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 La leyenda de Catharmad, una fantástica historia de dragones

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catharmad
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MensajeTema: La leyenda de Catharmad, una fantástica historia de dragones   Jue Mar 25, 2010 3:00 am

Os presento mi libro, La leyenda de Catharmad, una historia sobre dragones.
La publiqué el día 23 de marzo, pero todavía no la conoce mucha gente.

os dejo la imagen de la portada, y una pequeña ficha:

Catharmad fue uno de los creadores de la tierra que habitamos, pero su sed de venganza ha despertado de nuevo. El equilibrio de los elementos ha sido roto en Alandir por el Señor Oscuro y ya nadie está a salvo de la furia del más poderoso de los dioses dragón.

Por suerte los elfos están decididos a salvar el planeta a lomos de los dragones híbridos...

¿Podrán hacerlos solos o será necesario que aparezca ese mortal del que hablan las antiguas escrituras?

Título La Leyenda de Catharmad
Autor Daniel Recha Durán
Género Literatura Fantástica Juvenil
ISBN 978-84-613-8699-4



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MensajeTema: Re: La leyenda de Catharmad, una fantástica historia de dragones   Mar Abr 27, 2010 5:02 pm

OS DEJO LOS DOS PRIMEROS CAPITULOS.

EL ORIGEN DE LA LEYENDA
Era un día tranquilo en Handur, un pueblo situado a las afueras de un gran bosque frondoso y oscuro, atravesado por un río caudaloso de agua turbia y rodeado por montañas con impresionantes cavernas. Oscuras y te- nebrosas galerías rodeaban las laderas de las montañas. Éstas eran el hogar de los poderosos dragones, seres sabios y con conocimientos de magia, te- rroríficos habitantes del planeta y a los que todas las demás criaturas temían. Volaban libres por el cielo con sus poderosas y membranosas alas, pues eran grandes amantes de la libertad; y, aunque pacíficos, siempre había alguna excepción.
Los Corargath eran dragones poderosos y salvajes, ansiaban el poder y la sangre de sus presas. Algunas personas los consideran seres hijos del demonio y eran acusados de ser los culpables de todas las desgracias de la Tierra, de las destructivas y violentas erupciones volcánicas y de las guerras que había entre varias civilizaciones humanas.
También se decía que los dragones no tenían corazón, aunque su fuerza vital residía en un orbe de su pecho, casi impenetrable debido a que sus escamas, algunas llamativas, eran duras como los diamantes.
Pero en esta tierra no sólo existían los Corargath, dragones de fuego con rojas escamas brillantes y colmillos afilados, deseosos de presas frescas y de su sangre. Convivían con ellos los Volphan, los Kharzul y los Norengil, cada uno de ellos dominador de un elemento vital distinto.
Los Volphan, grandes dragones blancos y confiados, controlaban los vientos de la Tierra. Sus alas no eran membranosas, sino que estaban he- chas de plumas, algo que hacía que se los confundiera con pájaros gigantes.
Los Kharzul, también conocidos como Serpientes Marinas, eran drago- nes gigantescos de agua que vivían en cavernas submarinas, ocultos en los profundos mares y océanos. Sus escamas eran similares a la de los peces, azuladas y brillantes, duras como el acero.
Los Norengil tuvieron la misión de gobernar la tierra y los bosques. És- tos se habían formado a partir de la madera de los árboles y las piedras, y resultaban vulnerables a los ataques de los poderosos Corargath.
Durante muchos años en la Tierra en la que nosotros vivimos se han mantenido numerosas guerras de humanos y dragones, guerras a muerte, en las que casi siempre salían victoriosos los dragones, que no hacían más que defender su vida frente a la muerte que les esperaba en las poderosas espadas de los grandes caballeros feudales, que pretendían asesinarlos y así conseguir un titulo nobiliario.
Esta historia se remonta a la época medieval, y transcurre en un pueblo rodeado por grandes murallas románicas1. En el centro del mismo había una gran plaza cuadrada con una fuente hecha de rocas que contenía agua traída directamente del río. Pintorescos castillos con pequeñas ventanas que apenas dejaban entrar la luz adornaban la zona. En uno de esos castillos vivía Lord Erum, rey de las tierras de Handur, poseedor de cientos de títulos nobiliarios y con cientos de caballeros a su servicio.
Erum abusaba de su poder cobrando altos impuestos a los pobres campe- sinos del pueblo. Aquellos que no pagaban eran recluidos y trabajaban para él en su castillo. Dicho rey era grueso y pesado, y más bien de baja estatura. En su cabeza una gigantesca corona de oro aplastaba su pelo blanco, del mismo color que la barba que adornaba su pronunciado mentón. Pero el destino es caprichoso, y Erum pronto pagaría por sus abusos e injusticias.
En una tarde oscura con nubes en el cielo, algunos dragones se acercaron a las tierras de Handur, ansiosos de venganza y destrucción. Dos Corargath empezaron a destruir el pueblo, y un gran hálito de fuego que emanaba de la boca de uno de los dragones redujo a polvo las gruesas murallas que protegían Handur. Muchos castillos, entre ellos el de Erum, resultaron tam- bién asolados por la furia de los dos dragones. Erum, furioso al comprobar que la destrucción provocada por los Corargath había alcanzado también su castillo, los maldijo, y encargó una importante misión a dos de sus mejores caballeros:
—Tengo que encargaros una misión —les anunció.
—Lo que vos ordene, mi señor —dijo uno de los caballeros mientras se arrodillaba delante del trono del último lugar del castillo que quedaba en pie.
—Esos dragones se han reído de mí, han destruido mi castillo y han esta-
1 Estilo arquitectónico propio de la Edad Media.
do a punto de matarme —prosiguió mientras se levantaba del trono—. Y de mí, el poderoso Rey Erum, no se ríe nadie —sentenció con ira en sus ojos.
—Además, esos dragones han asesinado a cinco campesinos —añadió el otro caballero.
—Las muertes de los campesinos son lo que menos me importa... me preocupan más otros intereses, y mi propio feudo.
—Pero los habitantes de Handur también son parte de su feudo, señor —dijo el caballero.
—¿Estás intentando darme lecciones? —el rey alzó la voz con ira—. Quiero que matéis a los dragones —insistió.
—Si ésas son sus órdenes, así se hará, majestad.

LA DEMENCIA DE UN DIOS

Para Catharmad era un día normal como otro cualquiera. Por la mañana había ido a cazar su propia comida: un ciervo en el frondoso bosque de Ha- tandê, cerca de las regiones de Hulban y Handur. Este gran dragón de veinte metros era considerado por muchos como una deidad salvaje. Garras afila- das y rojas escamas brillantes como rubíes, que se volvían algo más claras en el pecho y un hocico sádico eran sus rasgos más característicos. Siempre tenía ganas de comer carne y beber sangre fresca.
En los tiempos en que los dragones vivían en la Tierra, durante la época medieval, Catharmad se refugiaba de la oscura noche y de sus enemigos en una gran caverna de las montañas Zeört. Vivía solo, ya que incluso los de su propia especie, los otros Corargath, le tenían miedo debido a su permanente crueldad y a su sed de sangre.
Fue él quien dio forma en esta Tierra a uno de los elementos más im- portantes de la vida: el fuego. Con las llamas de sus pulmones creó los volcanes y éstos a su vez originaron los continentes al juntarse con el agua de los Kharzul. Pero el gran vicio de Catharmad era la sangre de otros seres, incluso de otros dragones si era necesario, aunque ésta no fue su mayor debilidad, pues había algo que le agarraba aun con más fuerza y por lo que haría cualquier cosa: se había enamorado de una dragona de su especie, una Corargath algo más pequeña que él y con menos sed de sangre. En un principio la dragona, de nombre Cruzore, le ignoraba, por miedo más que por otra cosa, pero pronto demostraría su verdadero amor.
Todo empezó en una cacería de dragones organizada por los habitantes del pueblo de Hulban. En ella estaba Cruzore, que yacía en el suelo pues le habían herido el ala y estaba siendo atacada con espadas y lanzas. La drago- na estaba indefensa y justo cuando estaba a punto de morir a manos de los humanos, Catharmad apareció de la nada, renunciando a su presa por salvar a Cruzore, su gran amor. Y así fue como Cruzore terminó enamorándose también de Catharmad, el dragón dios del fuego.
Ambos formaron una familia, y pronto vino la descendencia: tres pe- queños dragones Corargath. El primogénito de todos ellos, el encargado de gobernar el fuego cuando Catharmad fuera destruido, era Corath, un dragón fuerte como su padre. La segunda en la sucesión fue Garune, una dragona y la única hembra del clan, de carácter reservado y asustadizo como su madre. El último en llegar fue Ortimbras, el dragón más pequeño de los Corargath y bastante valiente, aunque demasiado para su fuerza, que era muy inferior a la de sus padres y sus hermanos.
Corath siempre fue el hijo favorito de Catharmad y enseguida le enseñó a cazar y a protegerse de los humanos, mientras que para Cruzore su hija favorita era Garune.
Durante años se mantuvo una guerra entre los seres humanos y los po- derosos dragones de la Tierra. Varias razas se unieron a la lucha por parte de los dragones, dirigidos por los líderes de los correspondientes bandos. Guerras cruentas en las que los dragones y los humanos morían por dece- nas, pues ambos bandos ansiaban el poder. Eran constantes las batallas en las que los pobres dragones eran atados y torturados hasta la muerte o el sufrimiento extremo. Catharmad, en sed de venganza por la tortura que re- cibió en una ocasión, acudió a Handur y destruyó toda la ciudad cebándose con inocentes campesinos y derramando su sangre por los campos de trigo, que se tornaron rojos. El rey, lleno de ira y con más pena por su castillo destruido que por las muertes de los pobres campesinos inocentes, envió a dos caballeros con la promesa de investirlos y darles unos títulos nobiliarios a cambio de las cabezas de los dos dragones.
Desgraciadamente, en una de esas batallas cayó la joven Garune, a pesar de que Cruzore intentó en vano salvar a su hija de los dos caballeros envia- dos por Lord Erum, rey de la tierra de Handur, resultando finalmente muerta ella también en esa batalla. Lógicamente, este hecho sumió a Catharmad en una rabia implacable: había perdido a su gran amor y a su hija. Sólo encon- tró una forma de acabar con su dolor, y no era otra que perder la cordura.
Tras ello convocó a los líderes de las otras razas: Bratheon, señor de las aguas; Thaentar, dios de la tierra, y Dalther, emperador de los vientos. Catharmad se reunió con ellos en un cónclave en una gran y oscura caverna de las montañas Zeört.
—Los humanos son peligrosos —dijo Catharmad con la boca ensan- grentada.
—Sabemos de sobra lo que ha ocurrido ya —comentó Thaentar, con tono preocupado—, pero no podemos tomar decisiones en caliente. Las he- ridas están demasiado recientes aún... —prosiguió.
—¡Pero han matado a Cruzore y Garune! —gritó Catharmad enloqueci- do—. Las únicas mujeres de mi vida...
—Lo mejor, Catharmad, es... —comenzó Bratheon.
—¡Matarlos, destruirlos y derramar hasta su última gota de sangre, ha- cerles sufrir! —interrumpió Catharmad, mientras con ira afilaba sus grandes garras en las rocas de la caverna, que temblaron por la fuerza del zarpazo—. No respondo de mis garras. Juro que algún día me vengaré de los huma- nos... la lava inundará sus civilizaciones y la Tierra será nuestra —gritó enloquecido—. ¡Pretendo devolverles gota a gota el sufrimiento que han causado a nosotros los dragones! —prosiguió.
—El viento no trae esperanza a este mundo —dijo Dalther.
—Retractarnos será la opción más sabia. Dejarnos llevar por el destino del hombre, que será quien domine el mundo, el que destruya toda vida a su antojo. Seamos realistas, compañeros... ¿de qué nos sirve luchar? El tiem- po de los dragones ha llegado a su fin ya. Esta tierra nos viene grande, esta guerra innecesaria es lo peor que hay para las aguas del destino, las aguas se tiñen de rojo y la sombra crece en cada uno de nuestros corazones. Seamos dragones o humanos, el resultado siempre es el mismo, incluso una pequeña ameba sufre el desequilibrio —Bratheon tragó saliva—. Lo más acertado será viajar a una nueva tierra, una tierra donde no haya humanos, donde no haya guerras —concluyó.
—¡No voy a abandonar la tierra! —gritó Catharmad exaltado—. ¡No sin haberme cobrado la venganza!... Antes tengo que destruir las grandes civi- lizaciones —dijo soltando una bocanada de fuego directa a Bratheon, quien la apagó con su aliento de agua.
—¿Acaso otra alternativa tenemos aquí? —preguntó irónicamente Bra- theon, mal humorado.
—Podemos darle una oportunidad a los seres humanos —dijo Dalther.
—El ser humano no merece más que su sangre sea derramada por y para los dioses en forma de sacrificio —dijo Catharmad mientras se le hacia la boca agua.
—Catharmad, ¿acaso has olvidado nuestro cometido? —inquirió Thaen- tar mientras contemplaba la hoguera en el centro de la caverna —. Nuestra misión es la creación de la Tierra para el servicio de los seres que vivimos en ella.
—¿Entonces por qué estamos en una guerra? —gritó Bratheon histéri- co—. ¿Por qué los navegantes y piratas nos atacan en el océano?, ¿por qué
nos lapidan como viles criminales?, ¿por qué han matado a la familia de Catharmad? Seamos realistas, en este mundo no estamos seguros, viajemos y construyamos nuestra tierra. Una en la que no tengamos luchas a muerte con la raza humana...
—¿Sabes Bratheon?, en el fondo tienes razón —dijo Catharmad algo más calmado—.
No obstante eso no cambia los hechos, y algún día los humanos pagarán lo que le han hecho a mi familia. Mis dos dragonas ahora no están y no pue- do permanecer impasible ante ese suceso... Como deidad del fuego acepto el plan, siempre que algún día podamos volver a esta tierra —concluyó Catharmad, reflexionando sus palabras.
—En ese caso, aprobar debo ya el plan, aunque esta tierra es única y no podrá ser remplazada —dijo Thaentar.
—Podéis hacer lo que queráis, yo me abstengo de opinar —dijo Dalther—. Aceptaré la decisión final.
Y así, con este concilio dragón, quedó aprobado el plan de la Tierra del Dragón.
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