro.- Disculpa… ¿puedes recordarme cómo te llamas? Creo que mi memoria se vio un tanto afectada.

-Ginevra.

Entonces las imágenes de ese encuentro volvieron a mi cabeza poco a poco. Ella había aparecido en el bar donde mis amigos y yo celebrábamos un adelanto de mi despedida de soltero. Iba completamente despampanante con un vestido lila de encajes, a juego con su pelirrojo cabello. Entre palabra y palabra, le hice un muy mal chiste, al decirle que me gustaba su nombre porque se parecía al licor que estaba bebiendo en ese momento. Ella se había reído y me pareció una risa tan musical y distinta a la de Luna, que quedé prendado automáticamente.

No recuerdo exactamente qué pasó después, ni por qué razón tenía su número anotado en un papel, guardado en mi agenda. Sólo recordaba el deseo incontrolable de saber más de ella, de preguntarle por qué llevaba puestos unos anteojos oscuros en un lugar como ese, y por qué parecía tan distante y esquiva cuando le pedía que me hablara de sí.

-¿Sigues ahí?

Seguramente me había quedado vacilando entre mis pensamientos y no había notado el tiempo de espera entre frase y frase.

-Estoy aquí… sí… - caminé entre el velador y el televisor de mi habitación, esperando algún tipo de confirmación de su parte. Pero no llegó.- Y… dime, Ginevra… ¿Cuándo podemos volver a vernos?

-Quedamos a las nueve de la noche, en el mismo bar, ¿recuerdas?

-La verdad es que no… -dije, completamente avergonzado.- Pero si es así como lo afirmas, entonces estaré ahí a esa hora.

-Muy bien… hasta la noche entonces…

-¡Espera! - ¡Dios!, sonaba tan ansioso como Luna el día en que le propuse matrimonio, que me aterré al minuto siguiente de pronunciar la palabra.

-Dime…

-Estaba tan borracho ayer, que no logro concentrarme en lo que pasó. ¿Puedes decirme si hicimos algo… tu sabes… algo más que conversar?

Se quedó callada un minuto. O había metido la pata profundamente hasta hacer un agujero en la tierra o ella tampoco lo recordaba.

-Te lo contaré esta noche. Ahora debo colgar.

-Está bien…

No supe exactamente qué clase de sentimiento hundió mis costillas debajo del cuello en el instante en que la incesante nota en mi celular se dejó escuchar, indicándome que ella se había ido. Si rabia por lo inoportuna de la pregunta, o vergüenza por no recordar nada. Pero de un momento a otro me sentí completamente eufórico y nervioso, encerrado en una intensidad propia de un chiquillo de quince.

¿Quién era exactamente Ginevra y por qué me hechizó con su presencia en el mismo instante de verla? Ni siquiera hoy en día estoy muy seguro de ello. Sólo sé que este deseo incontrolable que siento cada vez que estoy cerca de ella, me embarga hace mucho.
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