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 KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)

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elisacotarelo
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MensajeTema: KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)   Mar Mar 16, 2010 6:18 pm

Os presento mi primera novela, parte 1 de una trilogía juvenil de fantasía. Os dejaré aquí la sinopsis y un enlace a la página web donde podeis leerla gratis o bien descargarla.

Resumen de la novela: Samuel Kiyama es un joven ingeniero industrial que trabaja en una fábrica de automóviles en Madrid y vive solo desde que, hace varios meses, sus padres fallecieran en un accidente de tráfico. Hijo único de emigrantes que llegaron a Madrid en busca de una vida mejor, su infancia y adolescencia han transcurrido bajo una protección excesiva de sus padres. Tras su muerte, realiza su primer viaje turístico para conocer el pueblo natal de sus progenitores. Allí descubre el terrible secreto que les llevó a emigrar y su vida dará un giro radical, convirtiéndose en una auténtica odisea donde ya lo único que importa es sobrevivir.

Página web: http://www.kimismo.com

Os dejo también el capítulo I:

CAPITULO I: "LA VIDA DE SAMUEL KIYAMA"

"La calle del Peral, situada en una Urbanización de Madrid, es similar a cualquier otra de las muchas que podemos encontrar en las afueras de las grandes ciudades; corta y sin salida, con sólo veinticuatro casas adosadas, doce a cada lado de la calle; todas ellas de dos plantas y con un pequeño jardín en el exterior.
En el número cuatro vive un hombre joven, de unos treinta años, delgado, o quizás, más bien podría decirse de estructura atlética, alto (más de metro ochenta y cinco), cara ovalada y piel rojiza, en la que resaltan de forma especial sus grandes ojos de color miel y el pelo liso castaño claro que deja entrever en su frente alguna que otra entrada, sin duda los primeros síntomas de una calvicie segura, con el tiempo… Su carácter serio pero sin muestras de arrogancia, la reserva y el celo con que mantiene su vida privada alejada de comentarios ajenos y una timidez que sólo aflora en determinados momentos, le confieren una personalidad atractiva y enigmática. En términos generales en el vecindario está muy bien considerado, aunque, tras dos años de convivencia, aún no tiene amigos entre los vecinos y las únicas palabras que cruza con ellos son para hablar del tiempo o de temas similares, sin gran trascendencia. De este modo, lo único que sus vecinos conocen de él es que se llama Samuel Kiyama y que trabaja de ingeniero en una fabrica de coches.

La privacidad que mantiene, tanto en el vecindario como en su lugar de trabajo no se debe tanto a que su personalidad introvertida sea innata, sino a la vida extremadamente reservada que llevaban sus padres y que le inculcaron a él obligatoriamente. Y en ello también tuvo mucha incidencia un extraño suceso que aconteció en su casa cuando él era tan solo un niño, pero que marcó un antes y un después en su vida.
Aquello sucedió una tarde de domingo, cuando Samuel tenía unos nueve o diez años, vivía con sus padres en un piso de alquiler en el barrio madrileño de Carabanchel. Era pleno invierno y aquella tarde no habían salido a dar su acostumbrado paseo dominical, debido a que una ventisca de aguanieve azotaba la ciudad. Su recuerdo de aquél día comienza a media tarde, cuando él y sus padres estaban en la pequeña cocina tomando chocolate caliente con pastas que su madre acababa de preparar, para entrar en calor compensar así la falta de calefacción. Entre bocado y bocado, la conversación se centraba en las Navidades, que ya estaban próximas, su padre le estaba preguntando acerca de la petición que haría en su carta a los Reyes Magos (que debía consistir en un único juguete), cuando, de pronto, escucharon que alguien llamaba al timbre de la puerta; sus padres se miraron mutuamente pues no esperaban ninguna visita (en realidad nunca recibían visitas). Su madre se levantó, dejando el chocolate a medio terminar y una pasta mordida encima de la mesa, salió de la cocina para recibir al inesperado visitante; mientras Samuel y su padre se miraban extrañados.
No escucharon conversación ni ruido alguno, pero su madre regresó a la cocina a los pocos segundos, con la cara pálida, la barbilla temblando, incapaz de pronunciar palabra y los ojos abiertos como los de un búho, mirando a su marido Abul para hacerle saber que algo grave estaba pasando. Abul se levantó inmediatamente y fue al recibidor, desconcertado y sin saber lo que se iba a encontrar en la puerta de su casa, mientras Laila (la madre de Samuel) le decía a éste, en voz baja, casi inaudible, que inmediatamente, cogiera la taza de chocolate y fuera a tomarla a su habitación, con la puerta cerrada. Obedeció sin rechistar y, al volver a mirar la cara de su madre, se dio cuenta de que la situación debía ser realmente grave.
Salió de la cocina y no pudo evitar mirar al visitante, que aún esperaba de pie sobre el felpudo, sin atreverse a cruzar la puerta; frente a él estaba su padre y ambos parecían haberse quedado sin palabras. Samuel, apremiado por su madre para que entrara en la habitación, sólo tuvo tiempo de echar un rápido vistazo al causante de tanto desconcierto: se trataba de un hombre mayor, más viejo que su padre, alto, muy delgado, con una cara alargada en la que no tenía cabida ni una sola arruga más, tenía los ojos hundidos y coronados por unas cejas muy pobladas y canosas, como su pelo, vestía un traje azul oscuro que, por alguna extraña razón, a Samuel le pareció que no era su atuendo habitual y le sentaba como un disfraz; pero lo que más captó su atención fue el color rojizo de su piel, aún más acentuado que el suyo y el de sus padres, y que no era nada común en la gente de su entorno; por lo que pensó que debía tratarse de algún pariente.

Samuel cruzó el “salón de paso” y se metió en su habitación, tomando la precaución de dejar las puertas inapreciablemente abiertas, para ver y, sobre todo, para oír. Así observó como, aún sin ser invitado, el inoportuno visitante pasó al recibidor y su madre cerró la puerta de entrada tras él, pero no lo invitó a seguir hasta el salón, quedándose los tres allí de pie en el recibidor, por lo que se preveía que la visita iba a ser muy breve.
El extraño comenzó a hablar con sus padres en inglés, lo que desmoronó completamente las expectativas de Samuel, que había dejado las puertas un poco abiertas para escuchar lo que decían, y de este modo no se iba a enterar de mucho porque sus conocimientos de inglés aún eran muy escasos. Pero, por olvido o desconocimiento de sus padres, la suerte vino a rescatarlo, aunque él aún no lo sabía y parecía que ellos tampoco. A través de la rendija de la puerta vio como su madre se llevaba la mano a la frente, y con ella se daba tres o cuatro golpecitos, como haciéndole una señal al visitante, que pareció comprender a la perfección, ya que asintió con la cabeza.
Y entonces ocurrió el extraño suceso. Laila apartó la mano de la frente, y al instante, la mente de Samuel comenzó a recibir los pensamientos de su madre, con su tono de voz propio, pero dirigidos al intruso. A su mente llegaban sus palabras con total claridad, pero la miró a ella ¡y no estaba moviendo los labios para hablar!, sino que tenía la boca cerrada, con una extraña mueca de fastidio, mirando al visitante directamente a los ojos.
---No quiero que mi hijo oiga esta conversación; aunque comprende pocas palabras de inglés, podría entender algo. Bien… ¿Qué estás haciendo aquí Kerku? –preguntó su madre, apoyando las manos en sus anchas caderas y echando la barriga hacia adelante, con el rostro ceñudo y cara de pocos amigos.--- Cuando abandonamos Umtama os dijimos a todos, muy claramente, que nos marchábamos para comenzar una nueva vida, donde quiera que fuese. No comprendo cómo nos has encontrado.

----Lo sé Laila, lo recuerdo perfectamente. Pero he venido porque, en primer lugar deseaba veros y… también para pediros que regreséis, pero… ¡menudo recibimiento le das a tu tío, que ha venido desde tan lejos!. No esperaba encontrar esto… ¿Qué tal estás Abul? ---preguntó Kerku, dirigiéndose al fin su padre tras varios minutos observándose en silencio. Y tampoco movía los labios para hablar, pero todos allí recibían a la perfección sus mensajes y Samuel también, tan claro como cuando hablaban de verdad.
---Bien Kerku, estoy bien…, pero opino lo mismo que mi mujer; abandonamos Umtama para empezar aquí una nueva vida y olvidarnos del pasado. No podemos continuar siempre pensando en lo mismo y preparándonos para el regreso. Ahora tenemos aquí una vida feliz, en la que no falta de nada, y queremos que nuestro hijo Samuel tenga las mismas oportunidades que cualquier otro niño. Sabes que en el poblado eso es imposible y también sabes que, si regresamos al lugar que ahora ya prefiero no nombrar, ni siquiera sabemos lo que nos encontraremos allí. ¡Han pasado trescientos años! Debemos olvidarlo…

Samuel estaba mitad asombrado, mitad asustado por lo que estaba ocurriendo. ¡Estaban hablando sin hablar! y no comprendía lo que decían de regresar a un lugar después de trescientos años
--¡No podemos olvidarlo! ---continuó transmitiendo Kerku--- Hace trescientos años, nuestros antepasados llegaron aquí buscando refugio, pero con la intención de prepararse para el regreso, no de quedarse para siempre. Sabes que no somos como los que nos rodean, que no podemos reproducirnos como ellos. Solamente quedamos nosotros cuatro y, si no regresamos, nos extinguiremos. Yo soy casi un anciano… pero vosotros sois más jóvenes, y también está vuestro hijo; a él es a quien corresponde recuperar lo que dejaron nuestros antepasados; pero ahora tan sólo es un niño, por eso vosotros debéis acompañarle y ayudarle a que cumpla con su misión; pues está escrito en los libros del lugar que tú prefieres no nombrar, que algún día regresará el último Kiyama para engendrar un hijo con unos poderes tales que derrotará a aquél que nos arrojó al espacio.
Samuel, recibiendo estos mensajes, se sentía muy triste por el hecho de que ya no le quedara familia (sólo estaban sus padres, este inesperado pariente y él). Además, estaban comentando que le correspondía llevar a cabo una importante misión y esto le hacía sentir miedo porque estaba seguro de que no podría hacerlo; no tenía madera de líder y aún se le ponían los pelos de punta al recordar el curso pasado, cuando le tocó por sorteo hacer de Delegado de su clase. Lo pasó realmente mal, los otros niños no le respetaban y se reían de él todo el tiempo, lo que le creó complejos que no termina de superar. No se sentía capacitado para llevar a cabo misión alguna.
--- No sé qué palabras utilizar para que entiendas que nuestra decisión es definitiva, que lo que deseamos es quedarnos a vivir en Madrid para siempre, y que nuestro hijo no va a correr riesgos llevando a cabo ninguna misión, porque tiene aquí una vida feliz, con un prometedor futuro. ---contestó su madre, elevando el volumen de sus transmisiones a la par que ponía la mano en la manilla de la puerta de entrada para que Kerku se diera por aludido y se marchara de casa.
---Laila, es el momento de volver, han pasado ya demasiados años y no podemos seguir ignorando nuestra procedencia, no debemos olvidar a los que tanta esperanza pusieron en nosotros… ---seguía transmitiendo Kerku, sin resignarse al fracaso y haciendo caso omiso de la indirecta de Laila, que ya había entreabierto la puerta de entrada y le hacía señas con la cabeza para que tomara el camino de regreso.
---NO QUEREMOS IR A NINGUNA PARTE. Nosotros hemos nacido en la Tierra, él único lugar donde está nuestro hogar; de lo otro sólo tenemos noticias por comentarios de nuestros padres y abuelos. Ahora… te pido, por favor, que abandones nuestra casa. --- transmitió su madre, que ya tenía la puerta completamente abierta.
---Está bien, ya me voy… pero espero que meditéis sobre lo que os he comentado… Adiós Laila. Adiós Abul ---transmitió Kerku pausadamente, mientras daba media vuelta para salir de la casa, cabizbajo, más encorvado y con el semblante triste.
Samuel confirmó lo que ya sabía sobre el carácter de su madre, una mujer de fuerte personalidad, que nunca bromeaba (ni siquiera sonreía, salvo ocasiones excepcionales) y cuando decía algo, lo decía con todas las consecuencias. Su carácter se reflejaba también en su aspecto físico: era de estatura mediana, regordeta, con los ojos grandes y vivarachos y pelo castaño que solía llevar recogido en una coleta, dejando al descubierto una frente abultada, grandes mofletes y el grueso cuello que lucía debido a su excesivo peso. Por el contrario, su padre era un hombre muy paciente, amable y cortés, de carácter tranquilo y apacible, que contrastaba con el de ella; por lo que solía dejarse llevar por lo que disponía su mujer, con la que era preferible evitar discusiones. Físicamente, Abul era alto y atlético, aunque ya algo encorvado por la edad, con la cara surcada de arrugas y sus ojos color miel enmarcados por grandes ojeras debido al trabajo nocturno en el camión de recogida de basuras. Samuel guardaba gran parecido con su padre, tanto físico como moral.
Cuando Kerku se marchó, sus padres entraron en la cocina, cerrando la puerta y olvidándose momentáneamente de Samuel, que continuaba en su habitación, sin atreverse a salir, temeroso porque, a pesar de que no había comprendido nada de lo que se había “hablado” aquella tarde en el recibidor de su casa, tenía la sensación de que, si sus padres se decidían a seguir a Kerku, él se iba a ver envuelto en un buen lío.
A la hora de cenar, su madre lo llamó desde la puerta de la cocina, sin acercarse, como siempre hacía, a su habitación para ver lo que estaba haciendo y ayudarle a recoger su cuarto. Ese día simplemente gritó: “Samuel, la cena”. Cuando llegó a la cocina notó que las aguas todavía no habían vuelto a su cauce, y sus padres aún estaban muy tensos, lo que se tradujo en una cena en completo silencio, con la vista puesta únicamente en el plato, y haciendo los movimientos tan pausados como era posible para que no se escuchara siquiera el tin tin de la cuchara en el fondo del plato.
Samuel tenía importantes preguntas que plantear a sus padres acerca de los hechos ocurridos momentos antes, pero el ambiente que se respiraba aquel día en la casa le indicaba que debía esperar un tiempo antes de importunar a sus padres con un interrogatorio. Lo que más anhelaba saber era si los menajes que habían llegado a su mente en forma de conversaciones entre Kerku y sus padres eran reales o habían sido fruto de sus fantasías infantiles.
Al día siguiente en el colegio probó suerte para comunicarse con sus compañeros sin hablar; así, mientras estaban todos sentados en sus pupitres y Mario, su profesor, iniciaba no recuerda cual tema de Conocimiento del Medio, él se entretenía enviando mensajes mentales a sus compañeros. Primero dirigía la mirada a alguno de los que estaban sentados delante, luego pensaba en su nombre, tras lo cual iba el mensaje “Diego, esta clase me aburre mucho ¿y a ti?”, pero el aludido seguía atendiendo las explicaciones de Mario, sin inmutarse, y en ninguno de los casos hubo respuesta.
En el colegio todo siguió igual y nunca mencionó a sus compañeros que había descubierto una nueva forma de comunicarse, aunque le costaba contenerse porque se sabía dueño de un don que ninguno de ellos tenía, pero el miedo a que no le creyeran y a hacer ridículo al no poder demostrarlo pudo más que la vanidad.
Sin embargo, en su casa se produjeron grandes cambios tras la visita de Kerku. Sus padres, que ya de por si eran reservados, desde entonces se volvieron aún más y comenzó a obsesionarles la “normalidad”: insistían a todas horas en que la suya era una familia “normal”, que debían hacer las mismas cosas que la gente “normal”, que Samuel debía comportarse como los niños “normales”. Para Samuel era un fastidio aquella situación; sus padres se habían vuelto muy raros y no encontraba el momento idóneo para preguntarles lo que realmente quería saber sobre Kerku. Además, a pesar de querer ser tan normales, nunca hicieron amigos en el barrio e intercambiaban las palabras justas con los vecinos, con las dependientas de la panadería o de las tiendas donde solían comprar, pero nada más. Los días libres y las vacaciones las pasaban solos, tampoco viajaban por falta de dinero, y debían ser los únicos en Madrid que no habían visto el mar. Por otra parte, también estaba lo de los cumpleaños: a él nadie lo invitaba y el suyo lo celebraban en casa: su madre compraba una tarta, su padre un regalo, sacaban ambas cosas a media tarde, él soplaba las velas, comían la tarta, abría el regalo y en media hora todo había terminado.
En su infancia Samuel echaba mucho de menos no tener hermanos ni familia en Madrid; lo que, unido al excesivo celo con que sus padres guardaban su vida privada, estaba forjando en él una personalidad reservada en demasía. No tenía facilidad para hacer amigos, por lo que, al principio, pasaba solo y avergonzado los recreos, sin saber que hacer ni donde meterse; posteriormente terminó por llevarse un libro para leer, así daba la sensación de estar solo por elección propia y no porque el resto de los niños lo excluyeran. Pero el remedio superó a la enfermedad porque sus compañeros comenzaron a reparar en él y a considerarlo raro y vanidoso, derivado de ello le pusieron el mote de “tojo rojo”, porque deducían que su carácter era arisco y por el color de piel.
Lo único que le proporcionaba orgullo y alimentaba su autoestima eran sus calificaciones, las mejores de todo el colegio. Además, obtenía estos resultados con muy poco esfuerzo, sin dedicar apenas tiempo a estudiar, le bastaba con asistir a las clases para retener los conceptos.
Pasaban los días y nunca encontraba el momento apropiado para hacer a sus padres las preguntas que tenía pendientes; ellos siempre estaban demasiado ocupados. Su madre hacía tareas de limpieza en al menos tres casas, y todo el trabajo del hogar familiar recaía también sobre ella, por lo que siempre iba con prisa a todos lados y no toleraba interrupciones en su ajetreo diario, que estaba cronometrado al milímetro para que diera tiempo a hacerlo todo. En cuanto a su padre, de noche trabajaba en la recogida de basuras y el día lo pasaba durmiendo, o viendo la televisión si emitían algo que despertara su interés.
Un sábado por la tarde, su madre estaba en la cocina, preparando una tarta de chocolate que sería degustada al día siguiente, un domingo que coincidía con el cumpleaños de su padre, le pareció que era el momento oportuno, ella podría continuar con su tarea y a la par contestar las preguntas.
---Mamá, ¿quién era el hombre que vino aquél día a casa, cuando estábamos tomando el chocolate?
---Es un pariente muy lejano, nadie que nos importe… ---contestó Laila, dejando asomar el rubor en sus abultadas mejillas, quizás por la sorpresa de la pregunta o algún mal recuerdo relacionado con Kerku.
---Y… ¿dónde vive?
---Vive en África, muy lejos de aquí… ---Laila trataba de ser lo más escueta posible en sus respuestas para que Samuel desistiera de seguir preguntando sin tener que echarle una regañina y mandarlo a su habitación.
---Y…¿vosotros también vivíais en África? ---continuó preguntando Samuel, pero esto eran sólo los preliminares que le llevarían a formular después la gran pregunta.
---Si, antes de venir a Madrid, vivíamos en África.
---Pero África es muy grande, ¿cómo se llamaba vuestro pueblo?
---Está en Kenia. ---contestó su madre, dando unas respuestas cada vez más reducidas para que la conversación terminara.
---¿Allí también limpiabas en las casas? ---siguió preguntando Samuel.
---No
---¿Qué hacías entonces?
---Nada
---Y…¿todos allí pueden vivir sin hacer nada?
--No, ellos son ganaderos y viven de sus animales. Y ahora vamos a dejarlo ¿vale?, he terminado de cocinar, me encuentro muy cansada y me voy a dar un baño antes de acostarme.
Tal como se temía Samuel, la pregunta importante quedó sin formular, porque su madre metió la tarta en la nevera y salió de la cocina pasillo adelante hacia el cuarto de baño, sin recoger siquiera los utensilios usados para cocinar, aún envueltos en chocolate, que Samuel limpió con los dedos, y los dedos los limpió con la boca.
Lo intento en varias ocasiones más, pero las respuestas siempre eran evasivas o muy escuetas. Hasta que, nuevamente un domingo por la tarde, que estaban los tres en casa, sus padres le dijeron que desconocían las respuestas a aquellas preguntas que les hacía sobre la telepatía (antes no sabía que se llamaba así lo de comunicarse sin hablar) y que seguramente debía haberlo soñado porque ellos no conocían a nadie que se llamara Kerku ni podían comunicarse a distancia. Pero en su forma de contestar y en la expresión de su cara había algo que a Samuel no le cuadraba, le daba la sensación de que ocultaban algo y que la visita de Kerku había sido real. Además él cuando soñaba, al día siguiente se acordaba del sueño y sabía que había sido sólo eso, un sueño. Pero lo de sucedió aquel día había sido real…


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MensajeTema: Re: KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)   Sáb Abr 17, 2010 10:04 pm

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Hola Elisa!! pásate por aquí, esperamos que te guste!! =)

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MensajeTema: Re: KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)   Vie Ago 06, 2010 12:24 am

Le tengo muchas ganas a este libro desde que sé de él, así que me he apuntado al Book Tour ^.^
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MensajeTema: Re: KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)   Mar Ago 24, 2010 7:53 pm

Yo me lo estoy leyendo y está muy bien Smile
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MensajeTema: Re: KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)   Miér Ago 25, 2010 12:37 pm

Sí, yo voy por la mitad y también me está gustando, a ver como avanza se está poniendo interesante *_*

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MensajeTema: Re: KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)   Sáb Dic 04, 2010 3:22 pm

Tiene una pinta estupenda ºwº

En cuanto pueda echarlo el guante te daré mi opinión.

Mucha suerte con tu novela.

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MensajeTema: Re: KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)   

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KIMISMO: LA ODISEA DEL ULTIMO KIYAMA (Elisa Cotarelo)
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