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 La Prueba del Toro

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MarcosDk
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MensajeTema: La Prueba del Toro   Mar Ago 24, 2010 11:22 am

Hola a tod@s, os presento uno de mis cuentos como tarjeta de visita. También puede descargarse el PDF desde la web

La Prueba del Toro

Citación :

Al pequeño Rasti le dolía todo el cuerpo. El otoño pasado, unos días antes de celebrar su noveno cumpleaños, se había caído de un árbol al quebrarse la rama sobre la que se apoyaba. En su caída, había descendido dando golpes contra las ramas más bajas del frutal hasta dar con su maltrecho cuerpo en el suelo. Pasó la fiesta de cumpleaños con un brazo en cabestrillo y una buena colección de cardenales por todo su cuerpo, amén de celebrarlo sin salir de su casa debido al castigo que le habían impuesto sus padres. Pero esta vez era peor.

El pequeño trasgo volvía a su casa con enorme esfuerzo, cojeando de una de sus cortas piernas. Se masajeaba suavemente con una mano la hinchazón que comenzaba a formarse en el lado izquierdo de su frente y con la otra sujetaba a su cintura las calzas verdes que, con el cinturón roto, se le iban cayendo constantemente. Había perdido su sombrero y su rojizo pelo lucía encrespado de tanto frotarse la cabeza. En realidad sabía dónde estaba aquel gorro de piel que precisamente le habían regalado en su pasado cumpleaños, pero no tenía intención de regresar a recogerlo; quizás otro día, con algunos amigos.

Rasti estaba casi convencido de que no tenía ningún hueso roto, pero la pierna le dolía desde la rodilla hasta la nalga, con tanta intensidad que además de cojear, no se veía capaz de sentarse. La espalda parecía que empezaba a darle una tregua y diríase que el dolor se iba haciendo cada vez más llevadero. Era eso o que las punzadas penetrantes de dolor que le propinaba su pierna estaban haciendo que lo demás se olvidase. Con el paso tan lento que se veía obligado a llevar, temía no llegar a su casa antes de que anocheciera.

Su padre no estaría en casa; había encontrado trabajo en unas minas de cobre que estaban a dos días de distancia. Alternaba en turnos de tres semanas trabajando en las minas y de una semana descansando en casa, y hacía tan solo diez días que se había marchado a trabajar, por lo que aún tardaría en volver. En realidad apenas pasaba tres días en casa, ya que de la semana de descanso debía restar los dos días de viaje de vuelta y otros dos para regresar al trabajo. Rasti esperaba que tardara lo suficiente como para que no se enterara de esta aventura. No es que esperase un castigo; esta vez no había hecho nada malo. Pero se sentía avergonzado por haber acabado en estas condiciones.

En realidad había sido su madre la que le había sugerido enfrentarse a esta “prueba”. Y si lo había hecho debía de ser porque creía que podría superarla. El pequeño Rasti no estaba muy convencido de que hubiera conseguido superar la prueba. Pero tampoco había estado muy convencido de cómo esta prueba iba a ayudarle a solucionar sus problemas. A veces los mayores son muy difíciles de entender.

La semana que viene se celebraría en la aldea la fiesta de la primavera y Rasti estaba deseando poder sacar a bailar alrededor de la hoguera a la preciosa Maiyala. Se conocían desde que nacieron y habían sido buenos amigos siempre, pero esa pelirroja pecosa de largas trenzas estaba empezando a hacer que los ratos sin su compañía resultaran aburridos. Solo necesitaba el valor para proponérselo.

Y así es como había salido aquella tarde de su casa en dirección a la granja de Tom Carringuer. Conocía al granjero, un humano robusto y sin un solo pelo en su cabeza, y a su esposa, una rolliza mujer de piel pálida a excepción de su rostro, en el que lucía permanentemente unos enormes coloretes carmesí. Su madre le enviaba un par de veces a la semana con un pequeño cántaro de barro para que se lo llenaran de leche de sus vacas. Antes solo lo hacía alguna vez al mes, pero desde que su padre trabajaba en aquellas minas, nunca faltaba un vaso de leche en el desayuno ni unos huevos en la cena.

Junto a la casa del granjero se extendía un huerto que le proporcionaba cada año una generosa cosecha de variadas legumbres y hortalizas. Su esposa solía llevarse parte de esa cosecha en un carretillo para venderla en el pequeño mercado que cada jueves se celebraba en las calles de la aldea. Gracias a eso y a la venta de algún ternero de vez en cuando, se mantenían viviendo con una cierta comodidad. A Rasti le gustaba ir los viernes a por la leche porque aquella mujer solía regalarle algún dulce que había comprado en el mercado el día anterior. Pero hoy no había ido a buscar leche ni dulces.

Más allá de la huerta se levantaba el establo del ganado rodeado de una cerca de madera que impedía que las vacas se metieran en la huerta y arruinaran la cosecha. La cerca deslindaba una pradera de gran tamaño que incluía varios árboles que ofrecían sombra en verano y un pequeño estanque donde abrevar el ganado. El camino de la granja al pueblo bordeaba la cerca a lo largo de más de doscientos metros y llegando a la zona del estanque el camino daba un giro para introducirse en el bosque alejándose del prado. A Rasti le gustaba mucho pararse en ese punto del camino y subirse a la valla de madera a la sombra de un gran roble cuyas ramas salían fuera de la finca. El tramo de prado situado entre el estanque y aquel roble era el lugar donde solía pastar el enorme toro que presidia el rebaño y al pequeño trasgo le gustaba observarlo mientras arrancaba las hierbas del suelo con sus rítmicos movimientos de cabeza. Era un animal enorme; Rasti podría pasar por debajo de su barriga sin apenas agacharse. Al menos eso creía. No lo había comprobado nunca. La enorme cabeza del animal lucía un par de cuernos de tal tamaño que podía servir para colgar toda su ropa a secar después de lavarla. Filipo, el hijo del carpintero de la aldea, había comprobado que esos cuernos también servían para otras cosas el día que entró al establo a robar un puñado de huevos de las gallinas que allí tenían sus nidales. Ahora Filipo disimulaba a duras penas una leve cojera en su pierna derecha, justo la misma en la que lucía una fea cicatriz de más de diez dedos de larga que se ganó al salir corriendo de aquel gallinero.

Aquel animal era el motivo de su visita a la granja esa tarde. Después de la charla mantenida con su madre el día anterior había decidido echarle valor al asunto y afrontar su destino. No acababa de entender cómo aquel toro iba a ayudarle a despejar sus temores con respecto a Maiyala; no se atrevía a pedirle que le acompañara durante la fiesta pero tampoco quería pedirle a uno de sus amigos que hiciera de mensajero por él. Intentó que su madre le ayudara; que hablara con la madre de Maiyala o que por lo menos le diera algún consejo. Este era el resultado.

Por fortuna para Rasti, el animal pastaba pacíficamente a escasos dos metros de la cerca sobre la que lo observaba el temeroso trasgo. Lentamente, tratando de no alterar al descomunal bicho, descendió de los largueros de la empalizada y comenzó a caminar con pasos cortos hacia él. El toro lo miró por un instante pero no hizo amago de cambiar su actitud. Rasti se había detenido tantas veces a contemplar el animal que éste ya lo reconocía y no se inmutaba con su presencia. Cuando se colocó frente al toro, justo delante de su cabeza, pudo comprobar aterrado que el tamaño de aquella cabezota era poco menos que su propia altura. Decidido, se apresuró a terminar aquello por lo que había venido. Con manos temblorosas, extendió los brazos hacia los lados hasta que sus manitas pudieron aferrarse a las astas del animal.

En ese momento, el toro detuvo su mordisqueo y se quedó mirando por un segundo al asustado muchacho. Apenas duró lo que un latido de corazón pero Rasti sintió como si se detuviera el tiempo. El astado había clavado sus ojos en aquel incauto muchachito que le sujetaba los cuernos y que le devolvía la mirada con una mueca similar a una sonrisa que no se correspondía con su mirada, mezcla de miedo y expectación. De repente, lanzó un bufido y los ojos del muchacho casi se desorbitan al tiempo que dejó escapar un leve gritito de sorpresa. Aprovechando el impulso de sus patas traseras, el animal se adelantó lo suficiente como para golpear con su testa la cabeza del muchacho y levantando rápidamente su enorme cabeza, propulsada por la potente musculatura de su cuello, levantó en volandas al trasgo que volando por la fuerza del envite, fue a caer sobre la empalizada. La mala suerte quiso que cayera justo encima de uno de los postes que sujetan los largueros. El extremo superior del poste golpeó dolorosamente la cara externa de su pierna y enganchó el tejido de sus calzas que, al caerse el muchacho de lo alto de la valla, desgarró parte de las mismas y rompió el cinturón de tela que las sujetaba. Si aquello no había sido suficiente, había caído hacia el lado interno de la empalizada, lo que lo dejaba a merced del animal. Al darse cuenta de su posición, Rasti gateó hacia atrás rápidamente con la intención de pasar al otro lado de la empalizada pero lo que consiguió fue darse un buen coscorrón contra el larguero más bajo de la valla. Tumbándose en el suelo, con las manos cubriéndose la cabeza y gritando sin cesar consiguió rodar sobre sí mismo lo suficiente como para pasar por fin al otro lado del recinto.

Sintiéndose ya a salvo se sentó en el suelo, gimoteando, con la respiración y el pulso acelerado, luchando por no ponerse a llorar desconsoladamente. Se frotaba con una mano la cabeza, allí donde las testuces se habían encontrado, y con la otra hacía lo propio en la dolorida pierna que ahora empezaba a manchar ligeramente las calzas con el rojo de la sangre. Asustándose aún más al ver la sangre, apartó unos jirones del pantalón para ver de dónde salía. En su mente estaba fija la imagen de la enorme cicatriz de Filipo y temía encontrarse con la horrible visión de un profundo desgarre. Quizá moriría desangrado allí mismo, sin nadie que escuchara sus gritos de auxilio. Pero en realidad la sangre salía de un pequeño rasguño que el poste había provocado en su piel durante el golpe. Sangraría un poco, pero no iba a requerir puntos de sutura ni nada parecido, solo un poco de agua limpia.

Buscó al toro con la mirada. Allí seguía el animal; pastando tranquilamente, como si nada hubiera pasado. Un tábano se posó sobre una de sus nalgas y rápidamente fue espantado con un ágil movimiento del rabo del astado.
Con esfuerzo, consiguió levantarse y comenzó un lento y doloroso viaje en dirección a su casa, derrotado y avergonzado. La cabaña de sus padres estaba cerca del camino de entrada a la aldea, en la dirección de la granja de Tom Carringuer, por lo que se evitó el mal trago de atravesar las calles del pueblo en su estado y tener que dar explicaciones a las viejas curiosas que solían pasarse las tardes sentadas a la puerta de sus casas, en bulliciosas reuniones que no acababan hasta casi entrada la noche.

Cuando entró en la cabaña se encontró a su madre golpeando la colada con la pala de madera sobre la batea y por un momento temió que su mala suerte quizá no hubiera terminado todavía. Sin embargo, cuando su madre lo vio entrar en tan lastimoso estado dejó inmediatamente la tarea y secándose las manos en el delantal, corrió hacia él.

- ¿Pero que te ha pasado? – le preguntó asustada - ¿No habrás vuelto a pelearte con ese bruto de Danis Hoffman? Te dije que te mantuvieras alejado de él; no es buena gente.

Con rápidos movimientos pasaba volando un paño húmedo por la frente del muchacho y luego a la pierna para limpiar el sangrante roce. Con cada repaso de limpieza plegaba el paño para ocultar la parte sucia y volver a repetir el proceso con un extremo limpio.

- No mamá, no ha sido una pelea – se defendió Rasti – Hice lo que me pediste; me he enfrentado a la prueba del toro. Aunque creo que he fracasado, porque no siento que mis problemas hayan mejorado.

- ¿La prueba del toro? – preguntaba extrañada la madre mientras seguía con su limpieza - ¿De qué me estás hablando hijo?

- Ayer te pedí que me ayudaras a convencer a Maiyala para que me acompañara a la fiesta y tú decías que no debo esconderme detrás de nadie para eso y que soy muy pequeño para esas cosas – trataba de explicar el muchacho entrecortadamente, gimiendo de dolor cada vez que su madre le tocaba la cabeza con el paño. – Me dijiste que si tan mayor me sentía quizá había llegado el momento en que debía “coger el toro por los cuernos”.

La madre detuvo su limpieza y sin apartar sus ojos de los del muchacho se arrodilló frente a él. Suavemente acarició una mejilla de su hijo y con toda la ternura que pudo le preguntó:

- Por todos los dioses hijo mío; ¿Pero qué es lo que has hecho?

FIN

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MensajeTema: Re: La Prueba del Toro   Sáb Dic 04, 2010 3:24 pm

Bienvenido al foro y felicitaciones por tu cuento...^^

Muy buena carta de presentación.

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MarcosDk
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MensajeTema: Re: La Prueba del Toro   Sáb Dic 04, 2010 4:24 pm

Gracias seroc

Muchas cosas han cambiado desde que publiqué este pequeño cuento. En mi blog se pueden leer algunos relatos más así como una blognovela de fantasía épica: "Más allá del bien y del mal"

Relatos Desde la Mazmorra

Un saludo
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MensajeTema: Re: La Prueba del Toro   Hoy a las 8:45 am

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