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 La Guerra de las Sombras

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Asile
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MensajeTema: La Guerra de las Sombras   Miér Jul 14, 2010 10:05 am

¡Hola!

Bueno, vengo con otro relato, que espero que se convierta en novela... La verdad es que llevaba mucho tiempo esperando escribirlo, pero llevo cosa así de 2 meses sin escribir, y necesitaba escribir algo... y esta, de todas las historias que tengo, es la que me ha tirado más...

El prólogo, que ahora os voy a enseñar, está fragmentado en 3 partes. Al principio puede llegar a ser lioso, pero es al intención. xD Supongo que cuando se termine de leer la historia y se vuelva a leer el prólogo se pensará: "ah, leche, era esto!" xD Bueno, está así porque es que no sabía exactamente cómo empezar la historia... y la verdad, según el conflicto y para mantener todo en... ¿quién es "bueno"? pues he puesto el punto de vista de todos... xD

Bueno, sólo decir que ya me han dicho en otro foro de algún problema con el tecleo, pero creo que ya lo he arreglado... Y que en cuanto a eso, problemas que se nota que es que se me ha ido la tecla o por el estilo... no hace falta que lo comentéis, yo lo reviso todo muchas veces antes de hacer algo "serio" con ello... (mandarlo y cosas parecidas)

Por último, comentar que aún no tiene título definido... de momento barajo dos: "La guerra de las Sombras" y "El país de las Lunas" pero aún no lo he decidido, porque ni siquiera sé la extensión del relato que va a salir de aquí...

Bueno, aquí os lo dejo. Que lo disfrutéis.

EDITO: me he decidido por el título finalmente.

_________________________________________________________


Prólogo


Nunca una noche había sido más larga para los lumeenianos. Aunque en realidad era el solsticio de verano, la noche más corta del año. Aún más corta incluso si se vivía en el país de la luz, en el que se mantenían cinco horas de rigurosa oscuridad simplemente para el descanso durante todos los días del año. Durante el resto del día: luz, luz, y más luz.

Los habitantes del reino de la luz esperaban acongojados en sus casas. Los hombres con sus espadas áureas cerca, las mujeres agarrando fervientemente sus libros de fe, y los chiquillos metidos en escondites subterráneos improvisados bajo las tarimas de madera de sus casas. Todos a la espera. A la espera de nuevos ataques en ese primer día oficial de guerra.

La guerra que habían alzado los habitantes de extremo este del continente, del país que era llamado Blacqueen por el Señor de los Iluminados, los sumos sacerdotes que protegían su país de la amenaza oscura que se alzaba en el este. Las horribles bestias blacqueenianas habían entrado en las casas de las fronteras que se compartían con Nuveen, el país neutral, y habían masacrado aldeas enteras en pos de un mundo de tinieblas y frías lunas que resplandecían con un magnetismo animal.

De todos los lumeenianos era sabido que las bestias blacqueenianas no descansaron hasta ver muerto a cada uno de los habitantes de las aldeas de la luz. Portando sus densos y oscuros pelajes en la fría noche, hasta con la luna más reluciente se escondían entre las sombras y atacaban a traición. Desgajados, abiertos, cortados. Todos encontraban la muerte en las manos de aquellos seres que ya ni merecían llamarse hombres. Ni los niños sobrevivieron.

Las cinco horas transcurrían lentamente. En la oscuridad planeada para el obligado descanso, ningún alma la estaba usando para eso. Los centinelas de las grandes ciudades oteaban el horizonte desde lo alto de sus murallas y atalayas. Con frecuencia, el leve movimiento de las hojas de los altos árboles por el suave viento, bastaba para hacer que desenvainaran todos sus espadas, atentos a la mínima señal que anunciara una batalla.

Todos se preguntaban si la avanzadilla de los Iluminados con las Aladas habría surtido efecto. ¿Saldrían victoriosos o caerían todos, incluso el Señor Uriel Étincelle? En la guerra todo podía pasar. Lo que estaba claro era que, mientras los templos de luz empezaban a iluminar todo con una luz tenue, dando por finalizada la noche, les esperaban muchos más días en vela, muchas noches esperando aferrados a sus armas la inminente batalla.

___

Una mujer ataviada con ropajes púrpuras respiraba profundamente el aire de la noche desde lo alto de su torre. La corona que rodeaba su cabeza, hecha de bronce, y más parecida a una diadema que mantenía sujeto su oscuro cabello, portaba cuatro piedras preciosas de inimaginable belleza. Una verde, otra azul, una tercera roja y la última blanca y reluciente. El resto de la corona llevaba incrustados pequeñas esferas moradas y naranjas, al igual que se adivinaban piedras negras que contrastaban con el color de resto de la corona.

Sus ojos bien cerrados y sus faldas al viento. Le tranquilizaba que el aire la meciera en lo alto de aquella torre. La gema blanca relucía con un potente fulgor a pesar de que ninguna luz en la oscuridad la iluminaba.

No le importó oír el pestillo de la puerta al girarse y tampoco el crujir del picaporte de la puerta que estaba tras ella aunque había insistido en que no quería ser molestada. Bien sabía que, si no acataban sus órdenes era porque había algo importante que notificarle.

Siguió mecida por el viento mientras se daba media vuelta.

- Mi señora –comenzó el hombre que había salido afuera con ciertos problemas debido a que el viento era lo suficientemente potente como para dificultarle hablar.

La mujer abrió los ojos. Unos ojos blancos, relucientes. Poco a poco comenzaron a dejar de lucir, al igual que la piedra blanca de su corona, dando paso a unos ojos verdes oscuros intensos. El viento cesó de repente.

- ¿Qué os trae aquí, Aarón? –preguntó ella.

- Noticias de la guerra entre Lumeen y Lycaneen.

La mujer se acercó a su hombre de confianza. Aunque era notablemente más baja que él, que era un hombre muy alto y joven, era él el que mostraba más respeto.

-Vayamos dentro. Aquí puede haber oídos indiscretos muy bien pagados. No olvidemos que el nuestro es un país de mercenarios –dijo con cierta resignación.

Una vez dentro de la torre, bajaron un tramo no demasiado largo de escaleras hasta una sala muy bien amueblada, muy cálida, con grandes ventanales y tupidos tapices. La chimenea estaba encendida, aunque no hacía falta, ya que la torre más alta de Nuveen, el país de la Magia, siempre estaba a una buena temperatura y bien iluminada. Ninguna sombra ambigua se formaba en aquella estancia que parecía irradiar luz.

- Mi reina Elara –comenzó el hombre, una vez ella se hubo sentado tras un lujoso escritorio y él hizo lo mismo en otro asiento-, la guerra ha finalizado.

- Lumeen ha vencido –dijo ella mientras dirigía su mirada hacia el este, el país de la Noche.

- En efecto. ¿Cómo lo sabe? –preguntó sorprendido, aunque no demasiado, por el conocimiento que ella ya tenía sobre la situación.

La mujer guardó silencio durante unos segundos, a la vez que a través de la ventana parecía ver algo que sólo ella podía observar.

- He sentido como si mil astillas se clavaran en lo más hondo de mi corazón cada vez que una de las magníficas Torres de la Luna eran destruidas –se levantó de su asiento y se acercó a la ventana por la que miraba-. No lo he visto, pero no se olvida que esas torres fueron alzadas por magos, Aarón. Ese es un vínculo que los magos no podemos perder, por mucho que queramos. Yo misma ayudé a levantarlas, hace varios cientos de años, al igual que los templos de la Luz en Lumeen –sus ojos estaban vidriosos-. Nunca entenderé esos odios. Tanta aversión… -suspiró-. Supongo que ahora deberemos llamara Blacqueen, tal y como ellos hacen… Ya la han vencido.

Se volvió lentamente hacia el hombre, que la miraba aún sentado.

- ¿En qué posición nos deja esto, mi Señora?

- En la de siempre. Al menos así me gustaría. Pero no hay que olvidar que ahora los lyca… los blacqueenianos exiliados vendrán aquí, y que somos un país que siempre ha gozado de la neutralidad… aparentemente. Ahora la balanza entre luz y oscuridad se ha desequilibrado, y no podemos fingir que eso no nos va a cambiar a nosotros también.

Se acercó a la chimenea y alargó la mano hacia las llamas, dejando que lamieran sus dedos sin hacerle daño alguno. Era una sensación agradable entre tanta desolación.

- Yo, como reina de Nuveen, seguiré proclamando la neutralidad de nuestro país. Nada de peleas entre bandos –endureció el tono-. Si alguien osa incumplir esta norma, puede ser castigado con la expulsión del país. También serán expulsados todos aquellos nuveenianos que discriminen a uno u otro bando por sus actos pasados. La guerra ya ha sido. Un país entero ha sido destruido, y los pocos miles de supervivientes no tendrán otro sitio al que ir que al país vecino a suplicar ayuda y un nuevo hogar. Se lo daremos. A todos y cada uno de ellos. Que nadie se atreva a incumplir estas normas.

El hombre asintió y se levantó, dispuesto a empezar a avisar a los hombres de leyes para que prepararan los manuscritos y los difundieran en cada poste de voz de cada pueblo y camino del país. Fue hasta la puerta que le permitía bajar a niveles inferiores de la torre, pero antes se volvió.

- Mi Señora, olvidé decir que el Señor de los Iluminados, El Rey Étincelle, ha concertado una visita a vuestra torre para dentro de unos días. Tres, cuatro a lo sumo.

- Muy bien –concedió ella con cansancio mientras se pinzaba la nariz en la parte cercana a los ojos y los cerraba.

El hombre abrió la puerta, dispuesto a irse, pero la reina Elara le retrasó un momento más.

- Por cierto, Aarón, dígales a los rastreadores de magia que busquen a los que han derruido las Torres de la Luna. Quiero que construyan una en esta ciudad. Que al menos los oradores de la Luna tengan un lugar donde profesar su fe. Y que sean los que los destruyeron quienes los alcen.

- Así lo haré, mi señora.

- Puedes retirarte –añadió ella al ver que él seguía en la sala, a la espera de si le ocurría algo más.

El hombre traspasó el umbral y cerró la puerta tras de sí. Después, la reina Elara subió de nuevo a la azotea desde la que todo contemplaba. Miró tanto al este como al oeste. Habían pasado dos años y medio desde el comienzo de la guerra que proclamó Lumeen tras la matanza acontecida en La Frontera de su país con Nuveen a manos de los antiguos lycanianos.

Desconocía por qué un pueblo pacífico como el lycaniano había atacado de una manera tan cruel al pueblo de la luz, pero ese había sido su sentencia final. La de Lycaneen y, mucho temía, la del mundo que habían conocido hasta entonces.

___

El cielo brillaba en el amanecer con un fulgor esplendoroso. Quien iba a decir que aquella luz tan pura podría ser la razón de la guerra entre dos razas.

Lycaneen ya nunca volvería a ser lo que fue antes de aquella noche. Nunca las altas torres de las lunas bañarían de luz plateada sus frondosos bosques y sus lagos en calma. El frío viento se volvería caliente y haría que todas las preciosas plantas y flores nocturnas como las argeras perecieran y se marchitaran. Ya no volvería a llover como antes, ya nada sería lo mismo… Las huellas de sus habitantes y cientos de miles de sus cadáveres quedarían enterrados bajo la arena que transportaba la brisa del mar.

Los iluminados danzaban en el cielo montados sobre sus extraños corceles alados compuestos de luz. Una luz que recordaba a los lycanianos los duros años de exilio que les esperaban fingiendo lo que no eran. Vagarían hacia ciudades ajenas, sin templos para su diosa, y serían apartados, incluso por los que se decían llamar neutrales, a guetos marginales.

Nunca volverían, nunca verían de nuevo sus hermosas torres, profesarían su fe en el más absoluto secreto, hasta que los acabaran ejecutando o ellos mismos olvidaran sus raíces.

Primer día en el exilio de los pocos centenares de supervivientes de lo que fue una gran nación. Primer día de una eternidad… si nadie hacía algo por remediarlo.


___


Tres naciones. Tres versiones. Sólo una verdadera historia. ¿Quién es el hombre puro y quién la bestia?

_________________________________________________________

¿QUé me podéis decir?

_________________
A Vuelapluma- Escritos con corazón
Vive la historia de Arianne y sus Vínculos, algo más que una simple palabra, mucho más que una unión...
Además, lee otros escritos de mi puño y letra, reseñas de películas, libros, manga y anime.
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