*-Literatura Youth Fantasy-*

Foro destinado a los lectores de nuestro blog de literatura juvenil donde debatiremos sobre nuestro género favorito, y compartiremos opiniones de los libros que más nos gustan.
 
ÍndiceÍndice  PortalPortal  CalendarioCalendario  FAQFAQ  BuscarBuscar  Grupos de UsuariosGrupos de Usuarios  BlogBlog  RegistrarseRegistrarse  Conectarse  
Blog dedicado a la campaña por los nuevos autores http://descubriendonuevosautores.blogspot.com/

Comparte | 
 

 UN CAPITULO MÁS DE "EL SUBMUNDO DE MONNIE"

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
AutorMensaje
elisacotarelo
Humano
Humano


Cantidad de envíos : 7
Edad : 50
Puntos : 13
Fecha de inscripción : 16/03/2010

MensajeTema: UN CAPITULO MÁS DE "EL SUBMUNDO DE MONNIE"   Lun Sep 20, 2010 11:40 am

He comenzado a publicar la segunda parte de la trilogía "Kimismo", que lleva por título "El submundo de Monnie". Puedes leer el primer capítulo en el blog del libro http://www.kimismo.blogspot.com Allí publicaré un capítulo cada semana. El libro completo saldrá a la venta en unos meses. Como sabeis, no tengo editorial y el trabajo de maquetación, diseño de portada, etc. tengo que hacerlo yo. Agradecería vuestras opiniones para ayudarme a mejorar el libro, ya que aún estoy trabajando en él.
Sinopsis: Vencido por Altrus, Samuel tuvo que hubir junto con su familia. Se refugian en la boca de una cueva y Samuel entra en una profunda depresión hasta que el asesinato de una de las personas que viven con él le obliga a reaccionar. Tendrá que investigar una muerte acaecida en extrañísimas circunstancias. Por si fuera poco, en los barracones de Candai desaparece un esclavo cada noche, evadiento las fuertes medidas de seguridad. Altrus sospecha que Samuel es el autor de tales desapariciones, que no ha muerto en el asalto al palacio de Candai y le somete a una persecución implacable. Además, un amor que comienza en sueños y se acaba trasladando a la vida real, hace tambalearse la vida de Samuel con su compañera Laila. Es Monnie. Una joven que hace 500 años fue condenada por Altrus a vivir en la oscuridad y que ahora aparece como un torbellino en la vida de Samuel. Pero las extrañas circunstancias en las que aparece hacen que Samuel, a pesar del amor que siente por ella, desconfie sobre su moralidad (cree que es la causante del asesinato y de las desapariciones




1. LA VISITANTE

La cataplama con la que había untado su cuerpo desnudo comenzaba a secarse, formando profundas grietas que tiraban de la piel hacia los lados, causándole una sensación muy molesta. Era la señal de alarma. Si se demoraba en eliminar aquel improvisado vestido de barro, éste se secaría y su piel quedaría cubierta por una capa tan dura que, para borrarla sin dejar rastro, demandaría un concienzudo lavado. Esa faena agotaba el tiempo que ella consideraba prudente para llegar a casa sin levantar sospechas. Además, debía evitar el necesario frotado si la capa se endurecía, porque traería como consecuencia el inevitable enrojecimiento de su blanca piel y, conociendo la indiscreción y ansias de cotilleo que tenían su familia y vecinos para buscar entretenimiento con el que llenar sus monótonas vidas, vendría necesariamente seguido de preguntas a las que no podría dar respuesta.
Era el momento de regresar.
Aunque realizaba con frecuencia aquellas visitas desde hacía mucho, demasiado tiempo, de pronto se percató de que, a pesar del cambio que aquel descubrimiento había representado en su aburrida vida, nunca se había molestado en calcular cuántos días habían transcurrido desde aquella primera vez en la cual descubrió que todo un mundo desconocido y apasionante se abría en la boca de la cueva. El tiempo para ella era tan insignificante como una moneda para un millonario. Tenía mucho tiempo, todo el tiempo del mundo. Quizá había transcurrido un año, quizá dos, o diez... Pero, a pesar de la regularidad con la que frecuentaba aquel lugar, el camino siempre le deparaba sorpresas que se presentaban en forma de rocas que aún no había visto, o montículos de artea aquí o allá, en los que nunca antes había reparado. En ese momento pensó que siempre recorría el camino de vuelta tan embebida de la vida que había en la entrada de la cueva que, si su secreto quedara al descubierto y se viera obligada a recurrir a su memoria para describir la ruta que le llevaba hasta ellos, le resultaría imposible. Como escueta respuesta sólo podría decir que un sendero le guiaba hasta un pequeño pozo con suficiente agua para lavar su secreto y hacer desaparecer todo rastro del “protector” que usaba para que los escasos rayos de luz que se colaban por la entrada de la cueva no causaran estragos en su piel. Y continuaría el relato diciendo que, una vez satisfecha parcialmente su curiosidad, regresaba a casa siguiendo un largo camino que discurría paralelo al pequeño riachuelo que surcaba las entrañas la cueva y que le conducía a las casas a través de subidas, bajadas, rocas que sortear y otros imprevistos que podrían convertirse en grandes obstáculos para un explorador ocasional que, desde el exterior, se adentrara en la penumbra, pero que resultaban insignificantes para ella, acostumbrada a vivir en la oscuridad. En su relato tampoco podría obviar hacer mención a las dos grandes rocas que le servían de parapeto, colocadas en un punto estratégico por la naturaleza que, en su búsqueda de lo bello y práctico, jamás sospechó el indiscreto uso que podría darles un observador curioso.
Antes de que pudiera darse cuenta sus pensamientos ya habían abandonado la escarpada ruta y estaban de regreso con aquellos seres que despertaban su interés hasta el punto de arriesgarse a espiarlos, aún a sabiendas de lo que podía sucederle si su fechoría era descubieta por parte de alguno de los dos bandos. Si lo hacían los suyos, el castigo sería el confinamiento eterno en aquella choza, a la que no le quedaba más remedio que llamar casa para no ofender a los que la habían levantado con mucho sudor y escasos medios. Si los descubridores eran los observados… ( mejor no pensarlo). El miedo le cortó la respiración, dejándole la mente en blanco.
La primera vez que vio la casa, ocupando casi toda la entrada de la cueva, creyó estar ante un gran cubo que una mano gigantesca había escondido allí de forma deliberada, ocultándolo a la mirada de posibles curiosos con una vegetación exterior que lo camuflaba a la perfección, tapando la boca de la cueva sin olvidarse de aparentar casualidad a primera vista, como si aquellos árboles estuvieran allí por obra y gracia de la naturaleza.
No comprendió que aquello era un hogar hasta que un día escuchó conversaciones en tono suficientemente elevado como para traspasar las paredes hacia el exterior. Las frases le sonaban raras, pero pudo distinguir en ellas el idioma kimis aunque, eso sí, algo modificado por el transcurso de los siglos y el deterioro del sistema educativo, supuso en esos momentos. Habían pasado varios siglos desde que entraron en aquella cueva y en el exterior la vida seguía su curso, sometida a constantes cambios que tampoco pasaban de largo para el idioma.
Aquel cubo en nada se parecía a las auténticas casas que ella recordaba (obviando los cuchitriles en los que habitaban ahora). Las de antaño, las residencias del Candai libre, previas a la invasión por parte de Altrus y sus secuaces, eran semejantes a esferas cortadas por la mitad, que descansaban sobre la artea apoyadas sobre su parte plana. Pero en ningún caso tenían la forma cúbica de un sacai pues, según los expertos constructores de la época, aquella forma era absolutamente inapropiada para la construcción de viviendas, porque (según le habían explicado algunos entendidos) implicaba necesariamente que al menos una parte de la casa permaneciera completamente oculta a los rayos de Asten que, en cambio, se aprovechaban mejor si las construcciones eran esféricas. Monnie pensó que desde el reinado de aquellas doctrinas habían pasado demasiados años y, quizá, los actuales expertos tuvieran buenas razones para ejecutar aquel cambio tan drástico.
Mientras se sumergía en el pequeño pozo de aguas ferruginosas, de donde saldría preparada para emprender el camino de vuelta y presentarse en su casa como si nada hubiera ocurrido, su mente siguió vagando por los recovecos de aquella ciudad que recordaba libre y hermosa y que, muy a su pesar, se vio obligada a abandonar cientos de años atrás.
Por aquel entonces Candai, con sus viviendas de semiesfera bañadas en cientos de colores diferentes, parecía un hermoso manto de lentejuelas que vestía la colina sobre la que se asentaba. Las casas de los cunches formaban la falda que cubría la ladera. Más arriba, las distinguidas residencias de los roggies adornaban el cuerpo de la montaña. Y el fastuoso palacio que compartían el rey Kiyama y su hermano Altrus formaba la corona perfecta para la cima. Para ese fin segaron la cabeza de la montaña y en su lugar instalaron el gran palacio de estructura circular, que abrazaba un inmenso patio en su interior donde guardaba celosamente las más impresionantes naves espaciales jamás diseñadas, según había oído comentar, ya que ni ella ni su familia tuvieron jamás acceso al patio interior del palacio y tenían que conformarse con divisar sus imponentes siluetas de las naves dibujarse planas en el cielo, adoptando múltiples formas extrañas, e imaginar cómo sería el resto de su estructura.
Mientras sus manos trabajaban mecánicamente y se apresuraban para eliminar la capa de barro que cubría su cuerpo, su mente seguía vagando por el antiguo Candai, desplazándola hasta las semiesferas asentadas por toda la montaña siguiendo un diseño de urbanización en el que habían trabajado algunos de los mejores arquitectos de la ciudad, capaces de guardar la estética sin olvidar las distinciones que las viviendas debían tener, dependiendo de la clase social de sus moradores. Así las había más grandes y más pequeñas, mejor situadas y peor, unas eran más lujosas y otras más humildes, pero la diferencia fundamental la marcaba el hecho de que sólo algunas de ellas disponían de anduria que, a modo de sombrero plano, cubría la semiesfera. La utilidad real de este singular techo era servir de base para el aterrizaje y aparcamiento de la nave familiar, pero también (y este era su cometido más preciado) llenaba el orgullo de sus dueños aportando estatus social a la vivienda, pues sólo los roggies y kiyamas disponían de nave familiar y de anduria para exhibirla.
Dentro de la clase social de los roggies también había distinciones (que se manifestaban a través de la ubicación de sus viviendas) y estaban directamente relacionadas con la afinidad de parentesco o amistad que cada familia compartiera con el Rey Kiyama, con su hermano Altrus o con la compañera del Rey. Así, las casas de los parientes y amigos de la realeza se apostaban en la parte alta de la montaña para que sus dueños disfrutaran del privilegio que aportaba el hecho de residir tan cerca del palacio, beneficiándose del prestigio social que les daba la ubicación de su vivienda y de la seguridad que les proporcionaba la guardia real, que ampliaba su vigilancia hasta sus hogares. Además, el rango social que tenían reconocido les llevaba a ocupar los puestos de mayor responsabilidad en el gobierno de Kimismo.
El Rey Mahi y su compañera Deila eran los moradores habituales del enorme palacio que dominaba la ciudad desde lo alto de la colina, mientras que Altrus Kiyama, hermano de Mahi, sólo pasaba allí temporadas, cuando el aburrimiento o la soledad le incitaban a buscar la compañía de la familia.
El palacio, entre otros muchos lujos, disponía de un patio con capacidad para más de mil naves, pero se comentaba que, a pesar de su magnitud, resultaba insuficiente cuando Altrus venía de visita acompañado de todo su séquito, desplazado desde el planeta Atia sin más motivo que el de impresionar a los habitantes de Candai con semejante despliegue de medios y poder. Para magnificarlo aún más, la impresionable ciudadanía había corrido el rumor de que aquello sólo era una pequeña muestra de su verdadero poder y que en el planeta Atia disponía de un palacio mucho más imponente que el de Candai, de tal magnitud que ocupaba una superficie igual a la cuarta parte del planeta y millares de soldados lo custodiaban noche y día.
Aunque ahora importaba poco, Monnie sonrió al recordar que ella también descendía de una estirpe de roggies auténticos. Su árbol genealógico no estaba manchado por emparejamientos inadecuados, que solían ser frecuentes cuando algún antepasado enamoradizo se unía con un o una cunche, anteponiendo su felicidad a los intereses de la familia, con la consiguiente mancha en la inteligencia y el honor de todos sus descendientes.
Ella no daba demasiada importancia a las clases sociales y, de hecho, solía compartir juegos con los niños cunches que vivían próximos a su casa ya que, a pesar de ser roggies, la familia de Monnie no estaba directamente emparentada con la realeza y sus ascendientes tampoco habían tenido la habilidad suficiente para ganarse amistades en el palacio. Ese era el motivo por el cual ocupaban una vivienda situada en los últimos peldaños de la colina, a poca distancia de donde comenzaba la ciudad de los cunches, con sus casas formando hileras horizontales y verticales, perfectamente alineadas, por cuyo centro circulaba el sacai (cuadrado como la casa de la entrada de la cueva) que los llevaba de un lado a otro de la ciudad, cubriendo las necesidades de transporte provocadas por la carencia de naves familiares, que les estaba vedada porque era símbolo indiscutible de una distinción social de la que ellos carecían, al formar parte de una raza inferior tanto en inteligencia como en poderes.
A pesar de ser bastante más humilde que las situadas en las partes altas de la colina, la casa de Monnie también se cubría con una anduria en la que se aparcaba la nave familiar, cuyo único uso eran aquellas excursiones que la familia realizaba los días de descanso y que a ella tanto le fascinaban porque aportaban aventura a lo que entonces consideraba una vida monótona y cuyo recuerdo inundaba sus ojos de lágrimas cada vez que pensaba en el tiempo desperdiciado, en lo feliz que era por aquel entonces, cuando disponía de casi todo sin darse cuenta ni apreciar su valor. Su abuela siempre le repetía que no se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde para siempre. ¡Y qué razón tenía! Ahora lloraba envuelta en recuerdos que la transportaban hasta la nave de su familia que, como casi todas aquellas cuyo único destino era el ocio, estaba construida con material completamente transparente. Los asientos, el fondo y el techo permitían divisar el paisaje desde cualquier perspectiva. Al rememorar aquella sensación de libertad, de dominio del medio, una media sonrisa asomó entre el barro mojado y las lágrimas que corrían por su cara.
Unido al de la nave familiar también llegó el recuerdo de su padre pilotándola. Por aquel entonces él guardaba intacta la lucidez mental (sin el egoísmo y la pereza que más adelante le caracterizarían) y solía llevarles de paseo por la zona que más le gustaba a ella, al sur, donde habitaban los grandes animales. Frec, su padre, era un hábil piloto y se acercaba a ellos hasta distancias tan temerarias que ponían la nave al alcance de sus fauces, para luego esquivarles con una maniobra rápida y genial que desataba la risa de Monnie y el mal humor de su madre.
Frec trabajaba en el observatorio espacial, en la sección de estudio del Universo conocido. Así en aquella época a Monnie le resultaban familiares los términos de distancias interplanetarias, agujeros en el tiempo y en el espacio y composición de los planetas, porque eran usados con frecuencia por Frec cuando, durante la reunión familiar diaria entorno a la última comida del día, buscaba la comprensión de los suyos tras una jornada de trabajo que él describía como agotadora. Pero no lo era tanto, porque su vida laboral transcurría en el laboratorio y nunca viajaba al espacio para hacer prospecciones sobre las zonas ya estudiadas, con el objeto de medir las distancias exactas y aportar muestras materiales. Esa tarea (considerada aburrida y, hasta cierto punto, peligrosa) estaba reservada a los cunches, y éstos la llevaban a cabo dirigidos a distancia por el maestro roggie correspondiente y apoyados por la avanzadísima tecnología de la nave que, por sí sola, hubiera sido capaz de realizar todas las funciones, de no ser por la desconfianza que en aquellos tiempos había hacia la tecnología moderna. “No olvides Monnie que las máquinas necesitan supervisión, no se les puede dejar trabajar solas”, solía contestar Frec cuando ella le preguntaba sobre el motivo de que los cunches tuvieran que realizar trabajos tan peligrosos, en especial cuando el padre de un compañero de juegos murió en una de aquellas prospecciones y ella pudo vivir en directo el dolor del muchacho ante la ausencia de su progenitor.
Su madre, a quien ella tenía por costumbre llamar Rostie (nunca “sati”, como hacían los demás niños cuando se dirigían a sus madres) también se las ingeniaba para acaparar la atención en las reuniones familiares y, más a menudo de lo que Frec podía soportar, le interrumpía para contar anécdotas sobre su puesto de responsabilidad en el Control de población de Kimismo.
La labor de Rostie estaba relacionada con la orden Real de que todos los habitantes del planeta se aglutinaran en la ciudad de Candai y la prohibición de residir en cualquier otro lugar. Así se había estipulado para un mejor control de la población y del planeta. Fuera de Candai y su más que vasta zona de influencia (campos de cultivo, minas, fábricas…) comenzaba el dominio de las bestias, delimitado pero respetado, donde vivían y convivían conforme a las leyes naturales, ajenas al complicado e inexplicable avance y dominio del entorno por parte de aquellos que habían sido dotados de una inteligencia superior. Y, para mantener el nivel de vida, asegurar la reposición natural de los recursos consumidos y evitar la expansión hacia los terrenos del sur (reservados a los animales), se había estipulado que el número ideal de habitantes debía oscilar entre un millón trescientos mil y un millón quinientos mil individuos. Si la población llegaba a superar esa cifra, se debían activar los sistemas de freno para los nacimientos. Y si el baremo descencía por debajo del millón trescientos mil, era necesario poner en marcha algún medio para que la natalidad aumentase.
Rostie dirigía las estrategias a utilizar para mantener la población a raya pero, afortunadamente, el número de individuos siempre osciló entre los límites permitidos, sin necesidad de que ella pusiera en práctica sus geniales ideas de control, que exponía con toda seriedad en casa durante las cenas, buscando la probación y la admiración de la familia, pero que únicamente conseguían causar el estupor de la abuela Amand, la risa de Frec y la incomprensión de Monnie que, por aquel entonces era demasiado joven para saber en qué consistía eso de coger a la mitad de los varones en edad de procrear y colocarles en sus partes un “cucurucho” de zafrán, u obligar a las parejas a dormir separadas los días pares, o implantar cursos de cocina y “saber estar” para los que pretendían vivir juntos, con el fin de retrasar la unión y de paso la natalidad. Hubo muchas otras ideas, similares en su absurdo, aportadas por su madre en las tres ocasiones que el recuento de la población dio como resultado más de un millón cuatrocientos mil individuos pululando por las calles de Candai.
Sumergida en recuerdos, Monnie había terminado de asearse y hasta había recorrido el camino que separaba la entrada de la cueva de los campos de fangut cercanos a las casas. Iba tan ensimismada que no se percató de presencia alguna.
--- ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Al fin apareció la solitaria! Tu familia te está buscando, seguramente porque tu padre quiere comer y acostarse. ¡Debe estar tan cansado de trabajar el pobrecillo…!
Aquellos aullidos que pretendían ser palabras la trajeron de vuelta a la cruda realidad. Ya estaba llegando a las casas y quien le hablaba era Alabel. Con ella estaban Llui, Anex, Josan, Ire y Dram, que junto a Monnie formaban toda la población infantil y juvenil del lugar. Aunque a ella no le gustaba que la insertaran en ese conjunto, pues estaba convencida de que sus dieciséis años le daban derecho a acceder al grupo de los mayores.
--- ¿Todas esas explicaciones te dio mi padre?
Monnie usó la ironía como arma defensiva, no lo pudo evitar, aunque sabía que con Alabel era mejor no entrar en dialéctica. Su envidia y perversidad le impedían mantener la conversación dentro de los límites del respeto.
--- ¡Por supuesto! Está preocupado por ti. Eres demasiado pequeña para andar por ahí sola… ¿dónde estuviste?
---Por ahí… dando una vuelta. ---contestó Monnie, aparentando indiferencia.
---Por ahí… dando una vuelta. ---repitió Llui con sorna--- Sólo los tontos dan vueltas en un sitio como este, donde no hay a donde ir.
---Ja, Ja, ja, ja, ---rió Ire, abriendo una boca ya de por sí demasiado grande, sin preocuparse de ocultar los cuatro dientes negros que le quedaban.
--- Se te ha caído esto, ¿de dónde lo sacaste?
Además de una sonrisa perversa, Alabel mostraba un trozo de tela raído que, en sus buenos tiempos, pudo haber sido la manga de un bonito rafai azul celeste, pero en esos momentos apenas conservaba color y forma alguna.
---No es mío. ---contestó escuetamente Monnie, mirando con asco la cara de Alabel, desde siempre manchada con grandes pecas que le daban un aspecto sucio.
---Sí, sí que lo es. Yo vi como se cayó de tu mano. ---insistía Alabel, mirando a los demás con gesto retador, exigiendo su complicidad.
Todos asintieron con la cabeza, embobados y sin saber muy bien de qué iba el asunto.
---Que no es mío, repito. Hace unos doscientos años que no tengo, ni tenemos en mi casa telas. Desde que se gastaron las que traíamos cuando entramos aquí. ---contestó Monnie, arrastrando las sílabas de cada palabra para asegurarse de que eran comprendidas por todos los presentes, y sin poder evitar acompañarlas con un gesto de hastío en la cara.
Simplemente quería dar por terminada aquella absurda conversación, de la que ninguno de los presentes, salvo Alabel, parecía comprender ni una palabra.
--- ¡Sí, sí que tienes telas!
Intervino de repente el pequeño Dram, hablando en medio de un gesto de dolor, supuestamente provocado por un inesperado pellizco. Alabel se había situado detrás de él y escondía las manos sospechosamente. Dram, con sus tres años de edad, no podía recordar lo que era la tela, ni los rafai, pero el instinto (y el pellizco) le decían que había llegado el momento de que entrara en escena.
---Que no, Dram, que nooooo. No es mío, será de otro o se habrá quedado ahí cuando entramos en la cueva hace quinientos años. ¡Yo que sé! Y tú tampoco sabes porque eras, y sigues siendo, demasiado pequeño como para recordar….
Monnie se esmeraba en hablar pausado para que el pequeño comprendiera, e incluso se puso en cuclillas para dejar su cara a la altura de la de Dram, suponiendo que con ese gesto ganaría la confianza del niño y le haría rectificar.
--- ¡Que sí! ¡que sí! Es tuyo --- gritaba Dram, haciendo caso omiso a las explicaciones de Monnie.
El pequeño daba rienda suelta a su rabieta saltando sin cesar. Su cara redonda se transformaba continuamente a través de cientos de muecas que pretendían captar la atención de los demás pero sobre todo la misión de tal ataque de furia era recabar el auxilio de sus hermanos mayores. La cercanía de Monnie, lejos de darle confianza, le había resultado intimidante.
--- ¡Mira! Ya hiciste llorar a mi hermano. Coge la tela y vete a tu casa o no respondo de lo que pueda pasar aquí… --- amenazó Anex, el hermano mayor de Dram, ensayando una voz autoritaria y retadora, mientras apretaba los puños en señal de contención.
A sus quince años, Anex ya se consideraba adulto y responsable del cuidado de sus tres hermanos: Josan (un año menor que él), Ire (de once años) y el pequeño Dram, que en esos momentos buscaba protección escondido detrás de sus piernas.
--- ¡Trae esa tela! Es mía, debí perderla sin darme cuenta. --- dijo Monnie, mientras con un gesto rápido arrancaba el andrajo de manos de Alabel.
Había mentido porque le pareció la forma más rápida de dar por terminada aquella absurda conversación que no conducía a ninguna parte.
--- ¡Escuchad cómo miente! ¡Escuchad! ---dijo Alabel de repente, dibujando en su boca una sonrisa triunfal---. Yo misma puse esa tela en el suelo y ahora ella dice que es suya.
--- ¡Mentirosa! ¡Mentirosa! ¡Mentirosa! ---gritaban todos al unísono, riendo la astuta ocurrencia de Alabel.
Monnie enrojeció de rabia, se giró tan rápido como pudo y comenzó a correr hacia su casa. La cara le ardía de vergüenza mientras a sus oídos seguían llegando las voces que repetían sin cesar ¡mentirosa! ¡mentirosa!, seguidas de sonoras carcajadas para ridiculizarla aún más, si cabía.
El camino que conducía a la mugrienta cabaña con pretensiones de ser un casa (de la que sólo tenía el nombre) trascurría por el centro de la zona de cultivos, dividiéndola en norte y sur. Y era relativamente corto, pero ella tenía la sensación de que tardaba una eternidad en recorrerlo para ponerse a salvo entre los muros de su vivienda. Sus piernas corrían rápido, pero la casa seguía demasiado lejos. De no ser por la angustia que le atenazaba el estómago y las lágrimas que hacían borroso el sendero, se hubiera imaginado que había regresado a su vida en el exterior y se divertía con uno de sus juegos favoritos: correr contrasentido en una de aquellas cintas que les transportaban colina arriba hacia el palacio. Allí también se esforzaba para avanzar en sentido contrario a la dirección de la cinta mecánica pero ésta, tan rápida como sus piernas, la mantenía constantemente en el mismo lugar.
Ahora la impotencia y la rabia habían frenado el paso del tiempo y los escasos instantes que la separaban de su refugio no llegaban nunca.
Cuando al fin logró cruzar el arco de la entrada se fue directa hacia las siaras, sin mirar hacia los lados, por si acaso los suyos ya estaban en la casa (no quería dar explicaciones sobre su llanto). Allí se dejó caer de golpe en la siara del centro, sin respetar propiedades, pues la suya era la de la izquierda. La del lado derecho la ocupaban sus padres y la que ahora había invadido era de la abuela Amand, la más mullida, por ser la última a la que cambiaron las hojas debido a un exceso de humedad que procedía de la roca a la que estaba pegada.
La casa de Monnie, al igual que las otras tres que componían el tétrico poblado, se había construido adosada a una pared de roca que se encontraba en la gran cueva, justo al lado de los campos de cultivo, y decidieron aprovecharla para formar el muro trasero de las cuatro casas. Además, la pared tenía amplitud suficiente para construirlas sin necesidad de que estuvieran adosadas unas a otras. Estaban cercanas pero, aun así, guardaban la distancia suficiente para preservar la intimidad de las familias que las habitaban. Para cerrar los laterales y la parte delantera emplearon la dura artea que alfombraba el suelo, a la que dieron forma usando métodos primitivos, a falta de otros recursos. Primero la transportaban con las manos hasta el riachuelo y allí la humedecían con agua y la amasaban hasta darle forma de piedras de tamaño medio. Después moldeaban los bordes y lados hasta que el amasijo adquiría una forma más o menos rectangular. Luego las dejaban secar (proceso lento debido a la humedad del interior de la cueva) hasta que servían para ser empleadas en la construcción de las paredes. Así, lentamente, al cabo de varios años, fueron construyendo sus hogares. Todos similares, del mismo tamaño y con igual forma. Por todo elemento decorativo presentaban un pequeño hueco con forma de arco en la parte delantera, que también hacía las veces de puerta de entrada.
El interior era diáfano. Al fondo, pegadas a la roca, estaban las siaras que habían fabricado con hojas secas de fangut, la mejor base (y la única) que habían encontrado para descansar. El resto de la casa estaba ocupado en su mayor parte por la mesa donde comían (una gran roca en cuya extracción y transporte habían colaborado todos los vecinos), algunas incómodas sillas, que también eran rocas más o menos pulidas, y los utensilios que usaban para comer, en cuya elaboración habían empleado muchas horas desgastando piedras hasta darles forma de cuenco. La roca para fabricar todos aquellos utensilios había sido robada a la pared en los primeros tiempos de vida en la cueva, a base de emplear muchos días de esfuerzo colectivo, cuando aún reinaba la armonía y el sentido común entre los habitantes de aquél lúgubre lugar.
Sin objetos, ropas, ni comodidades de ninguna especie, la utilidad de las casas no era resguardarse del frío, ni del viento, ni de la lluvia (ausentes en el interior de la cueva) sino única y exclusivamente aportar un poco de intimidad a las cuatro familias que habitaban el lugar.
--- ¿Se burlaron de de ti otra vez?
Aunque Monnie había aprendido a llorar en silencio durante las miles de noches que pasaba en vela buscando una salida a aquella maldición que la había condenado a vivir eternamente en sus dieciséis años, su llanto no consiguió pasar desapercibido para la abuela Amand.
---No pasa nada tati. Ya estoy acostumbrada. ---respondió con el hilo de voz que aún le quedaba.
---Ya sé que estás acostumbrada y eso es lo que más me preocupa, porque también sé que hay algo más. Los enfados con los otros jóvenes te ponen de mal humor, pero hasta ahora nunca consiguieron arrancarte el llanto. Te conozco lo suficiente como para saber que algo más ronda por tu cabeza. Cuéntame, soy toda oídos…
---No lo sé, tati. Nada tiene sentido. Nuestra vida no tiene rumbo porque no progresa, no vamos hacia ninguna parte. Dime… ¿con qué soñabas tú cuando tenías mi edad?
Amand frunció el entrecejo en señal de sorpresa ante la pregunta que le hacía su nieta y trató de transportarse lo más rápido posible a la época en que tuvo la edad de Monnie, quinientos ochenta años atrás.
---Soñaba con el futuro, con la libertad que me traería y también con las responsabilidades que vendrían en ese mismo lote. También con tener mi propia casa, una familia, una profesión por la que sería respetada… Todas esas cosas, lo normal… ---contestó Amand, cerrando sus pequeños ojos en un gesto que decía sin palabras “¡he metido la pata hasta el fondo! Monnie nunca tendrá ese futuro”.
---No te preocupes tati. Ya sé que yo no puedo permitirme soñar como tú lo hacías, porque nunca seré adulta. Me pregunto qué pasará dentro de otros cien, doscientos, mil años… ¿cómo envejecerá mi espíritu? ¡Ya soy una anciana envuelta en un cuerpo joven! Pero, cuéntame… ¿todo fue como esperabas?
Monnie trataba inútilmente de esbozar una sonrisa, al darse cuenta de que una lágrima descendía por las mejillas de su abuela, surcaba sin obstáculos su regordete cuello y desaparecía en medio de una de las pocas arrugas que tenía en el pecho.
---Nada de lo que vino después se asemejaba a mis sueños infantiles y todo, absolutamente todo, resultó mucho más duro de lo que yo esperaba. Cuando quise darme cuenta estaba encasillada hasta tal punto que no era dueña de mi propia vida, como les ocurre a casi todos los adultos, aunque la mayoría no se percata de ello. Verás Monnie…, cuando empiezas a trabajar, esa tarea te condiciona gran parte de la vida. Tus actos no son fruto de la libertad de elegir, sino que debes atenerte a lo que ordenan tus jefes, a lo que esperan de ti los subordinados, a lo que es conveniente… Si además convives con una pareja y tienes hijos, el resto de tu tiempo también está condicionado, pues has de dedicarte a ellos, a sus familiares, a los amigos comunes… y llega un día en que no te reconoces a ti misma porque nada queda de lo que fuiste y el reducto de tiempo en el que puedes permitirte ser tú misma, sin condicionamientos, es muy pequeño o inexistente. Por eso, cuando nos trajeron a este inmundo lugar, ya mi único deseo era que llegara el momento de ir a vivir al Pinate. A ti, como al resto de los jóvenes, no solíamos hablaros de ese lugar, para que no os sintierais tristes con motivo nuestra partida, pero ese sitio existía y estaba allí gracias a que la sociedad de Candai estaba muy bien organizada y sacaba el máximo partido a todos sus habitantes, pero también velaba por su confort cuando ya no resultaban útiles a la sociedad. Así, cuando nos hacíamos viejos y no servíamos para trabajar ni para cumplir ninguna otra función social, recibíamos un aviso del Departamento de Abandono de las Funciones para que nos dispusiéramos a dejar nuestra casa y preparar el traslado al Pinate. Por supuesto, la notificación la recibíamos con tiempo más que suficiente para poner en orden lo poco que quedaba de nuestra vida. En esa tarea ocupaba yo el tiempo poco antes de venir aquí. Y estaba feliz porque el Pinate era un sitio hermoso, rodeado de amplios jardines en el exterior, donde pasear y meditar bajo los rayos de Asten. Y en el interior me esperaban todo tipo de comodidades para hacerme más llevadera la última etapa de mi vida.
--- ¿Por qué nunca hemos hablado de esto, tati? ---preguntó Monnie súbitamente, percatándose de que siempre usaba a su abuela como pañuelo de lágrimas y nunca se había preocupado de averiguar cuáles habían sido sus sueños.
---No lo sé, quizás porque eso ya no importa.
--- ¿Y qué te gustaría que ocurriera ahora? Quiero decir…, si hubiera futuro.
---Me gustaría que llegara el descanso eterno. Verás Monnie… me siento cansada, muy cansada de vivir arrastrando de un lado a otro este cuerpo que ya no me responde. También siento que mi alma está resquebrajada por los disgustos de toda una vida. La condena es la misma para todos, Monnie ---prosiguió Amand, mientras acariciaba con cariño la mandíbula de su nieta--- pero tú eres afortunada dentro del infortunio, porque siempre serás joven y tu cuerpo mantendrá su vitalidad y energía. ¡Mírame a mí! Condenada a subsistir por toda la eternidad en una carcasa debilitada, vieja y aquejada de dolores continuos. O, si miramos hacia el otro extremo, ¡piensa en Gonza!, ella siempre será un bebé, nunca llegará a comprender nada de la vida.
---Lo sé, tati. Si por lo menos hubiera otros niños distintos…
---Ya sé que no has tenido mucha suerte. ---contestó Amand, levantándose de la siara, no sin antes besar a su nieta en la mejilla---. Continuaremos hablando, pero ahora debo preparar la comida. Tu padre está a punto de llegar y ya sabes cómo se las gasta.
Monnie asintió en silencio.
En verdad no había tenido suerte alguna con sus compañeros de cautiverio.
La primera casa, comenzando por la izquierda, estaba habitada por la pareja formada por Trot y Ciosta, sus dos hijas y dos familiares. Trot era joven, alto, esbelto y, sobre todo, inteligente y buen conversador. Pero el ambiente se había apoderado de él y, con el paso de los siglos, también se había vuelto taciturno y mezquino, al uso del lugar. Ciosta, su compañera, era entrometida, mandona y bastante presumida, sin base física que lo justificara porque sus anchas caderas suponían un antiestético abultamiento en su cuerpo escuálido. Tenían dos hijas: Llui, un par de años más joven que Monnie, y Gonza, un bebé de pocos meses de edad. Llui había sido amiga de Monnie en otros tiempos, cuando vivían en Candai, pero el cautiverio también había conseguido sacar a la luz su parte chismosa y envidiosa de cualquier cosa por mínimo que fuera su valor. Con ellos vivía la anciana Venig, la más vieja del lugar, y gozaba de la beneficencia de la familia por ser tía de Trot. Venig nunca había tenido pareja, hijos u otros familiares que se hicieran cargo de ella, por eso Trot había decidido acogerla, aún en contra de la opinión de Ciosta, que no soportaba las continuas visiones extrañas de la anciana ni sus conversaciones con los difuntos, que tenían lugar a cualquier hora del día o de la noche, soliviantando con fuertes aullidos a cuantos se encontraban a su alrededor, fruto de posesiones, según decía ella. Completaba el grupo familiar la joven Carr, hermana de Trot, que arrastraba problemas mentales desde una desgraciada caída que había sufrido en su más tierna infancia.
La siguiente casa estaba ocupada por Portio, Aurea, Pel y Alabel. Portio era un varón de baja estatura y complexión delgada, vestido con una piel que se fruncía en mil pliegues delatando su avanzada edad. La maldad que anidaba en su interior le salía por cada poro de la piel. Su compañera, Aurea, muchos años más joven que él, había ocupado en su día un puesto de alta responsabilidad en el Gobierno de Candai, pero su mente no pudo soportar el encierro en el interior de aquella cueva y su personalidad se había deteriorado hasta límites que rayaban la locura. Solía reír por cualquier causa, con sonoras carcajadas que ponían en vilo a todo el poblado. Su hija Alabel era el fruto de aquella extraña familia y hacía cuanto estaba en su mano para superar la maldad de su padre y la locura de su madre. Junto a los tres, y tratado como un marginado, vivía Pel, hermano de Aurea. Pel unía a la desgracia de convivir con aquella familia una deficiencia física que le impedía caminar correctamente. Así arrastraba cada día su pierna izquierda peinando los campos de fangut, donde le obligaban a trabajar hasta que caía exhausto.
La siguiente casa era la de Monnie. Y después estaba la última del pueblo, habitada por la pareja formada por Roggie y Socie, cuyas mentes también habían sido superadas por el largo cautiverio y solían pasar los días cantando y bailando sin que hubiera nada que celebrar. Sus campos de cultivo estaban abandonados y no daban el fruto suficiente para alimentar a sus cuatro hijos (Anex, Josan, Ire y Dram), que sobrevivían como podían valiéndose de su astucia y de la poca caridad ajena que aún quedaba en el lugar.
Pero, a pesar de las deficiencias de la compañía, el cautiverio hubiera sido soportable si no les hubieran estirpado el valvas, un chip que desde niños llevaban colocado en el interior de la cabeza, anexo al cerebro, y que contenía todo el saber necesario, además de la diversión apropiada para combatir la soledad porque en él se podían cargar novelas, películas y música, entre otras muchas cosas.
En el Candai que Monnie conoció no existían escuelas, institutos o Universidades. Sólo ocio y diversión para aprovechar al máximo la mejor etapa de la vida, la infancia. Cuando los niños alcanzaban la edad de cuatro años sus padres les llevaban al Centro del Saber, donde expertos profesionales instalaban en su mente un chip que contenía los conocimientos que se consideraban apropiados para esa edad. Después, cada año el chip era sustituido por otro que se adecuaba mejor al cambio mental del niño y contenía conocimientos más avanzados. Al igual que los rafais se iban ajustando al crecimiento físico, el valvas se amoldaba al crecimiento mental.
Al cumplir los veinte años, los jóvenes debían decantarse por una profesión en concreto, momento en que su cerebro estaba preparado para recibir un segundo chip que contenía la información necesaria para desarrollar la labor elegida. Si el sujeto era aplicado y destacaba porque iba más allá del mero cumplimiento de su trabajo, aportando cosas nuevas que servían para mejorarlo, sus descubrimientos o invenciones pasaban a formar parte de la base de datos del Centro del Saber y serían insertados en las mentes de todas las generaciones futuras, con la consiguiente gloria que ese logro traía para el inventor.
Por aquel entonces, en el domicilio de cada roggie había un ordenador conectado directamente al Centro del Saber. A él llegaban cada día las noticias que generaba la ciudad. También se recibían las últimas novedades literarias, musicales y las películas que se producían por ordenador en el Centro de Ocio de Candai. El proceso para pasarlas del ordenador al chip mental era sencillo. Sólo había que seleccionar la materia en concreto y pulsar una tecla. La información se transmitía por ondas al chip de la mente receptora. Después, las novelas en audio sonaban con voz clara y pausada en el interior del cerebro, pudiendo incluso elegir entre multiples tonos de voz. Las imágenes de las películas también se percibían con total nitidez y sólo había que cerrar los ojos para entrar de lleno en el mundo de la fantasía.
Sin embargo, los cunches tenían restringidos los conocimientos y se les insertaba un chip diferente, que contenía la cultura considerada adecuada a las funciones que la sociedad les demandaba.
---Abuela ven, quiero preguntarte algo… ---dijo en voz alta, con el fin de que Amand pudiera escucharla desde la cocina.
Los pasos silenciosos de la anciana se acercaron a la siara donde descansaba Monnie.
--- ¿Dime? ---preguntó, esbozando una sonrisa amable.
--- ¿No echas de menos el valvas? ---preguntó, percatándose de que estaba interrumpiendo la labor de su abuela con cuestiones absurdas.
---No tanto como tú… ---contestó Amand, mostrando una media sonrisa con poso triste.
--- ¿DÓNDE ESTÁ LA COMIDA?
Su conversación se vio interrumpida por la fuerte y desagradable voz de Frec, hijo de Amand y padre de Monnie, que llegaba a casa después de dar por terminaba su jornada diaria en los campos de fangut y tenía por costumbre exigir su comida a gritos. No se sabía muy bien si ya no recordaba cómo hacerlo de otra manera o si su mal carácter no se lo permitía.
Amand y Monnie cortaron la conversación de repente y sin ningún tipo de sobresalto. Estaban acostumbradas a una escena que se repetía a diario: Frec traspasaba el arco de entrada, inflaba el pecho, levantaba la cabeza y exigía su comida a gritos; tras él venía Rostie, cabizbaja, mirando al suelo y arrastrando los pies y el alma, cansados del trabajo y de la pareja que le había tocado en suerte. Tampoco se molestarían en dar explicaciones acerca del motivo por el cual aún no estaba su comida sobre la mesa. Sabían que Frec no prestaba atención alguna a sentimentalismos que, según decía él, eran una debilidad propia de las hembras y reclamaba de inmediato lo único que para él tenía verdadera importancia: la comida. Su segunda prioridad era el descanso, como recompensa a lo que consideraba el mayor de los castigos: tener que trabajar para subsistir. Solía engullir rápidamente las hojas de fangut que Amand le servía y después se encaminaba hacia su siara en busca del merecido descanso, y todo eso ocurría sin intercambiar palabra alguna con el resto de la familia. El trabajo era para Frec la mayor de las maldiciones, por eso ocupaba gran parte de su tiempo en desarrollar complicados cálculos mentales que tenían por finalidad encontrar la proporción exacta entre trabajo y descanso, una fórmula que le permitiera subsistir obteniendo la cantidad de comida necesaria para no fallecer de inanición, pero empleando el menor esfuerzo posible para conseguirla. El resultado era que (sin tener en cuenta la casa de Roggie y Socie) Frec y los suyos pasaban hambre más a menudo que el resto de los vecinos, en cuyas casas siempre había provisiones acumuladas para sortear épocas peores.
---Ya voy, ya voy… No hace falta que grites tanto. ¡No estoy sorda! ---contestó Amand que, aunque estaba acostumbrada a los toscos modales de su hijo, no estaba dispuesta a responder a sus exigencias en un tono amable.
Monnie también se puso en pie. Con gesto rápido se secó los restos de llanto que aún le quedaban en la cara. Sabía que no debía demorarse en acicalamientos porque su padre quería ver a la familia reunida durante las comidas y no tenía paciencia para esperarles demasiado tiempo.
---A veces hay cosas que tienen prioridad sobre la comida. Además, aunque comas un poco más tarde que de costumbre no pasa nada. --- seguía repitiendo Amand, empleando un tono de voz que rozaba el límite de lo que Frec consideraba tolerable.
--- ¿Qué puede haber más importante que reponer fuerzas después de trabajar? Quien diga que comer no es tan necesario, es porque no está cansado de trabajar como lo estoy yo. ---contestó Frec.
Mientras esperaba su ración tomó asiento en el sitio que desde siempre tenía reservado al lado derecho de la entrada y que todos, familiares y vecinos, respetaban porque sabían que el simple hecho de tener que sentarse en cualquier otro lugar resultaba para Frec un contratiempo y una incomodidad que no estaba dispuesto a asumir bajo ningún concepto, y mucho menos por hospitalidad. Él consideraba que si las visitas tenían la mala educación de sentarse en aquella silla, a sabiendas de que era su preferida, él no tenía ningún motivo para ser cortés con ellos. Con este tipo de planteamientos, nadie quería arriesgarse a saber hasta donde podía llegar Frec en su descortesía.
---Aquí tienes tu comida. ---dijo Amand, mientras le acercaba el cuenco con un gesto rápido y desairado que Frec decidió pasar por alto.
Amand y Rosti se sirvieron su propia ración de fangut y se sentaron en silencio a degustarla procurando no perturbar más a Frec, que ya estaba terminando de dar cuenta de la suya y después se retiraría a descansar, siguiendo la rutina que él mismo había establecido al poco tiempo de entrar en la cueva y de la que no se desviaba si no existía un motivo realmente importante, de vida o muerte, y que estuviera relacionado directamente con él. Aún era renombrado el día en que se suicidó el padre de Aurea y Pel. Frec acababa de recibir su cuenco de manos de Amand cuando entró Aurea pidiendo ayuda a gritos porque su padre estaba muerto. Frec, incómodo, le contestó que si ya había fallecido bien podía esperar un poco más de tiempo, y si no que se hubiera suicidado a otra hora, que también había que ser maleducado para importunar de esa manera a todos los vecinos durante los momentos de comida y descanso.
--- ¿No vas a comer Monnie? ---preguntó Amand.
---Sí, tomaré algo…
Monnie cogió con desgana el único cuenco que quedaba y se sirvió algunas hojas machacadas y aliñadas con agua. Se sentó a comerlas en compañía de su madre y abuela, procurando mantener el silencio que reinaba en la casa para no sobresaltar el sueño de Frec, que ya se había retirado a descansar en su siara.
A pesar de que Frec exigía que los cuatro se reunieran entorno a la mesa durante las comidas, con el fin de recordarles que aún eran una familia y aportar al acto un toque de solemnidad, ellas tenían asumido que la función de aquel ritual que celebraban tres veces al día era proporcionar a su cuerpo los nutrientes necesarios para recuperar el gasto de energía realizado. Pero ya habían olvidado lo que era disfrutar de una buena comida en un ambiente distendido y familiar. La suya era todos los días la misma y el menú se repetía en cada una de las comidas del día, y el silencio también se sentaba con ellos a la mesa para recordarles que nada era, ni volvería a ser como antes.
Se alimentaban de hojas de fangut, una planta genéticamente modificada en los laboratorios de Magmalignus, que crecía en el interior de la cueva sin necesidad de luz. Además, para asegurar la horrible supervivencia de los que había condenado a vivir en la oscuridad, Magmalignus modificó la planta de tal manera que por sí sola contenía todas las vitaminas, proteínas y otros nutrientes necesarios para que la salud de los que se alimentasen de ella no se resintiese y quedase así asegurada su condena eterna. No quiso correr el riesgo de que la desnutrición les matara, liberándoles de la maldición que les había echado como castigo a su fidelidad al Rey Kiyama.
El día de la invasión de Candai (quinientos años atrás), los demás roggies, a quienes el miedo del momento había vuelto poco fieles a su soberano, corrieron mejor suerte que Monnie y sus compañeros de cautiverio y hallaron la muerte aquel mismo día. Cuando Altrus les preguntó acerca de sus fidelidades a la realeza, ellos renegaron del Rey Kiyama y declararon su lealtad a Altrus, quien la rechazó en medio de una sonora carcajada, alegando que el nuevo Rey de la galaxia no quería traidores entre sus súbditos, y acto seguido ordenó a sus secuaces que les dieran muerte inmediata. Monnie y los suyos se mantuvieron fieles al Rey Mahi y, como recompensa a su lealtad recibieron una vida eterna, confinados en el interior de aquella cueva, subsistiendo a base de hojas de fangut.
En los primeros tiempos de adaptación a la vida en la cueva comían las hojas directamente de la planta, cada uno cuando le apetecía. Por aquel entonces estaban desorientados y asustados. Temían por lo que pudiera depararles el futuro y, en aquellas circunstancias de provisionalidad, consideraban absurdo establecer normas de convivencia. Pasaban el día acostados los unos al lado de los otros, sin tener en cuenta parentesco o relaciones de pareja, con la única finalidad de sentirse acompañados en el miedo, que era común a todos ellos.
Las primeras reacciones se produjeron cuando comenzó a escasear la comida y se percataron de que la plantación que Magmalignus les había dejado necesitaba de unos cuidados diarios o, de lo contrario, las plantas se morirían, tal y como él había vaticinado.
Para atender los campos establecieron una rutina diaria de trabajo, que durante años realizaron todos juntos en buena armonía, pero poco a poco fue desapareciendo el miedo que les unía y surgieron las desavenencias, principalmente porque todos ellos habían llegado a la misma conclusión: que desarrollaban más trabajo que los demás y que consumían menos cantidad de comida. Así era cómo el prójimo se aprovechaba de su labor. Las discusiones surgían a cada momento, y los reproches también. Finalmente, después de muchos debates, llegaron a un acuerdo: para evitar que todos consideraran que estaban trabajando en beneficio del vecino, la mejor solución era repartir la plantación en cuatro partes iguales, una para cada familia, de esta manera cada uno trabajaría para sí mismo y para los suyos.
Así la cooperativa agraria se fue al traste dando paso a explotaciones particulares y dejando los grupos familiares bien definidos. A esto le siguió el deseo natural de intimidad, que trajo consigo la necesidad de construir aquellas modestas casas, para que las familias no estuvieran mezcladas.
Y poco a poco fueron recuperando algunas otras costumbres que daban a su vida un falso aspecto de normalidad, entre las que estaba el ritual de la comida que se repetía tres veces al día, tratando de respetar los horarios de antaño, presentes en la mente de todos ellos como reminiscencias de lo que había sido su vida en el exterior.
Aunque ignoraban cuando era día y cuando noche (el interior de la cueva siempre estaba invadido por la misma luz, muy tenue y de color rojizo), lograron establecer una rutina de asombrosa coincidencia con el ciclo horario del exterior, basada únicamente en la intuición colectiva y en la exacta repetición día tras día de cada una de las tareas que hacían. Su reloj biológico les indicaba cuando era el momento de levantarse y tomar la primera comida del día, seguida del trabajo en los campos de fangut hasta que su cuerpo daba la señal de alarma para la siguiente comida. Luego volvían al trabajo, bien en el fangut, en la expansión de los terrenos o fabricando utensilios caseros. Y la jornada finalizaba con otra comida que daba paso al siguiente descanso, supuestamente el nocturno.
Sólo Monnie sabía con certeza que estaban perfectamente sincronizados con el exterior, que trabajaban cuando en afuera era día y dormían al caer la noche. Sus visitas a la boca de la cueva así se lo habían demostrado.
Ella pasaba los días ansiando que llegara el momento de irse a dormir. El trabajo en los campos se le antojaba eterno, las comidas también, y en general cada instante de actividad en la cueva. Era como si los días fueran más largos cada vez, y la noche no llegara nunca. Cuando se acostaba sobre la siara, sonreía de felicidad, pensando que, al fin, había llegado el momento.
Desde que había comenzado a visitar la boca de la cueva, en concreto desde el mismo día que le vió a él, su mente dejó de viajar en pesadillas a los lúgubres sitios de antaño y ahora sus sueños la transportaban a una maravillosa vida exterior en una casa llena de luz, de ropas bonitas y de exquisitos manjares que se reponían por arte de magia para que a ella nunca le faltara de nada. En esa casa sólo estaban ella y el humano de extraño aspecto, con la cabeza coronada de filamentos dorados. En realidad sólo sabía que se llamaba Samuel, aunque en sus sueños eran amigos y cada mañana se despedía de ella con un beso en la mejilla y un susurro al oído para decirle que no faltase a la cita en el siguiente sueño.
Monnie siempre sonreía pensando en la primera vez que le vio a él, a Samuel. El hallazgo de la casa en la que habitaban (el “sacai” como ella solía llamarle a aquella vivienda con forma de cubo) había sido pura coincidencia.
Durante los primeros cien años de su vida en el interior de la cueva se abstuvo de hacer indagaciones por los alrededores. Sentía auténtico temor a lo que pudiera encontrarse más allá del poblado y los campos. Su familia y vecinos decían que aquella luz tenue que invadía la cueva se convertía en cegadora nada más traspasar los campos de cultivo, y quemaría la piel y los ojos de todo aquel que se aventurase a exponerse a ella.
Pero poco a poco la curiosidad fue venciendo al miedo. Se acercó primero hasta el límite de los campos. En la zona este había un túnel, invadido por la misma luz rojiza, y se percibía un estrecho sendero que partía desde la entrada y se perdía a lo lejos, donde sus ojos ya eran incapaces de ver. De la zona oeste salía un pequeño sendero, paralelo al riachuelo que surcaba la cueva.
Pasó muchos días acercándose hasta el túnel del lado este, mirando, tratando de escudriñar en su interior para adivinar a dónde conduciría aquel sendero. Un día se atrevió a dar un paso hacia a delante y comprobó que su piel y ojos seguían en buen estado. Al día siguiente regresó y, en lugar de un paso, avanzó dos. Al otro día tres, y así hasta que, al cabo muchos días, quizá años, consiguió recorrer el túnel completo. Se decepcionó cuando comprobó que el camino moría de repente al tropezar con una gran pared de artea. No obstante le pareció el escondrijo perfecto. Cuando estaba exhausta, cansada de trabajar en los campos, de ver cómo su familia y el resto que le rodeaban iban perdiendo la cordura poco a poco, enfilaba el túnel (que ya había sido bautizado como “El túnel del Velven”. Velven significaba muerte en el lenguaje kimis) y se refugiaba al final, sentándose en el suelo y apoyando la espalda contra la pared que le daba fin. Todos le preguntaban a dónde iba durante aquellas ausencias. Ella se limitaba a contestar que le gustaba sentarse a descansar en la boca del túnel. Estaba segura de que ninguno se atrevería a aventurarse a comprobar si eran ciertas sus afirmaciones.
Un día de los tantos que acudió al lugar, escuchó voces al otro lado de la pared de artea. Eran casi inaudibles. No conseguía comprender lo que decían, pero estaban ahí al fin y al cabo. Quizá fueran su salvación y la del resto de los condenados a vivir en aquella inmunda cueva. Debía llegar hasta ellos.
Empleó más de doscientos años en arañar la pared. Cada día acudía al lugar y sacaba unos cuantos puñados de artea, los envolvía en el viejo rafai con el que había entrado en la cueva (y que ya le resultaba inservible como vestido porque estaba tan desgastado que era lo mismo que ir desnuda) y luego los iba desperdigando poco a poco durante el camino de vuelta.
Al desconocer la orientación del lugar que provenían las voces, al principo escarbaba la pared en las tres direcciones y consiguió formar una especie de sala cuadrada. Siguió excavando hasta que percibió que los ruidos estaban al otro lado de la pared central. Entonces centró su trabajo en aquel lateral.
Los sonidos y conversaciones del otro lado se iban haciendo más perceptibles a medida que avanzaba en la excavación. Hasta que un día tuvo la sensación de que, si seguía avanzando, abriría una ventana al otro lado y la descubrirían. Ya podía escuchar perfectamente lo que hablaban, quejidos y lamentos acerca del tipo de vida que les había tocado en suerte. Las conversaciones duraban un espacio de tiempo muy corto y después reinaba el silencio. Poco más tarde se adueñaban del ambiente los sonidos típicos del sueño: una inmensidad de ronquidos, tosidos, quejidos amorosos, etc. ¡Al otro lado de la pared habitaba una multitud!. Y ella debía verlos. Quería saber quienes eran, por qué estaban allí, por qué eran tan desgraciados en la vida. Deseaba saberlo todo de ellos.
Con sumo cuidado y ayudada por una pequeña piedra plana, abrió una ranura en la estrecha pared que la separaba del objetivo de su espionaje.
Tardó en comprender qué era todo aquello. Durante los primeros días sólo pudo mantener la mirada en la mirilla durante escasos segundos. La visión que percibía desde el otro lado le producía pánico y malestar. Cientos de sucios colchones alfombraban el suelo de aquel lúgubre lugar, cuyas paredes grisaceas cerradas a cal y canto (salvo por aquellas pequeñas ventanas ubicadas cerca del techo) producían claustrofobia. Todo estaba sucio, vacio, inhóspito y sus habitantes rezumaban tristeza por cada poro de la piel.
Cuando comprendió que aquellos eran los descendientes de los cunches que ella había conocido y que estaban sometidos a la esclavitud por parte de Magmalignus, descendió del altillo al que se subía para llegar a la mirilla (que había colocado en un sitio elevado para tener una visión más amplia), emprendió la huida a la carrera y tardó muchos días en regresar a aquel lugar.
Después, durante un tiempo repitió las visitas casi a diario, hasta que tuvo que dejarlo para cuidar a su abuela, que se sumergió durante años en una extraña enfermedad.
Pasado ese tiempo, regresó al final de la cueva con visitas diarias hasta que se aburrió porque siempre hacían lo mismo y en el mismo momento del día.
Fue entonces cuando decidió explorar la parte oeste.
Se aventuró por el sendero que acompañaba al riachuelo en su recorrido por la cueva y consiguió llegar hasta el otro lado. Se paró en cuanto percibió la luz que provenía del exterior. Pero allí no había nada y tampoco podía tomar aquel lugar como sitio de aislamiento y descanso porque corría el riesgo de que la luz le quemara la piel. La segunda vez que visitó aquel lugar, mucho tiempo después, encontró la casa. Ante ese nuevo hallazgo las visitas se hicieron diarias, pero no podía acercarse hasta ella lo suficiente como para averiguar qué era aquello porque la escasa luz que se colaba por los laterales era suficiente como para quemarle la piel y dejarla ciega.
Después de dar muchas vueltas al asunto se le ocurrió la idea de fabricarse un vestido de barro tan opaco que la luz exterior fuera incapaz de traspasarlo. Serviría de base la artea del suelo, que humedecida con agua del riachuelo formaría una especie de pasta con la que embadurnaría su cuerpo, ojos incluidos.
Con dudas sobre la eficacia de tan singular protector, avanzó despacio hasta parapetarse detrás de las dos rocas que estaban cercanas a la casa, y entonces le vió a él.
El susto fue tan grande que durante un tiempo sólo pudo recordar el impacto que le causó la visión del “monstruo” y como acto seguido, sin saber qué ocurrió en el intermedio, apareció acostada en su siara, temblando de miedo e incapaz de discernir si lo vivido había sido sueño o realidad. Aquello que había visto no se parecía a ningún animal de los que ella recordaba. Salió de una esquina de la casa caminando solo, pensativo, con aquellos pequeños ojos clavados en el suelo. ¡Y se dirigía al lugar donde ella se ocultaba! Pero, por suerte, se paró antes de llegar y decidió repentinamente dar media vuelta. Los ojos de Monnie, acostumbrados a la oscuridad, vieron perfectamente su cara, pálida como la del único muerto que había visto (el padre de Aurea y Pel). Su aspecto era espeluznante. Coronaba su tronco con una cabeza diminuta y sin orejas en la parte de arriba. Y, en lugar de ellas, llevaba una especie de filamentos que le colgaban por delante, detrás y los laterales.
Esa misma noche él se adentró en sus sueños. Soñaba que se acercaba al poblado y la observaba desde la lejanía mientras ella, a su vez, le miraba parapetada detrás del arco de entrada a su casa.
En la realidad pasaba los días sin atreverse a salir fuera del poblado. Pero, transcurrido un tiempo, la curiosidad volvió a vencer al miedo y regresó a la entrada de la cueva. ¡Y lo vio de nuevo! Pero esta vez no huyó, aguardó en su escondrijo, como hizo todos los días que siguieron, en los que pudo comprobar que había otros dos, en tamaño pequeño, y uno de ellos era una réplica exacta del mayor.
Pero también había otros kimismanos como ella, varones y hembras, que convivían con los monstruos sin darle importancia a su aspecto. Todos ellos guardaban gran respeto y pleitesía hacia el mayor, al que llamaban Samuel. En alguna ocasión le pareció escuchar también el nombre Kiyama, pero… ¡no era posible!
Tan grande había sido el impacto que ahora aquél extraño se había colado en sus sueños y ella se había acostumbrado a su presencia y no quería enseñarle la puerta de salida.
A punto de quedarse dormida y dispuesta a acudir a la cita nocturna que tenía lugar durante sus sueños, Monnie estaba pensando que los quinientos años de vida en la oscuridad le estaban pasando factura y quizá su mente se imaginaba cosas extrañas. Quizá aquellos sueños sólo eran un bastón en el que apoyarse. Era triste vivir de ilusiones para eludir el enfrentamiento con la realidad. Y lo peor era tener la certeza de que nada podría cambiar, pues la maldición de Altrus había sido muy estricta: “SI LA LUZ TOCA VUESTRA PIEL OS QUEMAREIS Y MORIREIS SUMIDOS EN EL DOLOR MAS GRANDE QUE SE PUEDA CONOCER. SI LA LUZ TOCA VUESTROS OJOS, QUEDAREIS CIEGOS. TAMPOCO ABANDONAREIS LA CUEVA DE NOCHE, PUES, SI VUESTRA PIEL ENTRA EN CONTACTO CON EL AIRE DEL EXTERIOR, REACCIONARÁ CREANDO ERUPCIONES, CUYO DOLOR SE HARÁ INSOPORTABLE POR TODA LA ETERNIDAD”.
Quinientos años en las tinieblas habían aclarado su piel hasta dejarla casi transparente y también habían obstruído sus sentidos, salvo el del oido, que era cada vez más agudo. En compensación, algunos de los condenados, y especialmente ella, desarrollaron la capacidad de percibir y reconocer el espiritu, la parte no visible de los seres. Y, no sin asombro, descubrieron que es tan personal e irrepetible como el aspecto físico y, como éste, puede ser bello y atrayente, o feo y desagradable. Y, como el cuerpo, el alma también es vital e irradia frescura al comienzo de la vida y se muestra cansada y arrugada en la vejez.




Última edición por elisacotarelo el Lun Nov 01, 2010 6:13 pm, editado 3 veces
Volver arriba Ir abajo
elisacotarelo
Humano
Humano


Cantidad de envíos : 7
Edad : 50
Puntos : 13
Fecha de inscripción : 16/03/2010

MensajeTema: Re: UN CAPITULO MÁS DE "EL SUBMUNDO DE MONNIE"   Mar Sep 28, 2010 7:05 pm

Os dejo el segundo capìtulo de "El submundo de Monnie":


2. LA MUERTE DE MELINA














--- ¡Vamos! ¡Hay que salir!
Desde la ventana de la habitación que compartía con Guerrero, Rio veía como Asten descansaba sobre la cima de la pequeña montaña que se divisaba a lo lejos. Poco a poco la bola brillante iría desapareciendo y con ella la luz del día. Tenían que darse prisa, de lo contrario apenas quedaría tiempo para jugar en el exterior.
Su padre había sido muy estricto cuando, a regañadientes, les había concedido permiso para salir todos los días. “Teneis permiso para salir cuando el Sol (así llamaba él a Asten) se coloque encima de aquella montaña que se ve a lo lejos, pero debéis estar de vuelta en casa antes de que se haga completamente de noche, ¿entendido?”, les había dicho Samuel después de muchas horas negociando con ellos, con Laila e incluso con los abuelos Andon y Jerima.
Todos, excepto el abuelo Andon, comprendían lo aburrido que resultaba para los niños permanecer durante todo el día confinados en el interior de la casa, a pesar de que su habitación estaba orientada hacia el exterior y era de las pocas que disponían de ventana para asomarse al mundo. Menos suerte tenían los inquilinos de las habitaciones que daban a los laterales y al interior de la cueva, pues carecían de mirador alguno. Ese era el argumento que esgrimía el abuelo Andon para justificar su voto en contra de que los niños saliesen de la casa: “si nosotros aguantamos aquí encerrados día tras día, vosotros también podéis, máxime cuando vuestra habitación tiene ventana y las nuestras no”.
La ventana no representaba diversión alguna y a través de ella sólo se veían los arbustos que su padre había plantado delante de la casa para que la ocultaran a la mirada de posibles curiosos. Pero, aún así, las vistas eran un elemento muy valorado y, cuando hicieron el reparto de las habitaciones fue un motivo decisivo para que se adjudicaran por sorteo, haciendo una excepción con la de los niños porque todos estuvieron de acuerdo en que, por ser los más pequeños, debía tocarles una con ventana. Su habitación estaba ubicada en la segunda planta, lateral derecho, según se subía la escalera. El mobiliario era sencillo. Tan sólo dos camas separadas por la pequeña mesita de la cabecera, un pupitre situado bajo la ventana y una silla de color azul marino, a juego con las mantas. Ningún objeto infantil ni adorno, salvo el tablero de ajedrez. Aunque había momentos en los que la habitación rebosaba de juguetes y colorido. A ellos les gustaba divertirse cambiando la decoración a base de magia, pero al terminar procuraban dejarla tal cual la había decorado su madre. Sabían que ella se enfadaría y se pondría triste si su buen gusto era custionado.
La de al lado, también con ventana, le había tocado en suerte a Zetu. Era una habitación minúscula donde, con su altura y corpulencia, debía hacer malabarismos para no tropezar en las pocas pertenencias personales que tenía. Pero se había ajustado a la medida de las necesidades y, al ser para una sola persona, se le restó espacio hasta dejarla reducida al mínimo imprescindible. Como único adorno tenía un pequeño espejo enmarcado en color plata que decoraba el cabecero de la cama, quizá para comprobar si cada día le había salido una berruga más, solía decir Guerrero, mofándose del aspecto repulsivo que presentaba la cara de Zetu, invadida por grandes verrugas negras. “O para comprobar si su boca se ha estirado un poco más”, contestaba Rio, burlándose también del considerable tamaño de la boca de Zetu.
La otra habitación con ventana, la del lateral izquierdo, les había correspondido a Rue y Ande (hijos de Jalon y Melina). Era una réplica exacta de la de los niños. Se ve que Laila y Jerima andaban faltas de imaginación cuando le indicaron a Samuel cómo tenía que decorar la casa.
Adosada a la de Rue y Ande, sin vistas y encarada hacia el muro derecho de la entrada de la cueva, estaba la de Malu, la desgarbada hija de Zetu, que con sus veinti pocos años era casi tan alta como su padre y sostenía su escuálido cuerpo sobre unas delgadísimas piernas. Su habitación también era minúscula y la cama, al igual que la de Zetu, se había “fabricado” con la misma longitud que las demás. Fue obra de Samuel, que por aquel entonces estaba desganado, sumido en una gran depresión, y se limitaba a convertir pequeñas piedras en las cosas que le ordenaban Laila y Jerima, poco previsoras y nada imaginativas. La manta de Malu era de un color verde brillante que, de haber luz natural en la habitación, causaría daño a la vista.
Después, cuando terminaron de “construir” la casa, Samuel se encerró en su habitación y allí pasaba los días, sumido en la melancolía y sin ánimos de conversar con nadie. Así fue cómo la casa fue quedando con las carencias iniciales, a la espera de que Samuel se recuperara de su enfermedad.
La siguiente habitación (pegada a la de Malu y ocupando la esquina que daba al lateral interior derecho) era la de Samuel y Laila. También carecía de lujos y adornos. Sólo una gran cama en el centro ocupaba casi todo el espacio dejando dos pequeños pasillos a los laterales. Algunas perchas colgadas por la pared componían el resto del mobiliario.
Adosada a la de Samuel y Laila estaba la habitación mayor de la casa. La ocupaban las dos parejas formadas por Andón y Jerima, Amenu y Djama. Habían decidido compartirla para ganar un poco más de espacio. Si se construían dos habitaciones, éstas resultarían demasiado pequeñas, y así se eliminaba el sitio que ocuparían las paredes divisorias. Tenía dos camas de tamaño medio separadas por una mesita, un par de pequeños espejos en las paredes y una estantería donde colocaban las cosas. Jerima y Djama habían elegido colchas en color rojo, a juego con una alfombra peluda del mismo color, regalo y diseño de Samuel ante las quejas de Djama de lo frío que estaba el suelo cuando apoyaba en él sus pies descalzos. Amenu y Djama eran los más ancianos y sumaban entre los dos más de doscientos cincuenta años.
La última, haciendo esquina con el lateral interior izquierdo de la cueva, era la de Jalon y Melina. También estaba ocupada en su casi totalidad por una cama grande y ésta a su vez por el inmenso cuerpo de Melina cuando descansaba en ella, dejando a Jalon un escaso reducto en la parte derecha. Formaban una extraña pareja. Melina era alta, corpulenta, casi obesa, de cara ancha y orejas enormes, mientras que su compañero Jalon era también fuerte, pero mucho más pequeño. Ella le sacaba más de una cabeza en altura.
Finalmente, completando el pasillo cuadrado que giraba entorno a la escalera central, estaba la habitación de Anti y Salu, los otros dos hijos de Zetu. Eran dos gemelos de unos veinte años, famélicos y pálidos, cuya única diversión consistía en hablar un idioma inventado por ellos y que nadie más conocía. Se partían de risa al ver las caras de incomprensión de los presentes cuando ellos se ponían a dialogar en su idioma exclusivo. Al parecer aquel aislamiento había surgido a partir de la muerte de su madre en un derrumbamiento en las minas de Candai.
Del centro de la planta salía la escalera que conducía al piso inferior, donde se ubicaban un gran salón, cocina, cuarto de baño y un recibidor cuadrado.
A falta de otras diversiones, Rio y Guerrero empleaban a veces su tiempo recorriendo todas las estancias de la casa e imaginando que un mundo de fantasía se escondía detrás de cada una de sus puertas, y adjudicaban a cada habitación una historia acorde con la personalidad de los que allí dormían.
Pero ningún entretenimiento que tuviera lugar dentro de la casa se podía equiparar a la sensación de libertad que daban los juegos en el exterior, por eso insistieron tanto en que se les concediera aquel trocito de tiempo al anochecer.
Cuando se debatió el tema de las salidas al exterior, los niños tuvieron la suerte de que su padre fuera más comprensivo que el abuelo Andon (que se negaba en rotundo a que salieran de la casa) y supiera buscar un término medio que les permitía divertirse un rato cada día sin correr riesgos, o corriendo los mínimos imprescindibles. Era evidente que no debían salir en pleno día porque podían ser vistos desde alguna nave de las tantas que sobrevolaban con frecuencia la zona, dando al traste con la leyenda de que todos ellos habían muerto durante la destrucción del palacio y dasatando la ira de Magmalignus, que regresaría para terminar su trabajo exterminándoles a todos.
--- ¿Pensaste algo para hoy? ---preguntó Guerrero, mientras recogía las piezas de ajedrez esparcidas por encima de la cama.
---Pensar… ¿en qué? ¿para jugar?
--- ¡Claro! ¿para qué va a ser?
---Pero… ¿no quedamos en seguir practicando la desmaterialización hasta que nos salga bien?
Rio estaba sorprendido ante la pregunta de su hermano porque la diversión favorita de ambos eran los juegos de magia y dominio de los poderes, además del ajedrez (un juego nuevo que les había regalado su padre). Solían practicar ambas diversiones durante casi todo el día, pero preferían aprovechar el tiempo que pasaban en el exterior para ejercitar los poderes, sencillamente por cuestión de espacio para colocar las cosas que creaban de la nada para destruirlas instantes después. Cada tarde salían de la casa, sorteaban con cuidado la empinada cuesta rocosa que daba acceso a la cueva y luego ya en terreno más llano, pero aún pendiente, corrían colina abajo hasta llegar a la llanura del valle por cuyo centro discurría el río. Allí se daban un baño en el pequeño pozo que se formaba en un lateral y después comenzaban a practicar en el vasto campo colindante.
En cambio, el juego del ajedrez y la invención de historias fantásticas ocupaban casi todo su tiempo durante los largos días que permanecían encerrados en su habitación, salvo algún descanso que dedicaban a ejercitar sencillos juegos de magia. En ambos campos habían hecho considerables progresos y les gustaba seguir avanzando, explorando cosas nuevas. Esos días estaban practicando la desmaterialización. Sabían que su padre era capaz de hacerlo y, aunque no les había explicado cómo, ellos se esmeraban en concentrarse al máximo para cambiar la estructura de las células de su cuerpo. De momento no habían conseguido progreso alguno, pero creían estar en el buen camino y su ánimo de seguir intentándolo no decaía.
---A mi me da un poco de miedo. ---contestó Guerrero mientras cruzaba la puerta de entrada de la casa.
Rio abrió al máximo sus almendrados ojos color miel ante la respuesta inesperada de su hermano adoptivo. Guerrero no conocía el miedo, o por lo menos eso había creído hasta esos momentos.
---Miedo… ¿por qué? Si papá lo hace, yo también puedo. ---contestó Rio, orgulloso de saberse heredero de los poderes de Samuel.
Una sombra bañó el rostro de Guerrero. Él no era hijo de Samuel, aunque se sentía como tal, por eso solía entristecerse cuando el tema de la herencia genética salía a la luz. Poco recordaba de su verdadero padre y ahora lo que más deseaba era compartir con Samuel y Rio algún parecido físico, por insignificante que fuera. Por ese motivo había adoptado también forma humana como ellos.
---Imagínate lo que ocurriría si lo haces y después no puedes regresar a tu estado. Será mejor esperar hasta que papá nos enseñe. Seguir intentándolo solos puede ser peligroso. ---contestó Guerrero, desechando el atisbo de envidia que había asomado instantes antes.

Rio no contestó. Quizá su hermano tenía razón. Él también sentía un poco de miedo a conseguir desmaterializarse y luego no poder regresar al estado anterior.
Descendieron en silencio a través de las rocas que rodeaban la entrada de la cueva. Estaban colocadas en un terreno empinado y había que bajar con cuidado, procurando colocar los pies en algún saliente relativamente seguro. Después vendría el descenso de la colina, a través de un terreno también empinado, pero exento de rocas y piedras que pudieran hacer daño a los pies. Esa parte solían bajarla corriendo para adelantar tiempo. Cada día procuraban ir por un sitio distinto con el fin de evitar que las repetidas pisadas formaran un sendero delator que pudiera guiar al enemigo hasta la casa. Eso no lo había dicho su padre, sino que era cosecha propia y se sentían orgullosos de su astucia.
--- ¡Vale! Se lo diremos para que sea él quien nos enseñe. Ya falta poco… ¿echamos una carrera? ---contestó Rio, después de un largo tiempo de silencio durante el cual habían recorrido casi todo el camino hacia el valle.
A Rio le encantaba competir con su hermano aunque, en cuestión de deportes, siempre salía perdedor.
--- Sabes que te voy a ganar... ---contestó Guerrero, encogiéndose de hombros.
--- ¡Vamos! ---incitó Rio, adelantándose para comenzar la carrera.
Guerrero aceptó el reto.
Aunque Rio había partido con algo de ventaja, le adelantó en pocos segundos y continuó la carrera sin mirar atrás, cruzando los campos de artea rojiza, salteados con algún que otro matorral que alcanzaban la altura de sus rodillas. A su paso, los uros también salían corriendo para buscar escondite entre la vegetación. A pesar de que se había acostumbrado a ellos, Guerrero seguía sintiendo repugnancia hacia aquel pequeño animal, redondo como una bola cubierta por una pelambrera larga y grisácea, que se movía saltando sobre dos patadas tan delgadas que apenas se distinguían. De no ser por el tubo que, a modo de boca, le sobresalía por la parte delantera, daría la sensación de que se trataba de una pequeña pelota que volaba por los aires.
Guerrero continuó corriendo hasta llegar al borde del pozo de aguas rosáceas donde solían bañarse cada tarde, y allí se dejo caer al suelo, con los brazos y piernas extendidos en forma de aspas, bromeando como si la carrera hubiera sido muy larga y él estuviera extasiado.
--- ¡Ves, te he ganado! ¡Te he ganado!
El sonido de los pies de Rio esforzándose por llegar junto a él competía con el arrullo del riachuelo que pasaba a su lado.
Rio frenó de repente y se quedó quieto junto a su hermano, con la mirada clavada en el pozo donde un enorme cuerpo cubierto de escamas verdes sobre una masa amorfa y gelatinosa asomaba entre las aguas, dividiéndose en dos columnas a modo de cuellos sobre las que reposaban sendas cabezas del tamaño de balones gigantescos, en las que se dibujaba una enorme boca redonda mostrando unas fauces afiladas como cuchillos que relucían en la semi-oscuridad abriéndose y cerrándose sobre si mismas con ritmo sincronizado. Sobre ellas, un gran ojo cubría toda la frente emitiendo destellos de fuego.
--- ¡Mira allí! ¡Hay monstruos en nuestro pozo! ---dijo Rio, señalando con la barbilla porque el miedo le había paralizado el resto del cuerpo.
--- ¡No digas tonterías! ---contestó Guerrero, indiferente.
Se había acomodado muy bien usando usando la artea como colchón y le daba pereza incorporarse para hechar un vistazo al pozo.
---Guerrero, por favor, levántate y vayamos a casa. ---suplicó Rio, con un hilo de voz que salía quebrado de su garganta seca.
Guerrero miró a su hermano con gesto de fastidio, pensando que daba tanto la lata que así era imposible disfrutar de aquellos minutos al aire libre. Pero se levantó de un salto cuando vio que Rio estaba temblando, con la cara desencajada y empapada en lágrimas.
---En el pozo no hay nada. ---dijo, aunque, por si acaso, sólo había echado una mirada rápida, de soslayo.--- Pero si…, es mejor volver a casa.
--- ¿De verdad no los viste? ---insistía Rio.
--- Allí no hay nada, solo agua, como siempre. Pero volvamos a casa. Tengo que “hacer” la comida para mañana.
Guerrero se incorporó y ambos enfilaron el camino de vuelta con paso apurado y sin mirar hacia atrás. No querían correr por miedo a incitar al monstruo a perseguirles y procuraban mantener activa la conversación para entretenerse y espantar el miedo mientras se alejaban del lugar lo más rápidamente posible.
--- ¡Bah! ¡Hacer la comida! Si sólo tienes que pensar en algo de comer y aparece de repente. Lo que pasa es que tienes miedo, como yo.
---No es sólo “pensar en algo de comer”. Después os quejáis de que tengo poca imaginación, que siempre hago lo mismo, que esto y que lo otro. Para “preparar” una comida tengo que imaginármela antes, sino no funciona. Nunca se os ocurre pensar que moriríais de hambre, de no ser porque yo estoy aquí. ---contestó Guerrero, harto de que siempre criticasen el menú que les servía.
---No sería así porque papá y yo podemos transformar cualquier cosa en comida. --- contestó Rio, para hacerle ver que no era tan imprescindible como creía.
--- ¿Y qué ibais a transformar? ¡¿Artea?! Aquí el único que tiene el poder de hacer magia y crear de la nada soy yo. ---repuso Guerrero, con aire despectivo y orgulloso.
---Seguro que podríamos sobrevivir sin ti, aunque no te lo creas.
Rio estaba un poco enfadado por la prepotencia de su hermano.
---Y si no soy más imaginativo con la comida es porque no recuerdo cómo es. Cuando vine de Trutón era demasiado pequeño como para acordarme de lo que se comía allí, y lo único que tengo en mente son las dos o tres comidas diferentes que la abuela preparaba cuando vivíamos en palacio.
Ya se habían alejado y estaban iniciando la cuesta que les llevaría hasta la cueva, pero Rio seguía temblando y Guerrero no se atrevía a mirar hacia atrás para comprobar si había algo en el pozo, que ya quedaba lejano pero aún era visible.
---Dejamos el tema de la comida ¿vale? ---dijo Rio, agarrándose al brazo de su hermano en un gesto con el que pretendía aparentar cariño, pero que estaba más próximo a buscar compañía para vencer el miedo.
--- ¿Sigues teniendo miedo? ---preguntó Guerrero, al sentir que las manos de su hermano apretaban su brazo con más fuerza de la debida.
---Si…
---Yo también. Nunca dejo de pensar en lo que le ocurrió a Melina.
---No debemos hablar de eso, papá nos lo prohibió ¿no te acuerdas?
--- Callando no conseguiremos ahuyentar el miedo. Piensa en lo que pasó ahí abajo, porque estoy seguro de que en el pozo no había nada, sólo cosas que nos imaginamos.
---Cuando duermo siempre sueño con monstruos como los que vi en el pozo. Nos persiguen para matarnos y todas las noches conseguimos salvarnos por los pelos.
---A mi me pasa lo mismo, ya te lo dije. Siempre veo al monstruo que mató a Melina. ---dijo Guerrero, apretando también con fuerza el brazo de su hermano para asegurarse de que no se apartase de él.
--- ¿Y cómo sabes que fue uno? Yo creo que tuvieron que ser varios... ¡Y pensar que la abuela también estuvo a punto de morir!
---Es una pena que no quiera contarnos lo que pasó aquel día. A mi me gustaría saberlo ¿y a ti?
---A mi también, aunque me da muchísimo miedo.
La contestación de Rio fue un susurro destinado a sus adentros, que salió al exterior por casualidad y dio a entender a Guerrero que la mente de su hermano había retrocedido unos días atrás, cuando ambos estaban en su habitación jugando al ajedrez. Era última hora de la tarde y no habían salido porque un chaparrón de agua comenzó a caer justo en el momento en el que se disponían a salir, como solía ocurrir cada veinte días, más o menos. El agua caía de repente como si alguien se dedicara a tirarla con cubos enormes desde lo alto, y duraba sólo unos segundos, pero después todo quedaba anegado y había que esperar hasta que el suelo la filtrara.
En esos momentos Rio retiraba un caballo que había “comido”, para unirlo a los cinco peones y un alfil negros que ya tenía en sus haberes. Pero la pieza no llegó a su destino y cayó otra vez sobre el tablero porque en el trayecto fueron sorprendidos por los alarmantes gritos de su abuela Jerima. “Saaamuel, Laaaila, venid aprisa, nos han atacado….creo que Melina está muerta”. Y así varias repeticiones más con gritos aterradores que resonaban en toda la casa y les sacaron de sus dormitorios para ir, desorientados como sonámbulos, a lo alto de la escalera, donde se reunieron sin saber que estaba pasando, si debían bajar o quedarse allí.
Otra oleada de gritos les sacó de la duda y se lanzaron todos a la vez escaleras abajo. Rio y Guerrero iban los últimos. Cuando llegaron al recibidor todo el grupo se había situado ya formando un círculo hermético en torno a Jerima, que sollozaba sin cesar e intentaba relatar lo ocurrido y contestar a las múltiples preguntas que le hacían los que la rodeaban.
Los pequeños intentaron abrirse paso y sacar ventaja de su baja estatura para situarse en un primer plano, gateando por el suelo para aprovechar los escasos huecos que quedaban. Resultó ser misión imposible. Todos aquellos pies parecían estar pegados a la alfombra del recibidor y no se movían ni un centímetro para permitirles avanzar. Les impactó ver el charco negro que empapaba la alfombra entorno a los pies de Jerima y avanzaba sin cesar conquistando terreno al azul celeste original. Más arriba, el rafai que cubría las piernas de su abuela estaba hecho jirones y teñido de negro con alguna que otra salpicadura en tono naranja.
--- ¿Qué ocurrió, sati? ¿Por qué estás así? ---preguntaba Laila, agarrando por los hombros a su madre para que dejara de temblar y comenzara el relato de lo ocurrido.
---Melina es-tá mu-mu—erta. ---contestó Jerima, tartamudeando.
--- ¿Dónde? ¿Dónde está? ¡Habla!
Ahora era Jalón, pareja de Melina, quien preguntaba.
---Es-está mu-muerta.
--- ¿Dónde está? ¿Dónde? ¿Dónde?
Jalón ya había perdido la paciencia y asía con fuerza la tela del rafai que cubría el pecho de Jerima, acompañando cada pregunta con una fuerte sacudida.
---Así sólo conseguirás asustarla más, ¡déjame a mí! --- dijo Ande, el menor de los hijos de la pareja---. Escucha Jerima, sabemos lo mal que lo estás pasando, el miedo que sientes y lo difícil que es para ti todo esto. Pero ahora estás a salvo entre nosotros. Te protegeremos y nadie va a hacerte daño. Pero necesitamos saber dónde está mi madre, quizá aún podamos salvarla.
--- Es—tá—ba—mos en la cue—va. Ella mu—rió.
Jalón y sus hijos, Rue y Ande, no esperaron a escuchar más detalles. Tan pronto mencionó la palabra “cueva” rompieron el círculo a empujones y salieron corriendo en busca de Melina, seguidos de Amenu y Djama, preocupados también por lo que pudiera sucederle a su hija. Djama cogió a su compañero de la mano para guiarle en el camino. El anciano tenía el iris del ojo cubierto por una membrana gruesa y transparente que le había dejado casi ciego. Samuel decía que eran “cataratas”, una especie de enfermedad ocular que se presentaba en la vejez.
Poco a poco los demás también fueron encontrando una excusa para dejar a Jerima sola y temblando en medio del recibidor. Su aspecto, en principio muy escandaloso porque había manchas de sangre por todos lados, analizado más a fondo se podía comprobar que sólo presentaba rasguños sin importancia. Sin embargo, pudiera ser que en el interior de la cueva se encontraran con algo mucho más trágico.
---Espera aquí, sati. Vamos a buscar a Melina, pero enseguida estaremos de vuelta. ---le dijo Laila a su madre, mientras la cogía por el brazo para ayudarle a sentarse en el sillón que hacía guardia permanente junto a la puerta de entrada.
Jerima hizo un gesto de descontento, como si no quisiera resignarse a perder protagonismo y, una vez acomodada en el sofá, rompió en sollozos incesantes escondiendo la cara entre las manos. Laila hizo caso omiso del llanto y salió de la casa, seguida de cerca por Rio y Guerrero que, aunque nadie les había dicho nada acerca de ir ni de quedarse, aprovecharon el desconcierto del momento para seguir a su madre y comprobar lo que había ocurrido dentro de la cueva.
En fila doblaron la esquina izquierda y cruzaron el estrechísimo pasadizo que separaba el lateral de la casa de la pared de entrada de la cueva, guiados por la poca luz que lograba esquivar los arbustos que Samuel había plantado para ocultar la casa.
--- ¡Melina! ¡Melina, responde! ¿Qué te han hecho?
Era el eco de la voz de Jalón que resonaba en el interior de la cueva y llegaba a ellos formando sonidos desgarradores.
--- ¿Qué pasó, sati? ¡Despierta, por favor! ---repetían los hijos.
--- ¡Melina! ¡Somos nosotros! Hemos venido a sacarte de aquí.
--¿Por qué hay tanta sangre? ¿Qué ha ocurrido aquí?
--- ¡Por Hatai! ¿Qué le ha pasado en la cara? ¡¿En verdad es Melina?!
Varios de los presentes hablaban a la vez y entre todos ellos destacaba la voz de Jalón que, rota de dolor, intentaba sin éxito reanimar a su compañera.
Laila y sus hijos siguieron caminando hacia el interior, guiados por el eco de las voces y por una luz tenue que procedía de una piedra que Samuel sostenía en la mano. El lugar donde yacía Melina estaba muy cerca de la casa, pero les daba la sensación de que el tiempo se había detenido y la distancia aumentaba para hacerse insalvable.
Con cada paso que avanzaban la escena se hacía más nítida por la mayor cercanía y porque sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad. Las voces se habían acallado y los presentes, convencidos de que ya nada se podía hacer para salvarla, se hiceron a un lado en señal de respeto y consternación. Formaban un círculo entorno a ella y permanecían silenciosos, con la mirada clavada en el suelo, como si estuvieran adorando el cuerpo que yacía en el suelo.
Los niños seguían caminando detrás de su madre, procurando no perder detalle del dantesco escenario. Poco a poco el cuerpo de Melina se fue dibujando con claridad en medio de los que la rodeaban manteniendo cierta distancia y de aquellas tinieblas invadidas por la luz de la improvisada linterna que Samuel sostenía en su mano derecha. Yacía tendida en el suelo sobre un charco de sangre. Su cuerpo, ya de por si muy corpulento, se había hinchado como un globo, deformando la cara y convirtiendo el resto en una masa amorfa que amenazaba con desparramarse por todo el suelo aprovechando las roturas de su vestimenta.
Laila se giró e hizo a sus hijos una señal de stop con la mano, para que no avanzaran más y esperaran en el lugar mientras ella se acercaba al grupo. Lo que había allí no era apto para el público infantil.
Los niños no pusieron pegas. Quedaron clavados en el lugar, temblando y con los ojos desencajados. El escenario era dantesco. Estaban en medio de la oscuridad, iluminados por la escasa luz que salía de la piedra que sostenía su padre. Las sombras de los presentes, deformadas y alargadas, se extendían por las paredes de la cueva moviéndose al son de los gritos desgarradores de los familiares de Melina y de los llantos de los acompañantes. Eran como monstruos negros y gigantes que invadían la cueva entorno al cuerpo tendido en el suelo que ponía rostro a la muerte.
Su madre regresó enseguida, con la cara inexpresiva, los ojos perdidos entre las tinieblas y la boca abierta, incapaz de articular palabra. Les hizo otro gesto con la mano para indicarles el camino de vuelta.
La siguieron sin rechistar.
Nada más entraron en la casa, Laila cerró con llave, levantó a su madre (que continuaba sentada en el sofá del recibidor en la misma postura) y lo empujó hasta arrimarlo a la puerta de entrada. Su mirada estaba desencajada como la de un demente. Con movimientos ágiles comenzó a correr de habitación en habitación buscando más cosas por toda la casa, con el fin de hacer una montaña de objetos tan grande que su magnitud fuera suficiente como para mantenerles a salvo en el interior. Ayudada por el pánico, arrastró los sofás del salón hacia la entrada como si su peso fuera tan ligero como una pluma de ave. Allí sirvieron de base para colocar encima las sillas, ropas y otros objetos que fue encontrando por la casa, hasta que formó una pila que alcanzaba el techo. Cuando ya no cabía la posibilidad de amontonar más, suspiró satisfecha.
--- ¡Ya está! ¡Creo que es suficiente! ---dijo mientras pasaba la mano por la frente para limpiarse el sudor.
Otro arrebato la llevó hasta la cocina, de donde regresó esgrimiento dos enormes cuchillos, uno en cada mano.
---Hay que estar preparados, pronto nos tocará a nosotros. ---dijo, con total convicción.
---Mami… ¿por dónde van a entrar los demás cuando vuelvan de la cueva?
Laila no prestó atención al comentario de Rio y revisaba la hoja de los dos cuchillos que sostenía en las manos para comprobar que estaban afilados. Se detuvo cuando escuchó que álguien aporreaba la puerta desde el exterior.
--- ¡Ya están aquí! ¡Vienen a por nosotros! Niños… esconderos arriba, dentro del armario y no os mováis de allí ni hagáis ruido. ---dijo su madre, sin parar de dar vueltas por todo el recibidor, mientras esgrimía con fuerza un cuchillo en cada mano.
--- ¡Laila, abre! Somos nosotros, ¿qué está pasando ahí dentro?--- preguntaban varias voces a la vez.
---Es el abuelo y los demás… ¡hay que abrirles! ---dijo Guerrero, poniendo manos a la obra para retirar los objetos que se apilaban delante de la puerta.--- ¡Venga, Rio! ¡Mami! Hay que quitar todo esto para que puedan entrar.
Confusa y desorientada, Laila dejó caer los cuchillos en medio de la alfombra manchada de sangre y se dispuso a deshacer lo que tanto trabajo le había costado unos momentos antes.
--- ¿Qué te ocurre hija? ¿No querías dejarnos entrar? ---preguntó Andón nada más franquear la puerta de entrada, con la respiración entrecortada pero esbozando una leve sonrisa que trataba de quitar importancia al nerviosismo de Laila.
Ella se encogió de hombros y correspondió con una sonrisa inocente.
---Laila, lleva a los niños y a Jerima al piso de arriba y quédate allí con ellos hasta que te avisemos. ---dijo Samuel, empleando un tono de voz autoritario e inusual en él.
--- ¿Por qué papi? ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué no podemos quedarnos aquí? No molestaremos a nadie.
--- ¡Haced lo que os digo! Ya responderé a vuestras preguntas cuando todo haya terminado.
Su padre estaba desconocido aquella tarde, como si de repente hubiera despertado del largo letargo en el que estaba sumido desde aquella lejana noche en la que el fuego llovido desde el cielo les obligó a huir de Candai corriendo y sin mirar atrás.
Aquellos también habían sido unos días de pánico y desconcierto. Durante un tiempo vagaron por los campos en busca de un refugio capaz de ocultarles de la ira de Magmalignus, hasta que la providencia puso aquella cueva ante sus ojos proporcionándoles un lugar para vivir aunque fuera sin esperanzas de futuro.
Cuando al fin encontraron aquel refugio, Amenu ponía inconvenientes para quedarse allí, alegando que en realidad seguían muy cerca de Candai, tanto que podía resultar peligroso.
Pero a pesar de la insistencia del anciano decidieron quedarse a vivir en la cueva porque nadie más compartía tan disparatada opinión. La habían encontrado después de varios días caminando sin rumbo y desde allí no se divisaba la ciudad. Ante esa evidencia desecharon las advertencias de Amenu. Pero ningún argumento impidió que él, en contra de la opinión de todos, siguiera sosteniendo que Candai estaba justo al otro lado de la montaña.
Desde aquel entonces, Samuel no había vuelto a articular palabra. La derrota sufrida a manos de Altrus le sumió en una profunda depresión que se había adueñado de su espiritu y amenazaba con comerse también su cuerpo, cada vez más escuálido por la pérdida de peso. Apenas comía y se pasaba las horas encerrado en su habitación. En su cara se había dibujado una tristeza permanente y los ojos le rebosaban con un llanto constante que afloraba en silencio.
Aquél brote de vitalidad que surgió paralelo a la muerte de Melina había cogido por sorpresa a los niños que, a regañadientes, reconocieron la autoridad paternal y subieron la escalera para entrar en su habitación, procurando dejar la puerta discretamente entreabieta, con una pequeña rendija que permitiera colarse a la conversación que llegaba desde el recibidor.
Laila también obedeció sin rechistar, cogiendo del brazo a su madre para acompañarla a su dormitorio.
---Se oye fatal, parece que están diciendo algo como “hay que hacerlo ahora mismo”, pero no entiendo nada más ---dijo Rio mientras mantenía la oreja pegada a la ranura de la puerta y miraba hacia su hermano que le estaba haciendo señas para que repitiera rápido lo que estaba oyendo.
--- ¡Déjame a mi! ---respondió Guerrero, apartándole de un empujón.
--- ¿Qué dicen? ¿Entiendes algo?
---Nada. Tenemos que salir a lo alto de la escalera. Si vamos gateando por el suelo, no nos verán. Ve tú delante.
La cima de la escalera ofrecía una vista privilegiada del recibidor y la conversación llegaba con claridad. Estaban todos reunidos, apiñados para espantar el miedo. Samuel había tomado la palabra.
---Jalón, Rue, Ande… Si a vosotros os parece bien, yo propongo que la enterremos ahora mismo. Si lo dejamos para mañana habrá que esperar hasta que se vuelva a hacer de noche, pues de día no podemos arriesgarnos a salir porque alguien podría vernos y sería nuestro fin. Y esperar hasta mañana por la noche también puede ser peligroso porque no sabemos lo que ha pasado ni qué fue lo que causó su muerte. En principio parece obra de algún tipo de alimaña y si la dejamos allí corremos el riesgo de no encontrar el cadáver cuando vayamos a buscarlo mañana. El causante de su muerte podría regresar.
Jalón permaneció callado, con la mirada perdida en alguna parte del suelo. Había envejecido varios años en unas horas. Sus más de ochenta años bien llevados cayeron de repente como un peso muerto sobre sus espaldas, encorvando su talle erguido y apagando su hasta entonces espírtitu juvenil como una vela que amenaza con extinguirse tras un soplo de aire.
---Estamos de acuerdo en lo que propones, ¿verdad papá? ¿Qué opinas tú, Rue? ---preguntó Ande, el hijo menor de Melina, cuya serenidad estaba impresionando a todos.
---Si, hijo, estamos de acuerdo. Encárgate tú. ---contestó Jalón, sin levantar la vista del suelo.
---Y, en vez de conservar el cadáver, ¿no sería mejor hacerlo desaparecer? Tú, Samuel, podrías hacerlo ¿verdad? ---preguntó Ande, con cierto temor por lo arriesgado de su propuesta, pues sabía que Samuel era partidario de los enterramientos.
La situación era novedosa para todos ellos. Samuel provenía de una cultura donde los muertos seguían ocupando su espacio. Sus restos se enterraban en cementerios donde familiares y amigos acudían a visitar las tumbas. En cambio, en Kimismo, eran los propios guardias los que se encargaban de hacer desaparecer el cadáver. La familia sólo tenía que olvidar, por lo menos de cara al exterior, porque los duelos no estaban permitidos en los barracones de Candai. Era una sociedad que tenía asumido que estaba de paso, que algún día se marcharía para siempre y que los cadáveres no eran sino una carcasa a desechar. Durante el corto reinado de Samuel se habilitó un cementerio a las afueras de la ciudad, simplemente porque él lo propuso y el resto de los habitantes estuvieron de acuerdo. Pero ahora las circunstancias habían cambiado y una tumba en medio del campo supondría un elemento delator más.
---Sí, yo podría hacerlo… pero esa decisión debéis tomarla vosotros, que sois su familia. ---contestó Samuel.
El padre y sus dos hijos entraron en el salón para hablar en privado. Amenu y Djama, padres de Melina, también se acercaron tímidamente, aunque no habían sido invitados a opinar.
El corto tiempo de espera transcurrió en silencio. Enseguida apareció Ande para dar el veredicto.
--- Hemos llegado a un acuerdo. Es mejor que el cadáver de mi madre desaparezca. ---contestó como portavoz de la familia, que seguía llorando la ausencia en el salón a puerta cerrada.
---Y… ¿cuándo preferís que lo haga? ---preguntó Samuel con la delicadeza que la ocasión requería.
---Ahora mismo. Cuánto antes terminemos con esto, mejor. Ella ya no habita en ese cuerpo que está dentro de la cueva. Ahora sólo existe en nuestras mentes. ---respondió Ande con voz decidida y mirada triste.
Samuel asintió en silencio y se dispuso a salir para cumplir con el trágico cometido. Abrió la puerta exterior y se giró sorprendido al ver que nadie le seguía. Los demás permanecían en el recibidor, quietos como estatuas.
--- ¿Me acompañáis para despediros de ella? ---preguntó.
---No es necesario. Ella ya no está allí. No hay de quien despedirse. ---dijo Ande.
Los demás continuaron mirando al suelo. Samuel no sabía cómo reaccionar ante una situación tan novedosa y una actitud tan diferente a la que él consideraba que sería la “normal”.
---Pero alguien debería acompañarle. Puede correr peligro. No sabemos qué fue lo que la atacó a ella. ---propuso Andon, mirando a su alrededor en busca de voluntarios.
Desde lo alto de la escalera, Rio y Guerrero vieron como su padre, seguido de Andón y Zetu, salía de la casa mientras los demás permanecían inmóviles sobre la ensangrentada alfombra que, a través de su duo de colores, ofrecía fiel testimonio del antes y el después en las vidas de los habitantes de la casa.
En un momento dado se dispersaron hacia la escalera, por donde subieron en silenciosa procesión y desaparecieron tras la puerta de sus habitaciones.
Los días que siguieron al de la muerte de Melina fueron del todo extraños y además muy, muy aburridos. Los niños no podían salir de su habitación, por prohibición expresa de sus padres y por la vigilancia a la que les sometían todos los demás, que vagaban por la casa como almas en pena con el miedo reflejado en sus angustiados rostros. Pero parecían recibir una especial compensación emocional proporcionando “seguridad” a los más pequeños de la casa y, para cumplir su cometido, oteaban todo el día desde las esquinas, chivándose inmediatamente a Samuel o a Laila si los veían poner un pie fuera del umbral de la puerta.
Era un verdadero fastidio no estar al corriente de lo que pasaba, ni de lo que decían esos cuchicheos constantes que sobrevolaban el ambiente enrarecido de la casa y que, por más que pegaran la oreja a la puerta, no conseguían sintonizar debidamente. “¡Si por lo menos tuvieran la feliz idea de utilizar la telepatía!”, decía Rio, aún a sabiendas de que, generalmente, sólo la usaban para comunicarse a distancia o cuando, por el motivo que fuera, no era conveniente que álguien pudiera escuchar lo que se decía. Entonces se comunicaban directamente con el receptor del mensaje, simplemente pensando en su código personal. Pero, cuando los receptores eran varios, la comunicación telepática tenía que ser también “abierta” y cualquiera podía acceder a ella. Por eso, para intercambiar confidencias en grupo, desechaban la telepatía y, simplemente, hablaban en voz baja.
--- ¿Sabes una cosa hermano? ---le había preguntado Guerrero un día.
---Si no me dices lo que es, no sabré si la sé o no.
--- Cuando jugábamos dentro de la cueva yo tenía la sensación de que no estábamos solos. Sentía la presencia de alguien, como si nos estuvieran observando…
Aquellas palabras le proporcionaron a Rio la dosis de miedo suficiente para todos los días venideros. El también había notado algo así cuando se adentraban en la cueva. Era la sensación de que alguien acechaba desde la oscuridad. ¿Y si algún animal tuviera allí su refugio? Su padre les había contado que en la Tierra las cuevas estaban habitadas por osos, unos animales enormes, con cuatro patas, el cuerpo cubierto de pelo y una fauces tan temibles que podrían despedazarles en cuestión de segundos. ¿Y si fuera eso lo que le ocurrió a Melina?
Por su cabeza comenzaron a desfilar imágenes una tras otra, a cual más terrible, a modo de diapositivas que representaban con toda claridad las cosas horribles que podían haberles ocurrido a él y a su hermano durante las interminables tardes que estuvieron jugando en la cueva. Las imágenes cada vez pasaban más deprisa, y más, y más, hasta que todo se volvió oscuridad…
Aquel episodio puso fin al “encierro”. Al parecer encontraron a Rio tirado en el suelo, entre las dos camas que tenía la habitación, inconsciente, con el cuerpo bañado en sudor y a su hermano llorando a su lado e incapaz de articular palabra.
Samuel decidió tomar cartas en el asunto y trajo de vuelta la normalidad para todos los habitantes de la casa, aunque con ciertas restricciones. Mientras tanto, él seguía indagando en pos de la verdad sobre la extraña muerte de Melina.





Volver arriba Ir abajo
elisacotarelo
Humano
Humano


Cantidad de envíos : 7
Edad : 50
Puntos : 13
Fecha de inscripción : 16/03/2010

MensajeTema: Re: UN CAPITULO MÁS DE "EL SUBMUNDO DE MONNIE"   Dom Oct 03, 2010 10:00 pm

3. LA MALDICION



Monnie siempre solía despertarse un poco antes de que la abuela Amand llegara a su lado para darle un par de suaves toques en el hombro, como señal de que había llegado el momento de levantarse, desayunar y salir con sus padres a los campos para trabajar en las tareas de cultivo del fangut. Pero esa mañana sus ojos se abrieron incluso antes de lo habitual, iluminados por un fulgor que nacía en el fondo del alma. Optó por seguir soñando aunque ya estuviera despierta.
Él ya se había marchado pero le quedaban los recuerdos de la hermosa noche que habían pasado juntos y nada ni nadie podría impedirle rememorarlos hasta en el más mínimo detalle. Monnie sabía que aquellas aventuras nocturnas formaban parte de un sueño, pero no le importaba demasiado porque las sentía con la misma intensidad que si estuvieran ocurriendo en la vida real. También sabía que el hecho de conocer a Samuel había removido los cimientos de su existencia hasta tal punto que su inconsciente la traicionaba permitiéndole a él colarse en sus sueños cada noche para servirle en bandeja una felicidad que nunca estaría a su alcance en la realidad. De lo que pasaba por su mente durante la noche sólo Samuel era real. El resto era fruto de su imaginación, que había comenzado a tejer un amor platónico desde la primera vez que le vio en persona.
Viajó en su memoria hasta el punto de partida y allí se encontró consigo misma, vistiendo un rafai rojo y hecha un manojo de nervios ante la promesa que había realizado de reunirse con él, tal y como ambos habían convenido durante el sueño de la noche anterior. El lugar de la cita era un pequeño estanque enclavado entre una cordillera de montañas, que la mente de Monnie había urdido a la perfección dibujando la estampa de un lago redondo de aguas mansas, tapado con un manto de estrellas reflejadas desde el cielo en sus aguas cristalinas, abrazado en toda su circunferencia por una cordillera de montañas rocosas y custodiado por el enorme y centenario árbol de grandes hojas en forma de corazón, testigo mudo de todos sus encuentros.
Cuando llegó al lugar él ya la estaba esperando a orillas del lago, absorto mirando las ondas concéntricas que formaban las piedras que iba tirando al agua a modo de entretenimiento para llenar el tiempo de espera. Ella aprovechó para contemplarle durante unos segundos con el descaro de quien observa sin ser visto. Cuanto más le miraba más perfecto le parecía. Su cuerpo se vestía con una piel blanca, lisa, perfecta. El pelo, como él llamaba a lo que le cubría la cabeza, era del color de los rayos de Asten y brillaba incluso en plena noche. Su silueta alta, erguida, imponente, formaba el complemento perfecto para la postal que sobre el estanque dibujaba la escasa luz que Asten emitía mientras se ocultaba definitivamente hasta la mañana siguiente. Monnie sonrió recordando la primera vez le vió salir de la casa. En aquel momento sintió miedo ante el extraño que se acercaba a las rocas donde ella se ocultaba. Su físico le pareció horrible, de aspecto monstruoso.
--- ¡Estás ahí! ---exclamó Samuel cuando giró la cabeza hacia el lugar de donde procedía el pequeño ruido que había escuchado.
---Sí, estaba observando las curiosas formas que dibujan las piedras al caer al agua. ---mintió Monnie.
---Me alegra que hayas venido pronto porque hoy tengo una sorpresa para ti. Me gustaría llevarte a un lugar, si te apetece… ---dijo él, acompañando su propuesta con una sonrisa.
--- ¿Y donde está ese lugar? ---preguntó Monnie con coquetería.
---Es el sitio del que provengo, donde nací y donde viví los mejores años de mi vida. ---contestó Samuel con nostalgia y la mirada perdida en las aguas del lago.
---Sí, pero… ¿dónde está?
---En un lejano planeta, llamado La Tierra. ¿Vienes conmigo? ---Insistió.
Monnie pensó que, con aquel tono de voz que empleaba acompañado de una sonrisa que le desarmaba la voluntad, lo habría seguido hasta los mismísimos infiernos, si él se lo hubiera pedido.
---Sí. ---dio por toda respuesta.
--- ¡Ven, acércate! Dame la mano y cierra los ojos.
Llegado a este punto del recuerdo, lamentó no haber estado más serena después de que él le hiciera aquella petición. Lo único que ahora recordaba era la calidez y la suavidad de sus manos y, con tan pocos detalles, no podría recrearse el resto de su vida reviviendo aquellos escasos segundos que estuvieron tan cerca el uno del otro, porque antes de que lograra recuperarse de su embriaguez habían llegado a una casa extraña, llena de raros objetos distribuidos por todas partes hasta el punto de que había que moverse con sumo cuidado para no tropezar en los estrechísimos pasillos que quedaban libres.
--- ¡Cuántas ganas tenía de volver aquí!
--- ¿Dónde estamos, Samuel?
--- ¡Ah! Perdona por no explicarte. Estamos en mi casa. Bueno… en la que era mi casa. Hemos aterrizado justamente en el salón. --- contestó él, mientras pasaba la mano por encima de un mueble y luego la mirada por la mano, haciendo un gesto raro --- ¡Esta casa necesita una buena limpieza!.
Samuel sacudió su mano, dejando en el aire una estela de polvo amarillento.
Monnie miraba con curiosidad todos aquellos objetos (a cual más raro) que llenaban la casa y guardaban entre ellos una única característica en común: todos tenían formas rectas. Parecía que los “humanos” (como Samuel llamaba a los de su especie) tenían especial predilección por aquella forma geométrica, tan discriminada en Kimismo a favor de las cosas redondeadas.
--- ¡Ven! Quiero enseñarte algo que echo mucho de menos en Kimismo ---dijo Samuel con entusiasmo, mientras guiaba a Monnie hacia la librería que presidía el salón, eligiendo al azar “El nombre de la Rosa” entre las docenas de libros polvorientos que allí descansaban desde hacía años, esperando viajeros dispuestos a trasladarse a sus mundos imaginarios.
--- ¿Qué es? ---preguntó ella esbozando una sonrisa tímida, sin apartar la mirada del extaño objeto (también cuadrado, por supuesto) que Samuel sostenía en una mano mientras se esmeraba en limpiarlo con la otra.
--- ¡Ah! ¡A ver si lo adivinas! Cógelo, si lo aciertas te lo regalo.
Monnie lo cogió con ambas manos y comenzó a darle vueltas hacia un lado y hacia el otro. Cuando lo abrió, descubrió en su interior un sistema de signos que guardaban alguna relación con la escritura que ella había conocido. Aunque recordaba que en aquella época (durante los escasos años que vivió en libertad fuera de la cueva) era más habitual utilizar archivos de audio para conocer la materia contenida en los libros porque las últimas novedades literarias pasaban del ordenador familiar al chip mental individual con sólo seleccionar la materia en concreto y pulsar una tecla. Después las novelas sonaban en el interior del cerebro, pudiendo incluso elegir entre multiples tonos de voz. Pero, aún así, también existía un sistema de escritura y tenía muchos adeptos que preferían interpretar los símbolos por si mismos y después dotarlos de sentido al ritmo que ellos considerasen conveniente, sin tener que verse sometidos a un sistema de audio, que algunos consideraban que iba muy rápido y otros que era demasiado lento.
En el Candai de aquella época también existían los almacenes de libros, donde sólo se guardaban los de menor categoría, cuyo contenido se almacenaba en unas pequeñas máquinas llamadas “riges”, del tamaño de una moneda y forma semisférica que se acoplaba por medio de un imán, dejando en el centro un hueco de forma circular, que servía para su almacenamiento, porque se insertaban en una especie de espetas fijadas en las paredes del almacén. Además, en la parte exterior llevaban un microchip que reconocía el nombre del libro de forma hablada, de tal manera que cuando alguien buscaba un título concreto entre el sinfín de obras que allí descansaban, sólo tenían que mencionarlo y el chip que se veía reconocido en aquellas palabras emitía un pitido con destellos de luz para que el interesado lo localizara. Y para orientar a los lectores que acudían sin elección previa, había un expositor ubicado en la entrada, con un catálogo que incluía todos los libros que allí se podían encontrar.
En cambio las obras maestras se almacenaban en el Centro de Saber y en los ordenadores familiares o chips personales. Pero, dado que éstos tenían una capacidad limitada, los libros considerados más insignificantes se enviaban a los almacenes, para liberar espacio a favor de las obras más importantes.
---Es un libro. ---contestó Monnie, probando suerte.
--- ¡¿Cómo lo supiste tan rápido?! ---preguntó Samuel y, a la par que la sonrisa emergía en sus labios, los ojos se clavaban en Monnie brillando de admiración.
--- ¿Crees que en Kimismo no conocemos los libros? Bueno…. los conocíamos, después todos fueron destruidos, según tengo entendido… Pero no eran así, los nuestros eran… ---Monnie se paró a buscar una palabra que resultara comprensible---, eran como pequeñas máquinas y el contenido se cargaba mediante ondas que viajaban por el aire ¿te haces una idea?
---Más o menos… Reconozco que estáis a años luz de nosotros y no solo en distancia espacial. Pero es curioso que, con una inteligencia muy superior y tantos avances tecnológicos, allí se viva de una forma tan primitiva, si lo comparamos con la vida de la gente aquí en la Tierra.
---Eso es culpa de Altrus y de nadie más. ---dijo Monnie, intentando poner las cosas en su sitio.
--- ¿Quieres que te enseñe a leerlo?
Samuel comprendió que quizás no había estado muy acertado al hacer la comparación y cambió el rumbo de la conversación.
--- ¡Me encantaría!
---Ven, siéntate aquí. ---propuso él, dando un par de palmadas en el sitio vacio que se encontraba a su lado en el sofá, invitándola a que lo ocupara.
Monnie dudó durante unos instantes. A pesar de que la proposición era completamente de su agrado temía que, al estar tan cerca de Samuel, su cuerpo le jugara una mala pasada y reaccionara con temblores, sudores y cambios repentinos de coloración que pasarían del blanco al rojo en pocos instantes, delatando unos sentimientos que le interesaba mantener ocultos.
---Ven, siéntate a mi lado ---insistió él.
“¡Vamos, no seas tonta, no desaproveches una ocasión como esta!” Repetía ella para sus adentros, hasta que logró reunir fuerzas para vencer la timidez e ir al lado de Samuel, que sostenía el libro abierto entre sus manos y parecía entusiasmado con la idea de iniciarla en la lectura.
Atravesó la distancia que le separaba del sofá y se dispuso a recibir clases para desentrañar aquella maraña de garabatos.
La escritura humana era sencilla. Compuesta sólo de unos pocos símbolos combinados entre sí que formaban palabras, algunas de las cuales tenían significado por sí mismas, pero otras muchas sólo lo adquirían cuando se unían a otras. Monnie pensó que las de esta última clase eran semejantes a las parejas. Y, sin querer, recordó aquella famosa cita de su abuela, en la que se refería al amor comparándolo con las aguas de dos ríos que se unen. La fusión es tal, decía, que al poco tiempo ya no se podrá distinguir cuáles son las aguas de uno y cuales las del otro, pero si algún día vuelven a separarse, continuarán su camino en solitario pero sus aguas ya nunca serán las originales, sino que llevarán la mezcla que aportó el otro para siempre, hasta que el gran mar las absorva y allí se pierdan para siempre. Amand siempre acompañaba esta cita del amor con una mirada de añoranza y una sonrisa rota que, sin embargo, parecía haber salido a flote ante la evocación de recuerdos muy gratos.
Decidió desechar pensamientos que en esos momentos no venían a cuento y centrarse en la lectura.
La escritura humana difería de la kimismana en que esta última sólo daba oportunidad a las palabras dotadas de significado por sí mismas, eliminando todo lo superfluo. Se asignaba un único símbolo o letra a cada palabra. A esa letra se le podían agregar algunas variantes, según el significado que se le quisiera dar en cada momento. A modo de ejemplo, Monnie recordó las múltiples formas de escritura que tenían las derivadas de la palabra “camino”. En el idioma kimismano, camino se simbolizaba con dos rayas cortas y paralelas. Sin embargo, si lo que se quería expresar era la acción de “caminar”, se añadía una raya perpendicular en el extremo izquierdo. Esta raya se ponía en el centro para la expresión “caminante”, con un punto en medio para expresar una distancia recorrida. De esta forma su escritura constaba de miles de símbolos diferentes que, en un relato, se sucedían unos a otros sin estar unidos por preposicones ni conjunciones.
Monnie resultó ser una alumna muy aventajada y bastaron tres horas escasas para que pudiera leer de corrido el libro elegido por Samuel. Pero la historia que se relataba en él le causaba angustia y ni siquiera el hecho de sentir el cálido roce de la pierna y el hombro de Samuel eran razón suficiente para que deseara continuar allí sentada leyendo aquella trágica historia en la que ocurrían una sarta de muertes a las que encontraba mucha similitud con algo que había presenciado días atrás y que no dejaba de atormentarla, a pesar de que trataba por todos los medios de desterrar aquel recuerdo de su mente. Pero los malos recuerdos son vecinos descarados que se niegan a irse aunque les echen y, aunque se logre cerrar la puerta tras ellos, esperan en el rellano para colarse tan pronto aparezca la ocasión sin necesidad de ser invitados.
--- ¿Nos marchamos? Pronto será hora de despertar. ---propuso Monnie mientras cerraba el libro con cuidado, pues sabía que cada uno de ellos era un tesoro para Samuel.
---Tienes razón. Debemos marcharnos, pero antes recoge tu regalo, ¡te lo has ganado! --- dijo él, tendiéndole el libro.
Ella lo recogió con una sonrisa.
---Lo he pasado muy bien. ---dijo Monnie
---Yo también. ¿Repetimos mañana?
Monnie solía concederle a Samuel el honor de proponer la siguiente cita. Y para esa pregunta siempre tenía preparada una rapidísima respuesta en forma de “sí” que expresaba con un simple meneo de cabeza.
A menudo se angustiaba pensando en lo que podría ocurrirle si algún día, por expreso deseo o por olvido, él no planteara la pregunta principal de la noche, la más importante de todas, la que invitaba a otra cita dando continuidad a aquel sueño. Y se le antojaba que, si eso llegara a ocurrir, simplemente no querría seguir viviendo porque el mundo se le presentaría demasiado aburrido, insulso y carente de interés alguno que justificara el sacrificio que ella tenía que hacer para seguir en él durante toda la eternidad sin esperar compensación alguna.
--- ¡Monnie! ¡Monnie! ¡Despierta! Tienes que levantarte, tus padres ya están desayunando.
Era la voz suave de Amand, que le traía de vuelta al mundo real.
---Voy enseguida.
Salió de la siara emborrachada de recuerdos y siguió a su abuela hasta la entrada de la casa, donde Frec y Rostie daban cuenta de su desayuno mientras planeaban la nueva jornada laboral que iba a comenzar.
En un momento dado se acordó del regalo que Samuel le había dado durante el sueño y regresó a la siara corriendo, con la esperanza de encontrar el libro en algún lugar. Rebuscó entre las hojas de fangut, en el suelo, al lado de la roca de la pared…, pero el libro no estaba por ninguna parte.
Regresó a la mesa desilusionada y convencida de que los objetos y las personas que aparecen en los sueños sólo tienen cabida en el mundo de la mente Por un momento todo le había parecido tan real que creyó que encontraría el libro en algún lugar de la casa.
---Las plantas están bien. Ayer revisé todo el campo. Así que hoy dedicaremos la mitad del tiempo a su cuidado, y después trabajaremos en la expansión del terreno. Luego a la noche, antes de acostarnos, hay que volver a revisar los cultivos para decidir lo que hacemos mañana. Te encargas tú de eso. ---decía Frec mirando a Rostie, que se limitaba a asentir en señal de obediencia.
---Ya lo has oído Monnie, desayuna rápido que hay trabajo. ---dijo Rostie tan pronto Frec terminó de disponer la jornada diaria.
--- ¿Para qué tanta expansión? ¿No tenemos ya bastantes tierras de cultivo? ¿Es que no entendéis que la familia no va a aumentar, que para los que somos ahora tenemos más que suficiente y que no hay un futuro para el que proveer? ---preguntó Amand al ver que Frec se angustiaba pensando en la dura jornada que le esperaba.
---Futuro es precisamente lo que tenemos, otra cosa no habrá, pero futuro… ¿O ya has olvidado que hay una maldición que te mantendrá en este mundo por toda la eternidad? ---contestó Frec, empleando un tono de voz bajo y pensativo que no era habitual en él.
--- ¡Por eso mismo lo digo! Si hemos de vivir para siempre, hay que tomar las cosas con calma. Lo que pasa es que tú te dejas guiar por los demás. Esas absurdas envidias entre tú y Portio harán que os matéis trabajando para ver cuál consigue tener más extensión de terreno.
---A ti nadie te manda venir a trabajar, así que deja de meterte en mis asuntos.
Frec zanjó la conversación con su madre de la manera habitual, acompañando sus duras palabras con un sonoro golpe en la mesa para darles más énfasis. Amand, acostumbrada al mal humor de su hijo, se limitó a dirigir la mirada hacia otro lado, meneando la cabeza y poniendo cara de lástima.
Monnie sabía que la abuela tenía razón en lo que estaba diciendo. La maldición que Magmalignus profirió contra ellos el día que terminaron el “tratamiento” les obligaba a vivir durante toda la eternidad, sin reproducirse, sin crecer ni envejecer y, aunque su padre dijera que tenían mucho, muchísimo futuro por delante, en realidad el porvenir se había terminado para ellos el mismo día que fueron capturados en Candai y obligados a abandonar sus casas con lo puesto para entrar en una nave que les condujo hasta Atia, el planeta habitado por Magmalignus y su séquito de guardias, ingenieros, arquitectos, investigadores y demás.
Aquel día fue el último de sus vidas.
La “conquista” de Candai comenzó de madrugada, aprovechando el efecto sorpresa y el camuflaje que da la oscuridad de la noche. Y se había presentado silenciosa para coger desprevenido al Rey Kiyama y a su ejército. Ellos fueron los primeros en ser aniquilados, según decían algunos. Aunque también hubo quien no se resignaba a tan fatídico final y mantenía la hipótesis de que lograron huir gracias al chivatazo, vía telepática, de un asesor de Magmalignus, que después fue asesinado de una manera espantosa al descubrirse su fechoría.
Los roggies que negaron su fidelidad al Rey Kiyama –casi todos- para unirse a Altrus tampoco llegaron a ver la luz del nuevo día. Por vía telepática, Altrus ordenó a los jefes de cada familia que salieran al exterior, donde fueron interrogados. Tan pronto renegaron del Rey Mahi y le declararon a él su fidelidad, ordenó darles muerte. Sus compañeras e hijos (que seguían en el interior de las casas) fueron decapitados mientras dormían por unos guardias bien adiestrados y sedientos de sangre, que irrumpieron en la intimidad de sus hogares esgrimiendo sus mortíferas dagas con una sonrisa perversa dibujada en la boca. Casi todos ellos pasaron del sueño nocturno al descanso eterno sin conocer siquiera la cara de la muerte.
A Monnie y a los suyos les despertó una jauría de gritos y portazos dentro de la casa. Era una situación tan fuera de lugar que ella creyó estar sufriendo una pesadilla, hasta que comprobó que el dolor producido por los golpes que estaba recibiendo y la sangre que teñía de negro sus ropas era real; y que debía obedecer sin dilación las órdenes del grupo que estaba dentro de su habitación, gritándole para que saliera de la cama y se dirigiera al exterior de la casa.
Con el aturdimiento que provocan las situaciones que no encajan en la mente, se dispuso a salir sin darse la prisa requerida, motivando así el golpe que uno de los secuaces de Magmalignus le propinó en la espalda, valiéndose de la sofisticada arma en forma de tubo que portaba. El fuerte e inesperado dolor la transportó hasta el exterior envuelta en una nube negra que le dificultaba la visión. Afuera, su familia y algunos vecinos se amontonaban al pie de la escalera que conducía al interior de una nave. Todos llevaban puestas sus ropas de dormir, unos camisones blancos, rectos, que cubrían todo el cuerpo hasta los pies y que, desde hacía años, era una moda generalizada en Candai en cuanto a ropa de descanso nocturno.
El predominio de la oscuridad de la noche sobre la claridad del alba que intentaba abrirse paso, el color oscuro de la nave y el negro de los uniformes que vestían los guardias de Altrus formaban un conjunto en perfecta armonía, donde el tupido grupo de camisones blancos (al que se unió Monnie empujada a machetazos)) parecía un espectro de varias cabezas que miraba a su alrededor incrédulo ante la situación que se le presentaba, incapaz de procesar las órdenes que daban los guardias para subir a una nave cuadrada, de dimensiones colosales, que esperaba delante con una puerta abierta, de la que partía una escalera que descendía hasta tocar el suelo.
--- ¡Subid! ¡Inmediatamente! ---gritó el guardia que, por su actitud, parecía tener el mando de la situación.
Álguien se puso en marcha hacia las escaleras. Los demás le siguieron con paso lento y cansado.
Cuando el grupo alcanzó el último peldaño, fueron recibidos por otros guardias que esperaban dentro para guiarles hasta el fondo de una amplia sala, donde una puerta enrejada se abrió para cederles el paso, volviendo a cerrarse cuando entró el último. Uno de los guardias emitió un sonido gutural, inmediatamente la escalera se recogió plegándose sobre sí misma, la puerta se cerró y la nave se puso en marcha, silenciosa y solemne.
Continuaron el viaje de pie, en silencio y con la mirada perdida en la desnuda sala con forma de pentágono que se abría ante sus ojos a través de las rejas. La ausencia de objetos decorativos y aquel color negro brillante que cubría sus pulidas paredes, iluminadas con luces ocultas de tono azul metálico, oprimían más que cualquier cárcel.
La nave parecía estar completamente vacía. Ningún ruido ni movimiento delataba la presencia de tripulación alguna. El miedo llenaba todo el vacio, obligándoles a viajar apiñados para sentir el contacto físico con los demás, que les proporcionaba una pequeña expectativa de protección.
A Monnie le resultaba imposible determinar la duración del viaje, pero le pareció una eternidad. Su espalda se resentía por los golpes recibidos, la cabeza le estallaba de dolor y, aunque estaba en medio del grupo, tiritaba de frío.
De repente las rejas de la celda se plegaron sobre sí mismas y ellos abandonaron la nave en perfecta alineación, cumpliendo las órdenes recibidas por megafonía. Monnie se limitaba a no perder su posición en el grupo y caminaba por inercia hacia donde el resto la llevaba
Ya en el exterior, se encontraron en la esquina de una enorme explanada que, aunque en esos momentos estaba vacía, por los dibujos del suelo representando naves de todas las formas y tamaños imaginables se adivinaba que era el punto de aterrizaje de toda la flota de Magmalignus y que cada una tenía su lugar asignado dentro de aquella inmensidad, que colindaba con un edificio de una amplitud absolutamente desproporcionada e imposible de abarcar con la vista. Sus dimensiones eran tales que ni toda la población de Candai multiplicada por cien llegaría a ocuparlo.
El jefe volvió a dar órdenes de mantener la fila tal cual estaba y caminar siguiéndole a él. Entretanto, los demás guardias formaban una hilera paralela que caminaba a la par, se supone que para evitar sublevaciones o que su Jefe fuera atacado aprovechando la oportunidad de tenerle de espaldas.
Cuando el guía se paró, los demás lo hicieron también, procurando mantener la distancia que llevaban durante la marcha.
Después vino el silencio, la espera…,¿y ahora qué? se preguntaban todos ellos, temiendo por lo que el destino pudiera tenerles deparado.
De pronto se escuchó un pequeño chasquido que provenía de la pared lateral, seguido de un ligero ruido continuado que a Monnie volvió a recordarle las escaleras mecánicas que subían al palacio porque también se mantenían paradas y silenciosas cuando nadie las usaba, pero que recibían al viajero con un sonido característico cuando se ponían en marcha. Monnie miró hacia la pared. Allí se había abierto un boquete redondo que avanzaba de frente y se dirigía hacia ellos arrastrando detrás un tubo transparente también redondo que se iba desplegando a medida que avanzaba. La parte delantera, del mismo material y color que la fachada de la pared, se mantuvo cerrada hasta que llegó a la altura del Jefe de los guardias y, una vez allí, se abrió hacia un lado (de forma similar a las tapas de algunos tubos de pastillas alimenticias, que usaban cuando no había tiempo o ganas de cocinar) dejando al descubierto el interior vacío y una estrecha pasarela para poder caminar.
Nueva orden de ponerse en marcha hacia el tubo, esta vez con los guardias y su Jefe a la retaguardia.
La indecisión del primero de la fila para entrar en el extraño pasadizo la solventaron de la única forma que sabían, haciendo que el indeciso probara en su espalda la dureza del material con que estaba fabricada el arma que portaban. A partir de ese momento todos siguieron caminando con decisión.
Atravesaron el tubo y otra puerta volvió a abrirse al detectar la presencia del que encabezaba la fila y, sin necesidad de esperas, se encontraron en una sala cuadrada, iluminada hasta un límite que resultaba cegador. En el lateral derecho esperaban veinticinco urnas acristaladas que formaban una fila tan perfecta que delataba la meticulosidad de quien las había colocado allí. Su tamaño y una especie de colchón con almohada que se percibía a través de sus paredes transparentes no dejaban lugar a dudas sobre cual era su finalidad, especialmente para Monnie, que se había tomado la molestia de contar el número de tripulantes que habían viajado hasta aquel lugar (que suponía era el palacio de Magmalignus en Atia) y también contó rápidamente el número de urnas. Habían venido veinticinco y había veinticinco urnas esperándoles.
Pero… ¿por qué traernos tan lejos para matarnos aquí? ¿Por qué no nos eliminaron en Candai como a los demás? ¡Claro! Esos tubos son para torturarnos y sacarnos información… Su cabeza no paraba de dar vueltas a la situación, de hacerse preguntas y dar respuestas que deseaba no se confirmasen.
--- ¡Muévete! ---escuchó de pronto.
Sus cavilaciones la habían dejado inmóvil y no se dió cuenta de que los que iban delante de ella en la fila ya ocupaban sus puestos dentro de cada una de las urnas.
El duro acero de un arma se clavó en su espalda para conducirla hasta la siguiente urna vacía que, ante su presencia, se abrió por un lateral, invitándola a entrar. Ella se metió dentro, colocándose boca arriba con la cabeza apoyada sobre la pequeña almohada. La urna volvió a cerrarse herméticamente.
“¡Sati, ayúdame! ¡Abuela!”, pensaba Monnie, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas humedeciendo la almohada.
En la sala se había planteado un conflicto. Gonza, un bebé de pocos meses, también corría el mismo destino que todos ellos y había viajado en los brazos de su madre, pero ahora debían separarse para que el pequeño ocupara el puesto que le correspondía en su propia urna, y debía permanecer allí sola.
---Por favor, por favor… tenga compasión ¿no ve que sólo es un bebé? ---clamaba Ciosta, la madre, dirigiendo sus plegarias al Jefe de los guardias, que hacía caso omiso y se disponía a arrebatarle a su pequeña hija.
--- ¡No, no! ¡Ella se queda conmigo! Cabemos las dos en la misma caja. ---gritaba Ciosta, desafiando al Jefe.
Monnie tomó conciencia del coraje que da la maternidad.
--- ¡Guardias! ¡Quitadle a su hija y metedlas a cada una donde corresponde!
El Jefe fue implacable y, de inmediato, un grupo de unos diez guardias inmovilizaron a la madre de pies y manos mientras otros le arrebataban a su hija de los brazos, encerrando a cada una en la urna que tenían asignada.
El incidente con Ciosta y los llantos de Gonza sacaron de quicio a sus raptores y, para evitar más problemas, procuraron acelerar el proceso de encierro.
El alivio se dibujaba en sus rostros cada vez que una de aquellas cajas acristaladas y herméticas se cerraba. Aceleraban su trabajo hasta tal punto que los últimos de la fila entraron en las urnas a empujones.
Monnie supuso que aquella rapidez que los guardias les exigían para entrar en las urnas obedecía necesariamente a un ansia interior de terminar un trabajo sucio. Y eso significaba que no saldrían de allí con vida.
Los guardias abandonaron la sala cuando ya todos habían ocupado su propio ataúd, no sin antes comprobar debidamente la imposibilidad de huir de aquella muerte anunciada, cerciorándose de que los cierres estaban bien anclados.
--- ¡Abuela! ¡Abuela! ---gritaba Monnie, mientras golpeaba el duro cristal con todas sus fuerzas.
El cristal no se inmutaba, pero sus nudillos comenzaron a acusar un fuerte dolor que le obligó a desistir.
--- ¡Cállate Monnie! Aquí seguro que hay cámaras vigilando y nos pueden castigar si nos escuchan hablar---contestó Amand, conectando por telepatía.
---Abuela, tengo mucho miedo… ¿qué nos va a pasar?
---No lo sé mi niña, pero recuerda que debemos mantener la dignidad hasta el final. No supliques y no ruegues clemencia, pase lo que pase, porque el final que nos tengan preparado vendrá de todas maneras, por mucho que supliquemos. Y no vamos a darles el gusto de vernos morir humillados. ---contestó su abuela, dando muestras de su gran valentía.
--- ¿Tú también tienes miedo?
---Tengo mucho, muchísimo miedo. Sobre todo porque creo que no vamos a morir, al menos de momento. No nos han traído aquí para matarnos, porque eso lo pudieron hacer en Candai, ahorrándose las molestias de hacer este viaje con nosotros ¿no crees?
--- ¡Eso mismo he pensado yo! Pero me pregunto qué querrán de nosotros. ¿Sacarnos información, tal vez?
---No lo creo. Nosotros somos los que menos información tenemos porque no trabajábamos junto al Rey. Además, curiosamente, han matado a los que sí lo hacían. Creo que todos aquellos que colaboraban hombro con hombro con el Rey han muerto. Yo escuché los gritos de terror que provenían de las casas vecinas, seguidos del silencio repentino de la muerte, que todo lo acalla. Por eso estoy muy confundida y no creo que el fin de todo este montaje sea obtener información.
---Tienes razón, no había pensado en eso. ¡Eres un genio! Y todo esto será obra de Altrus… ¿verdad, abuela? ---seguía preguntando Monnie, ya más calmada.
---Nunca me gustó ese chico. Su mirada era gélida y dura como una roca. Y ese deseo de poder…
---Parece que le conoces muy bien.
--- ¡Más de lo que me gustaría! Yo les crié, a él y a su hermano. Desde pequeños ya se marcaban grandes diferencias entre ellos, y en sus juegos inocentes quedaba patente la bondad de uno y la perversidad del otro. Mahi, nuestro Rey, ganaba a su hermano en inteligencia, pero aún así siempre perdía en los juegos porque Altrus usaba artimañas tan sucias como demandara la victoria y se rodeaba siempre de aliados tan malvados como él. Cuando se marchó del palacio para instalar su vivienda en Atia sentí un gran alivio al saberle tan lejos.
--- ¿Y qué querrá ahora de nosotros? ---volvió a preguntar Monnie.
--- ¡Quien sabe! ¡Quien sabe! ---repetía Amand en tono melancólico y pensativo, como si estuviera entrando en un profundo sueño.
“¡Nos estamos durmiendo!” pensó Monnie, que también comenzaba a sentir un agradable sopor que le obligaba a cerrar los ojos, a pesar de que ella luchaba con todas sus fuerzas para mantenerlos abiertos.



……




Al instante siguiente (o eso le pareció a ella, porque en realidad, como supo poco después, habían transcurrido treinta y dos días) llegó a su mente una voz fuerte, profunda, misteriosa y aterradora, que le ordenaba despertarse. Sus ojos se abrieron lentamente y lo primero que percibió fue una intensa luz roja, brillante, artificial y cegadora que inundaba toda la sala y, en el centro, la figura velada de Altrus se dibujaba imponente con su estatura de más de dos escais, capaz de rebajar a la categoría de enano al más alto de los kimismanos, que apenas alcanzaría a rebasar su cintura. Aumentaban su embergadura sus ya de por sí anchos hombros, que él acentuaba aún más con unas hombreras superpuestas a un rafai de tela negra brillante, salteado con espectaculares y extraños dibujos de significado desconocido, si es que tenían alguno. Pero aún más temible resultaba su dura mirada escudriñando el entorno con un toque irónico.
--- ¡Salid! ¡Ya habéis dormido bastante! JA, JA, JA. ---dijo.
Las urnas se abrieron por un lado para permitirles la salida, pero nadie se atrevía a abandonarlas porque ofrecían una seguridad psicológica indescriptible, como si se tratara salir del vientre materno a un mundo infectado de peligros.
--- ¡Rápido! ¡No tenemos toda la eternidad!, JA, JA, JA. ---dijo, sin que nadie lograra comprender el sentido de aquella ironía.
Trot fue el primer valiente en poner pie en la sala. Le siguieron los demás, con movimientos lentos y descoordinados, como zombies que abandonan sus lugares de enterramiento.
--- Venid aquí, situaros en fila frente a mí y tumbaros boca abajo en el suelo, con las piernas y los brazos estirados. La madre de aquel bebé, que lo coja en brazos y lo traiga también aquí. ---ordenaba Altrus, suavizando su voz hasta convertirla en un susurro.
---Habéis permanecido aquí durante treinta y dos días, con sus noches ---continuó diciendo Altrus cuando ya todos tenían la cara tocando el suelo---. Todas las células de vuestro cuerpo han sido tratadas, una a una, de tal modo que jamás envejecerán ni morirán.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Monnie. “¿Qué significa esto? Es evidente que nada bueno” pensaba. Las siguientes palabras de Altrus la sacaron de dudas.
---Viviréis por toda la eternidad tal cual estáis ahora. Los jóvenes serán jóvenes para siempre, los viejos permanecerán viejos y el bebé siempre será bebé. No conoceréis las enfermedades y, por supuesto, jamás moriréis. Pero tampoco podréis tener hijos. Alguno de vosotros estará pensando que por qué soy tan bueno, ya que alcanzar la inmortalidad es el deseo de todo mortal. La respuesta es sencilla: habéis permanecido fieles a vuestro Rey y a mí me gusta la fidelidad. Por ese motivo ordené matar a todos aquellos que, cuando comprobaron que mi hermano estaba derrotado, acudieron a mí suplicando para obtener favores. Vosotros viviréis para siempre, pero será en el lugar que yo os tengo reservado: una cueva. Y prestad atención: “SI LA LUZ DEL DIA TOCA VUESTRA PIEL, OS QUEMAREIS Y MORIREIS SUMIDOS EN EL DOLOR MAS GRANDE QUE SE PUEDA CONOCER. SI LA LUZ DEL DIA ALCANZA VUESTROS OJOS, QUEDAREIS CIEGOS. TAMPOCO ABANDONAREIS LA CUEVA DE NOCHE, PUES, SI VUESTRA PIEL ENTRA EN CONTACTO CON EL AIRE DEL EXTERIOR, REACCIONARÁ CREANDO ERUPCIONES INCURABLES QUE CAUSARÁN UN DOLOR INSOPORTABLE”.
Ahora eran varios los escalofríos que recorrían el cuerpo de Monnie (y seguramente de todos los demás) de pies a cabeza y de la cabeza a los pies, sin parar. Temblaba y, aunque suponía que no se había alimentado durante los treinta y dos días pasados, sentía deseos incontenibles de vomitar y de evacuar lo poco que pudiera quedar en sus intestinos.
---Me he tomado la molestia ---continuó diciendo con su voz pausada, de ultratumba--- de prepararos la comida en vuestro futuro hogar. Allí os estará esperando. Es una planta que yo he creado, a la que deberéis cuidar con total dedicación. A cambio, ella os proporcionará alimento suficiente para que el hambre no taladre vuestros estómagos y también constituirá el tratamiento de continuación al que habéis recibido aquí para manteneros tal cual estáis para siempre. Y ahora, para que no dudéis de mi bondad, os voy a hacer un regalo: aquí teneis unos bonitos rafais. Hay uno para cada uno de vosotros. ¡No querréis ir vestidos con esos horribles atuendos de dormir! Y cuidadlo bien, os tiene que durar una eternidad, JA, JA, JA….
Y desapareció envuelto entre las brumas de una niebla espesa que se formó a su alrededor.
La mente de Monnie quedó en blanco hasta que, no recuerda cuanto tiempo después, retomó conciencia ya en el interior de la cueva, abrazada a su abuela. Ella fue quien le contó que, simplemente, habían vuelto a Kimismo en la misma nave y aterrizaron en la boca de la cueva para dirigirse hacia sus entrañas a través de una especie de tubo que salió de un lateral de la nave, lo mismo que había ocurrido en la pared de la explanada en Atia.




……




--- ¡Monnie! ¡Despierta! ¿En qué estás pensando? ¿No ves dónde estás tirando la artea?
Era la voz de Frec, que sonaba lejana.
Desde el día que llegaron a la cueva había transcurrido muchísimo tiempo. Portio, que siempre contaba los días, decía que habían pasado quinientos años. Pero a ella le parecía que había sido ayer, pues tanta similitud tuvieron entre sí todos los días venideros que aquellos quinientos años se habían saldado como un solo día. Y ahora la voz de su padre la devolvía a la realidad.
---Perdona, no me di cuenta.
---No te diste cuenta, no te diste cuenta… ---su padre repetía las frases como si fuera un niño en pleno berrinche--- ¿No sabes que la artea hay que llevarla al hoyo?
---Sí, sí que lo sé, pero la estaba tirando aquí sin querer.
--- ¡En qué estarás pensando…!
Estaban trabajando en lo que ellos llamaban “labores de expansión”. Era una ardua tarea que consistía en aumentar sus campos de cultivo a base de excavar en la pared de la cueva con las manos o valiéndose de alguna piedra que se prestase para la labor. Después transportaban la cantidad que cabía en el cuenco que formaban sus manos juntas y la amontonaban en un profundo hoyo que las aguas subterráneas habían excavado en la zona noroeste.
Al principio, durante muchos años, mantuvieron intacta la extensión de cultivos que les había entregado Altrus. Al fin y al cabo no se podían reproducir y, al no crecer la población, tampoco había necesidad de aumentar los terrenos.
Pero no tardaron en llegar las desavenencias entre ellos y se impuso la necesidad de repartir el terreno en cuatro partes, tantas como familias. Dos líneas de piedras que iban de norte a sur y de este a oeste dividieron el campo en cuatro partes iguales.
El reparto trajo consigo un nuevo concepto: el de la propiedad. Todos vieron que existía la posibilidad de tener posesiones en aquél inframundo y que se podían incrementar para enriquecerse más. La competencia por aumentar la extensión de los terrenos fue la consecuencia inevitable. Quien tenía más campos de cultivo era considerado más acaudalado, y la riqueza traía consido el respeto y la admiración que alimentaban el orgullo, tan necesario en aquél submundo donde habían entrado desprovistos de él.
Llegaron al acuerdo de que cada familia podía extender sus terrenos cuanto quisiera, pero debían hacerlo por alguna de las dos partes que no colindaban con el campo de los vecinos.
Portio y su familia trabajaban sin descanso para mantener un estatus que les había catapultado a encabezar la lista de los más acaudalados del lugar. A pesar de que a Portio la maldición le había sorprendido en una edad avanzada y su cuerpo era menudo, de baja estatura y apariencia débil, siempre se le podía encontrar trabajando en los campos de cultivo, ya fuera cuidando las plantas de fangut o expandiendo los terrenos. Aurea, su compañera, y Alabel, la hija de ambos, también se regocijaban de poseer más terrenos que nadie y no dudaban en enemistarse con los demás si el territorio equivalente a una pulgada estaba en juego.
La ambición fue la causante de que entre la familia de Alabel y la de Monnie se diera una curiosa situación. Portio y Frec habían tenido algunas diferencias y llevaban más de cien años sin hablarse. Por su parte, Aurea y Rostie seguían el ejemplo de sus compañeros y tampoco intercambiaban palabras entre ellas. Se habían convertido en dos parejas de amistades y enemistades “cruzadas” ya que, sin embargo, Portio trataba con gran deferencia a Rostie y lo mismo hacía Frec con Aurea. A menudo Amand y Monnie bromeaban diciendo que la solución a tan absurda situación pasaba por un intercambio de parejas.
La codicia por las tierras había sido la causante de ambas enemistades. Todo comenzó cuando Portio acusó públicamente a Frec de mover las “marcas” (piedras que señalaban los límites de la propiedad de cada familia). Frec se defendió, además de negándolo, llamando a Portio “enano tarado” y disponiéndose a asestarle unos cuantos puñetazos, que habrían alcanzado su objetivo de no ser por la rápida intervención de Trot, que se colocó en medio de ambos contrincantes para impedir la pelea. Y así comenzó aquella temporada de locura en la que ambos dedicaban las noches a espiarse mutuamente para evitar que las piedras cambiaran de lugar.
La sucesión de noches en vela despertó la ira de Aurea e iluminó su mente con la feliz idea de acudir a casa de Rostie para apelar a su condición femenina y exigirle que convenciera a Frec para que cesara el espionaje al que tenía sometido a Portio. Aurea fue mal recibida y salió de la casa con cajas destempladas, seguida de Rostie destellando ira y dispuesta a llegar a las manos, si era necesario, para defender la inocencia de Frec en todo aquel asunto del cambio de marcas.
Monnie y Alabel continuaron la tradición familiar y tampoco hacían buenas migas, aunque en ese caso no era debido a la codicia por los campos de cultivo. A Monnie esos asuntos le traían sin cuidado y, en cuestión de terrenos, sólo le importaba la ubicación de los mismos, a los efectos de no invadir propiedad ajena cuando salía a dar sus largos paseos para explorar los intestinos de la cueva. Se consideraba afortunada porque los que poseía su familia eran los mejores para sus propósitos. De un lateral de sus propiedades partía “El túnel del Velven”, un angosto pasadizo que llegaba hasta el otro lado de la montaña, donde habitaban “los del final de la cueva”, aunque hacía años que no les visitaba, simplemente se acabó cansando porque allí nunca pasaba nada. Todos los días repetían la misma rutina. Llegaban del trabajo arrastrando los pies tras una larga jornada, se acostaban en unos mugrientos colchones que les esperaban tendidos en el suelo, después la oscuridad se apoderaba de los barracones y ellos dormían un sueño que pretendía reparar los desajustes de su miserable vida. Nunca había novedades, por eso había dejado pasar más de diez años desde la última visita. Y ahora prefería dedicar sus escapadas a observar a “los de la entrada de la cueva”, cuya vida era mucho más interesante, sobre todo porque allí estaba él.
---Papi… ¿nunca sentiste curiosidad por saber a dónde conduce El túnel del Velvén? ---preguntó Monnie de repente, para saber lo que opinaba su padre y cuál sería su reacción en caso de que sus aventuras quedaran al descubierto.
--- ¿A qué viene ahora eso? ¿No sabes que no podemos salir de aquí? ---farfulló Frec.
---Claro que lo sé, pero… ¿tú no tienes curiosidad? ---reiteró Monnie.
---No, no tengo ninguna curiosidad. Sobre todo si pienso en lo que podría ocurrirme si la luz del exterior llega a rozar mi piel. Y tú tampoco deberías tenerla. Eres lo suficientemente mayor como para conocer las consecuencias.
--- ¿Qué consecuencias? ---preguntó ella, intentando aparentar desconocimiento.
--- ¡¿Qué consecuencias?! ¡Pareces tonta! ¿No ves esa luz roja? ---preguntó Frec, malhumorado y señalando la tenue luz con tintes rojizos que llegaba hasta ellos procedente del interior del túnel.
Monnie sabía que era inofensiva y que no provenía del final de la cueva ni era originada por Asten, sino que salía de las mismas entrañas de Kimismo y por eso no les dañaba. Más bien era beneficiosa porque todas las veces que se había bañado en aquella maravillosa luz mientras recorría el túnel buscando nuevas emociones, aún sin encontrarlas regresaba a su casa revitalizada y llena de vida.
Ahora lo único que le interesaba era averiguar si su secreto estaba a salvo de los demás y era importante que todos ellos tuvieran miedo y se abstuvieran de inspeccionar el túnel para averiguar lo que había al final.
---Sí papi, sí que la veo, pero… ¿será cierto que puede quemarnos? ---preguntó Monnie con una ingenuidad cuyo fin era indagar el grado de temor que sentían los demás.
--- ¡¿Y aún lo dudas?! ¡Pareces tonta! ---repitió Frec con un gesto despectivo hacia su hija.
--- Lo dudo porque nunca lo hemos comprobado. Pero… ¿crees que ninguno de los demás ha inspeccionado el túnel? ¿Ellos también tienen miedo?
---Mira Monnie…, algunos de los que viven aquí son muy malos, perversos y hasta locos, diría yo, pero ninguno de ellos es tan tonto como para arriesgarse a que esa maldita luz les queme la piel, dejándoles sumidos en insufribles dolores para el resto de sus días, que son muchos. ¿Te ha quedado claro? ---preguntó Frec con mirada severa y gesto amenazante.
---Sí, muy claro. ---contestó Monnie, contenta de que su secreto estuviera a salvo.
--- ¡A trabajar!. Ya hemos perdido tiempo suficiente con tonterías.
--- ¡No son tonterías! Son asuntos que me preocupan porque muchas veces me he planteado si merecerá la pena arriesgarse para ver lo que hay.
--- ¡Basta ya! ---gritó Frec--- ¡Estoy muy cansado de tanta insolencia!
---Pero papi… ¿por qué no? ---repitió Monnie, a sabiendas de que estaba rebasando el límite de paciencia de su padre.
--- ¡He dicho basta ya! ---volvió a gritar Frec--- ¡Vete a casa y acuéstate en la siara! ¡Estás castigada! Te quedarás sin cena.
Para evitar que cualquiera de sus gestos generara una mala interpretación que pudiera enfadar aún más a su padre, Monnie se tomó tiempo y cuidado en devolver al suelo la piedra que había usado para ganar a la cueva unos centímetros de campo de cultivo. Después abandonó el lugar sin atreverse a levantar la vista del suelo, conocedora de que en esos momentos cualquier gesto o mueca podía ser considerado un signo de rebeldía.
Cabizbaja recorrió también el camino que la separaba de la casa.
---Tengo que acostarme, tati. Órdenes de mi padre…
Dijo tan pronto rebasó el arco que intentaba adornar la entrada de la casa, adivinando que su abuela se encontraba donde siempre: en el rincón de la izquierda, tratando de sacar el utensilio de cocina que alguna piedra escondía en su interior y que, según decía ella, llevaba allí toda la vida, esperando que ella lo liberara a base de pulir y pulir.
--- ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal? ¿Habéis discutido? ¿O ambas cosas…?
--- Creo que hoy fue culpa mía. Comencé a hacerle preguntas sobre el Túnel del Velven y ya sabes...
--- ¿No le habrás insinuado otra vez que quieres ir a explorarlo?
---Más o menos… ---contestó Monnie, esbozando una sonrisa a medias.
---No sé por qué te empeñas en preocupar a tus padres de esa manera. ¿No te das cuenta de que ellos temen por tu seguridad?
--- Sí que me doy cuenta…
--- ¿Entonces? ¿Por qué te regocijas causándoles preocupaciones?
---Eso me pregunto yo también, pero tienen tan poca paciencia… Ya viste cómo me castigó por sólo tres o cuatro preguntas que le hice. Nunca me ayudan en nada, no me comprenden, parece que vivimos en mundos distintos. No sé como explicarte, pero siempre pienso que no me quieren, es más, diría que incluso me odian.
Mientras Monnie hablaba sobre los sentimientos de sus padres hacia ella, Amand prestaba más atención a sus gestos que a sus palabras. Hablaba de que sus padres no la querían con absoluta indiferencia, como quien está meditando sobre algo intrascendente y llega a una conclusión cualquiera. Amand tuvo la certeza de que aquella jóven había sufrido hasta tal punto que las cosas importantes de la vida se habían vuelto indiferentes para ella.
---Te equivocas, Monnie. ---dijo Amand ensayando su tono de voz mas dulce, como si se dispusiera a contar a su nieta un cuento que la transportara al sueño nocturno---. ¿Recuerdas lo preocupados que estaban aquel día?
--- ¿Qué día?
--- Cuando llegaste a casa asustada, herida, con el cuerpo manchado de sangre y una piedra en la mano, diciendo que era un arma que ibas a usar para defenderte de los monstruos. ¿No recuerdas que tus padres te abrazaron y te consolaron para que dejaras de llorar?
---Sí que lo recuerdo…
“¡Cómo no recordarlo!”, pensó Monnie. Después de la invasión de Candai, aquel había sido el día más trágico de su larga vida. Los hechos que había presenciado tenían todos los tintes de una tragedia pero, por motivos estratégicos y de conveniencia, no podía ponerlos en conocimiento de los suyos. Aquel día el miedo se apoderó de ella y, sin saber cómo, acertó a explicar lo sucedido dando la versión de que había sufrido una crisis nerviosa y, en medio de un ataque de ansiedad, le pareció ver que un mostruo traspasaba la pared y se dirigía hacia ella con intención de atacarla. Entonces cogió una piedra para defenderse y luchó contra él. Finalmente, la terrorífica alimana resultó ser una escarpada pared de la cueva, adornada con formas extrañas. Su valentía se saldó con varias docenas de heridas superficiales, causadas en el flagor de la batalla.
--- ¡Ves como tus padre te quieren! Lo que ocurre es que son un poco huraños y no te lo demuestran tanto como deberían.
---Me voy a acostar tati. Si viene mi padre y me ve aquí, se enfadará muchísimo.
Monnie quería buscar refugio en la siara para disimular el temblor de piernas y los escalofríos que sentía al recordar lo que escuchó y, sobre todo, lo que presenció aquel día en la entrada de la cueva. Aunque había decidido desterrar ese horrible recuerdo, tratando de alejarlo cada vez que acudía a su mente, parecía que había venido para quedarse y no se dejaba desplazar tan fácilmente.



Volver arriba Ir abajo
elisacotarelo
Humano
Humano


Cantidad de envíos : 7
Edad : 50
Puntos : 13
Fecha de inscripción : 16/03/2010

MensajeTema: Re: UN CAPITULO MÁS DE "EL SUBMUNDO DE MONNIE"   Miér Oct 20, 2010 2:06 pm

5. LA PLANTA FANGUT

Decía Frec, y no exento de razón, que la planta fangut era una dama que vendía muy caros sus favores. Él aprovechaba cualquier ocasión para fundamentar su comparación, permitiéndose incluso aconsejar a sus oyentes que no se equivocaran al considerarla la reina de la flora por su capacidad de proporcionar alimento completo en vitaminas, proteínas y minerales, porque la “reina” exigía a sus súbditos una vida de dedicación completa a cambio del alimento que les daba. Y, por si fuera poco, esa vida dedicada debía transcurrir en la oscuridad, porque ella no admitía competencia ni aceptaba convivir con ninguna otra especie vegetal. Eran tan grandes su prepotencia y orgullo, que hasta rechazaba los rayos de Asten y no los necesitaba para vivir.
La realidad era que la planta fangut había sido creada por Magmalignus para la ocasión (o más bien modificada en sus laboratorios a partir de otra planta muy común en Atia). Su perversa mente pasó largas noches en vela, cavilando hasta que encontró manera de causar el mayor daño posible a aquellos que no renegaban del Rey Kiyama. Desechó de antemano cualquier forma de asesinato porque, por mucho que lograra prolongar la agonía, al final llegaría la muerte, y con ella el fin del sufrimiento y el divertimento de verles padecer.
Una gran carcajada acompañó a la luz que trajo a su malvada mente la idea de regalarles una vida eterna envuelta en sufrimientos que jamás tuvieran fin. Necesitó pasar algunas noches más en vela para hallar la forma de mantenerles con vida dentro de una cueva, en perfecto estado de salud y sin que envejecieran un solo día más. Una vez ideado el siniestro plan, la puesta en práctica vino de la mano de sus biólogos, muy capacitados y con un gran laboratorio a su disposición, dotado de los últimos avances tecnológicos.
Para llevar a cabo sus planes era necesario encontrar una forma de alimentación que fuera capaz de mantenerles sanos durante toda la eternidad. Y la elegida fue una planta común (más bien vulgar por la ausencia de belleza en su forma, su falta de colorido y carencia de flores que la adornaran) que crecía en las agrestes rocas que rodeaban el inmenso palacio. En el laboratorio obraron el milagro de transformarla en una esbelta planta de tallo largo y blancas hojas carnosas con veteados en color amarillo pálido, cuya vida no dependería de la luz, sino de la oscuridad. La bautizaron con el nombre de “fangut”, que en kimismano significaba “reina de la noche”.
Su función de fotosíntesis fue modificada. Podría prescindir de la energía que obtenía de Asten y abastecerse de la que absorbería en el interior de la cueva, procedente de La Gran Aura, que llegaría hasta ella en pequeñas cantidades pero suficientes para permitirle su crecimiento.
Además, sufrió una modificación genética que la dotó de capacidad para producir todos los nutrientes necesarios para la vida, de tal forma que aquellos que la consumieran no tendrían ningún tipo de carencia alimenticia.
El fangut tenía la capacidad de sintetizar la energía procedente de La Gran Aura (que iluminaba la cueva presentándose en forma de leve luz de tono rojizo). Esa energía pasaba a las hojas de la planta, constituyendo la continuación del “tratamiento” para no envejecer.
Los habitantes de la cueva no lo sabían, pero bastaría con que dejaran de alimentarse de hojas de fangut durante un año para que la maldición que les obligaba a vivir eternamente dejara de tener efecto. Pero Altrus sabía que su condena estaba asegurada, sencillamente porque en la cueva no había ninguna otra forma de alimentación. Aunque, por si acaso a alguno se le ocurría dejar de comer para terminar con su eterna vida, activó una función en sus cerebros que daba la señal de alarma cuando pasaban más de tres porciones de tiempo sin ingerir comida. Esa alarma consistía en anular la voluntad del individuo de tal manera que comer fuera lo prioritario. Era una especie de síndrome de abstinencia al que no había voluntad que se resistiera.
Como “reina” que pretendía ser, la planta fue dotada de un reino y unos súbditos que le rindieran pleitesía. El reino era la gran cueva que surcaba las entrañas de la cordillera formada por pequeñas montañas que se extendía al norte de Candai. Y los súbditos no eran otros que los desafortunados que habían resultado absueltos de la pena de muerte y congraciados con una vida eterna. Fueron privados de las muchas alegrías materiales e inmateriales que sin duda les proporcionaría su anterior vida finita para pasar a cumplir el sueño de todo mortal que, según Altrus, era alcanzar la inmortalidad sin envejecer, pero a cambio debían dedicar su vida al cuidado de aquella planta, que no podía ser más exigente y caprichosa en cuanto a atenciones se refiere. Cada día exigía ser regada con cuatro (y sólo cuatro) gotas de agua fresca, recién traída del manantial que surcaba la cueva. Si la mano del cuidador se abría y eran cinco las gotas que le proporcionaba, se secaría por exceso de riego. Si el cuidador era tacaño y pretendía despacharla con sólo tres gotas, se secaba también, pero por defecto en el regadío. Además, cada noche, un tallo delgado con forma de filamento se empeñaba en crecer en el centro de su corona de hojas. Debía ser extirpado durante el día siguiente con un corte limpio, sellando la cicatriz con artea. Si no se observaba ese cuidado, la planta se vengaba dejando secar todas sus hojas y privando al jardinero de su comida para varios días, porque el fangut premiaba la dedicación y la fidelidad ofertando cuatro grandes y carnosas hojas, capaces de proporcionar comida suficiente, durante al menos cuatro o cinco días, para una familia de tamaño medio, como la de Monnie.
Frec había distribuido el trabajo de la familia de tal manera que todos tuvieran ocupación, reservándose para si mismo la parte más técnica y complicada pues, según él, con la comida no se jugaba y las labores importantes (aquellas de las que dependía la subsistencia familiar) debían estar en manos de alguien responsable y capacitado. Casualmente esas tareas también eran las menos laboriosas. Así Frec pasaba la mayor parte de la jornada sentado (programando el trabajo, según decía él) sobre una especie de cojín de hojas secas, que Amand había confeccionado con esmero para servir de base a las delicadas posaderas de su hijo. Mientras tanto, Monnie y su madre debían hacer diariamente cientos de viajes de ida y vuelta al riachuelo para llenar sus cuencos de agua, acercarlos a lugar donde esperaba Frec cómodamente sentado, introducir la pequeña rama seca, sacarla empapada en agua y dársela a Frec para que se encargara de hacer los honores de depositar las cuatro gotas junto a la raíz del fangut.
Pero, a pesar de la holgazanería de su padre, Monnie se sentía afortunada cuando se comparaba con cualquiera de las otras tres familias que habitaban la “gran cueva”. Era cierto que Frec era todo aquello que podía recibir el calificativo de caradura, insolente y vago; pero las cosas hubieran sido más difíciles aún de haber tenido unos padres como Portio y Aurea, porque no podría dedicar ni un instante a la exploración de los alrededores, pues la insaciable ambición de ambos les obligaba a trabajar de continuo para adueñarse de la mayoría de los terrenos, dedicando mucho tiempo a los trabajos de expansión de los campos.
Desde que un día, por casualidad, Portio había descubierto que el filamento que crecía en el centro de la corona de hojas del fangut se convertía en otra planta con sólo introducir su cresta en la artea, era tal su ansia de riqueza que, aunque ya tenían más extensión de la que podían trabajar en condiciones normales, seguían restando cada vez más tiempo al sueño para dedicarlo a expandir sus campos. La jornada laboral se les había quedado pequeña y no les daba tiempo a cuidar las plantas de su vasta extensión de terrenos, por eso las jornadas dedicadas a la expansión tenían que robarlas al sueño, porque sus campos de cultivo aumentaban y aumentaban sin cesar, requiriéndoles cada vez más dedicación.
En el caso de Portio y Aurea, el ansia de posesiones había ganado el pulso a la razón y, aunque ya tuvieran campo bastante, jamás llegarían a tener suficiente, pues la ambición es una bestia de apetito voraz e insaciable.
En el polo opuesto estaba la familia de Anex, Josan, Ire y Dram, quienes subsistían como podían, unas veces ayudados por la suerte y otras por la compasión ajena. Los cuatro niños (bien organizados dadas las circunstancias) se ocupaban de su pequeña plantación de fangut, que no crecía porque ellos jamás se dedicaban a tareas de expansión y consideraban suficiente trabajo el que hacían para cuidar la que les había tocado en suerte cuando se hizo el reparto. Sus campos tenían el mayor índice de plantas muertas, principalmente por descuido en el riego. Su madre, Soccie, alegaba todo tipo de problemas de salud para evitar el cuidado de sus hijos, de la plantación y de cualquier otra cosa que no fuera permanecer el día entero acostada en su siara. Los ánimos del padre también oscilaban por días, e incluso por momentos dentro del mismo día. Había instantes en los que se sentía pleno de vitalidad y se convertía en un trabajador incansable, pero eran mucho más frecuentes los momentos en los que se encontraba demasiado cansado para trabajar y alegraba sus penas sentándose a cantar en el exterior de la casa.
El caso de Llui tampoco era más afortunado. Aunque pertenecía a una familia cuyos padres podrían calificarse dentro de los parámetros de la normalidad, su hermana Gonza (un bebé que jamás dejaría de serlo) la mantenía ocupada en su cuidado mientras sus padres trabajaban los campos.
--- ¡Monnie! ¡Despierta! Coge el cuenco y la rama. Ya es hora de volver a casa. Hemos terminado por hoy. ---gritaba su padre desde la orilla del campo.
Estaba tan inmersa en sus propios pensamientos que el tiempo había transcurrido sin que ella se diera cuenta. De repente recordó los planes que había hecho para cuando la jornada laboral tocara a su fin.
---Me gustaría dar un paseo, si me dais permiso… ---dijo con voz mimosa.
Monnie repetía la misma frase cada mañana y cada tarde, a fin de obtener el permiso de su padre para dejar el trabajo un rato antes que ellos y emplear ese tiempo libre en la exploración de la cueva. Él también repetía siempre la misma contestación: “puedes marcharte, pero recuerda que debes estar en casa para la comida”. Pero ese día había estado tan inmiscuida en sus pensamientos que dejó pasar el tiempo y ya era demasiado tarde. Sus padres ya se iban a retirar a descansar hasta el día siguiente, Frec querría disponer de su comida tan pronto llegara a casa y no iba a permitir que ella no estuviera presente. A él le gustaba ver a la familia reunida durante las comidas.
--- ¿A dónde quieres ir tan tarde? Ya sabes que esa pregunta tenías que haberla hecho hace un tiempo. Ahora es momento de volver a casa, comer y descansar hasta mañana. ---dijo su padre
---Me gustaría ir a dar un paseo. Es temprano para meterme en casa. Todos los demás están aún en los campos, quizá juguemos un poco cuando terminen… ---mintió Monnie, pues su intención era adentrarse en el Túnel del Velvén.
Hacía años que no visitaba a los del final de la cueva y esos últimos días había sentido deseos de pasar por allí para ver cómo continuaban las cosas al otro lado.
---Tiene razón. Al fin y al cabo no es más que una niña y tiene derecho a jugar un poco cada día ---intervino Rostie, su madre, buscando con la mirada la aprobación de Frec.
Monnie estaba sorprendida de que su madre se arriesgara a contradecir a Frec para defender ese instante de libertad que ella requería.
---Ya no es una niña, tiene casi diecisiete años y debería recordar las normas que ella y yo negociamos hace ya mucho tiempo.
---Pero los juegos con esos niños es la única diversión que tiene en la vida. Porque un día se haya olvidado de preguntarte a tiempo, no debemos privarla de su derecho a jugar. ---alegó Rostie.
Monnie estaba asombrada. Su madre nunca había salido en su defensa. Se preguntaba qué le estaría ocurriendo para que diera un giro tan radical.
---Está bien, pero no tardes, ya sabes que me gusta cenar pronto, y con la familia reunida. Y esto no es negociable. Si no estás en casa a tiempo, serás castigada.
Monnie asintió en silencio.
Frec y Rostie se pusieron en marcha hacia la casa, con paso lento y espalda encorvada, manteniendo una incesante conversación que consistía en que él opinaba cuanto le venía en gana y ella asentía en silencio o le manifestaba abiertamente cuánta razón tenía.
Monnie decidió permanecer en el mismo lugar hasta comprobar que entraban en la casa. Quería hacerles creer que esperaría allí hasta que los otros niños terminasen su trabajo en los campos.
Cuando vio que tomaban el camino central y se iban alejando hacia la casa, no pudo esperar más y se puso en marcha hacia el túnel que partía del lado este, allá donde terminaban las posesiones de su familia.
El túnel era ancho en sus comienzos pero, como si de un embudo se tratase, se iba haciendo más angosto a medida que se avanzaba en su recorrido. Y terminaba con un pasadizo tan estrecho que sus paredes parecían estrangular a quien osara adentrarse en él. Marcaba el camino una luz rojiza que apenas conseguía ahuyentar la oscuridad.
Antaño solía recorrerlo a menudo. En aquella época “los del final de la cueva” eran su único contacto con el mundo real y ella, con el único propósito de verles, solía escaparse con el pretexto de que necesitaba dar un pequeño paseo.
Desde la mirilla que había instalado, adecuada a la altura y amplitud de su ojo, les veía llegar ya entrada la noche, cansados y abatidos, pero sobre todo tristes. Sus rostros presentaban un semblante tan serio que casi indicaba enfado. Pero era su mirada cansada, sombría y sin atisbo de vitalidad la que disipaba cualquier tipo de duda, desechando el enfado y dibujando en su cara ese aspecto triste que tanto impresionó a Monnie cuando les vio por primera vez.
Desde ese primer encuentro habían pasado años, muchos años. Durante un tiempo repitió las visitas casi a diario, hasta que una extraña enfermedad germinó en la mente de Amand sumiendo su vida en una tristeza que la obligaba a permanecer acostada en la siara día y noche. Monnie se encargó de cuidarla e infundirle los ánimos necesarios para retomar el camino de la vida.
Cuando Amand estuvo repuesta regresó al lugar para visitar a “los del final de la cueva”, pero el agujero que había camuflado en la pared para espiarles estaba tapado y no podía ver lo que ocurría al otro lado. El temor le invadió al suponer que habían descubierto su travesura y escapó de allí a toda prisa, empujada por el miedo a que los guardianes hubieran decidido vigilar el lugar para apresar al impertinente merodeador.
Mucho tiempo después seguía haciendo cavilaciones (cada cual más descabellada) sobre lo que habría ocurrido al final de la cueva. Hasta que un día se armó de valor para atravesar el Túnel del Velvén y abrir otro agujero en la pared para fisgar. Comprobó con alivio que no había ocurrido ninguna de las tragedias imaginadas y ellos seguían allí en los mismos barracones y con el mismo estilo de vida de siempre, por el que parecían no pasar los años. Sólo que ellos tenían la suerte de poder procrear, nacer, crecer, envejecer y morirse. Monnie sentía una envidia sana cuando observaba a aquellos desventurados gastar su vida finita.
Transcurrido un tiempo dejó de visitarles, esta vez por aburrimiento. Siempre hacían lo mismo y en el mismo momento. Jamás había novedades.
Ahora sus escapadas se dirigían a la boca de la cueva y casi había olvidado a los que habitaban al otro lado. Hacía tanto tiempo desde la última visita que apenas recordaba cual era el mejor momento para observarles. Sabía que debía llegar a tiempo para verles entrar y acostarse, pues si se demoraba sólo encontraría un barracón oscuro invadido por multitud de ruidos que generaban los que allí pretendían descansar. Confiaba en el reloj biológico de su padre, que estaba perfectamente sincronizado y daba la señal de retirarse del trabajo cuando aún quedan al menos dos porciones* de tiempo para que Asten se escondiera hasta el siguiente día. Calculó que habría transcurrido media porción desde que Frec dio orden de retirada, por lo tanto disponía de otra porción y media hasta que los cunches llegaran a los barracones. Teniendo en cuenta que el túnel era relativamente corto (medido en pasos tenía unos quinientos escais**) y el recorrido duraba menos de una porción de tiempo, llegó a la conclusión de que aún tendría que esperar allí otra media hasta que llegaran. Además, esas cuentas daban como resultado que quedaba todavía mucha luz y no podría asomarse al otro lado o correría el riesgo de que su retina se quemara en un instante porque, si bien en los barracones predominaba la oscuridad, las pequeñas ventanas próximas al techo dejaban colarse suficiente luz como para que sus ojos se quemaran en un instante.
De repente se percató de que, si visitaba los barracones no llegaría a tiempo para su cita en sueños. Se alarmó ante la idea de disgustar a Samuel. Si le dejaba plantado, él no regresaría. Si él no regresaba, su vida se convertiría en una rutina sin fin. Vio su mundo desmoronarse como un juego de naipes que caía provocado porque ella no acudía a la cita esa noche. Sencillamente, no podría soportar la ausencia de Samuel. Su amistad, aunque sólo existiera en sueños, era lo único que daba sentido a su vida.
Mucho menos importante era el hecho de que Frec había sido tajante cuando le advirtió que debía estar en casa para la hora de cenar. Aunque fuera intrascendente, tampoco quería ganarse una regañina innecesaria.
Aquella excursión requería disponer de tiempo suficiente, sin prisas, como solía hacer antaño. Por eso decidió dar media vuelta y regresar a casa. Apenas había iniciado el recorrido del túnel y era más sensato volver porque su familia ya estaría disponiendo

• *Una porción de tiempo equivalía a media hora, aproximadamente.
• ** Un scai equivale a dos metros y medio (250 centímetros



la cena. Después sus padres y Amand se acostarían enseguida. Y ella también porque había quedado en reunirse con Samuel a orillas del lago durante el sueño de esa noche.
La excursión al final de la cueva tendría que esperar hasta el día siguiente.
Nada más franquear el arco que daba acceso a la casa, ya percibió el ambiente hostil, sin duda motivado por su tardanza en acudir a la reunión familiar entorno a la cena. Ella tenía la sensación de que había transcurrido poco tiempo desde que sus padres se retiraron a la casa. Además tenía permiso para jugar un rato. Pero era evidente que había pasado más tiempo del que su padre podía esperar. Quizá ella se había entretenido demasiado mientras decidía si continuar su visita o regresar a casa. Quizá la posibilidad que había pasado por su mente de perder a Samuel, le había dejado paralizada más tiempo del necesario.
Buscó la mirada de su abuela, a sabiendas de que ella, con algún gesto o mueca disimulada, trataría de darle instrucciones para que la metedura de pata no fuera a mayores.
En cuanto vio que Amand entornaba la mirada y la cabeza hacia el lado derecho, justo donde quedaba el único asiento vacío, entendió que debía entrar rápidamente, sentarse y disponerse a hincarle el diente a las hojas que esperaban dentro de un tazón.
El silencio reinaba entorno a la mesa, interrumpido de vez en cuando porque su madre, Rostie, masticaba y tragaba sin tener en cuenta un mínimo decoro y, además, Frec soltaba de vez en cuando algún que otro bufido para dar a entender que estaba muy harto de que, aunque sólo fuera de vez en cuando, se transgredieran sus normas respecto a los horarios de comida. Así, cuando sus dedos llevaron a la boca la última hoja que quedaba en el tazón, apoyó los dos brazos en la mesa y, dirigiendo a Monnie una mirada retadora, se levantó y marchó en dirección a su siara. Mientras tanto Rosti siguió cabizbaja, sin hacer el más mínimo comentario. Terminó también su comida y siguió los pasos de Frec en busca del ansiado descanso. Era el momento esperado por Amand para verse a solas con Monnie y echarle su cariñosa regañina.
--- ¿Por qué haces estas cosas? Sabes lo mucho que molestan a tu padre… ---preguntó Amand con gesto suplicante, mientras cogía la mano de Monnie.
--- ¿Qué cosas tati? ¿Llegar un momento más tarde de lo que él quisiera? ¡Ni que tuviéramos el tiempo contado! ¡Por Hatai, si tenemos toda la eternidad y vivimos tan al límite como si fuéramos a morirnos mañana mismo!
---Por eso, Monnie, por eso… Estamos condenados a la vida eterna, lo que ya es desgracia bastante y, precisamente por ese motivo, deberíamos esforzarnos en hacernos felices los unos a los otros. Y no hay nada que haga más feliz a tu padre que comer a las horas que tiene estipuladas y luego irse a descansar cuando también lo considera conveniente.
---Esa es la felicidad de los tontos, de los que se conforman y no tienen espíritu para buscar algo mejor, para seguir luchando.--- contestó Monnie con despotismo.
---No digas eso… ¿qué quieres que hagamos? Nadie puede romper la maldición de Altrus. Quien lo intentara sería un insensato y, con esa rebeldía, lo único que conseguirás será sentirte más infeliz aún.
---No estoy intentando deshacer la maldición, sólo exploro los alrededores del lugar donde vivimos. A lo mejor algún día, en una de esas escapadas, encuentro algo o alguien que nos pueda ayudar.
--- ¿Ya olvidaste lo que te ocurrió hace unos días? ---preguntó Amand, acercándose a Monnie en tono confidencial, para evitar que alguien más pudiera escuchar un secreto que sólo les pertenecía a ellas.
---No, tati, para mi desgracia aún no lo he olvidado. Es más… lo recuerdo todos los días.
Monnie contestó por telepatía. Sabía que el oido de Amand no era lo suficientemente agudo como para escuchar una confidencia. Había que evitar que se aliaran un posible sueño tardío de sus padres con la escasa amplitud de la casa para poner al descubierto tan engorroso secreto.
---Pues debes olvidarlo y dejar esos paseos. Aquél día estuviste en serio peligro, créeme que lo digo por tu bien, bueno… y por el mío también. Aún despierto muchas noches, sobresaltada, después de rememorar en sueños lo que pasó cuando yo estaba tranquilamente preparando la cena y apareciste en la entrada de la casa con el rostro desencajado y teñida en sangre desde las orejas hasta los pies, mientras tu mano temblaba sin parar, sosteniendo a duras penas aquella enorme piedra de punta afilada, hasta que no pudiste más y la dejaste caer a mis pies.
--- ¿Qué hiciste con ella, tati? ---preguntó Monnie de repente.
Aunque le había angustiado mucho aquel asunto, hasta ese momento no se percató de que aquella piedra debía permanecer en un lugar tan oculto que nadie pudiera encontrarla jamás.
Ahora se sobresaltaba pensando en la posibilidad de que alguien pudiera encontrar la piedra y comenzara a indagar en un asunto que le llevaría hasta ella. Tal posibilidad y todas sus consecuencias pasaron por su mente en cuestión de segundos para dejarle el cuerpo tiritando de frío y de miedo.
---La tiré al riachuelo cuando te acompañé hasta allí para que te dieras un baño ¿es que no lo recuerdas?
---No, no lo recuerdo. Lo siento…
Se sintió aliviada al saber que la abuela había previsto el destino ideal para la piedra. El agua borraría los restos de sangre y sería una más de las muchas que reposaban en el fondo del riachuelo, sin levantar las sospechas de nadie.
---Por eso quiero pedirte que tengas mucho cuidado, que no salgas de aquí. Tienes más niños para jugar y no necesitas aventurarte en esos paseos tan peligrosos. Piensa que, al igual que aquel día te pasó aquel incidente, otro día puede ocurrir que no salgas de allí con vida para contarlo.
---Ya lo sé abuela… --- contestó Monnie, sin poder evitar que las lágrimas empezaran a inundar sus ojos.
--- Tienes que olvidarlo. Considéralo un incidente que te aportó una importante lección. Y ahora… ¡a dormir para estar mañana bien descansada! ---dijo Amand mientras depositaba un beso en la mejilla de su nieta.
Monnie se despidió de su abuela con una sonrisa forzada que se deshacía por las comisuras y el temor de que el recuerdo de aquel fatídico día le impidiera conciliar el sueño pronto, con el consiguiente retraso en acudir a la cita que tenía esa noche. Habían quedado junto al lago como siempre, pero aquel era un día especial porque él le había prometido que le regalaría uno de aquellos preciosos vestidos que se ponen las humanas y, envuelta en su magia, la llevaría hasta su casa de Madrid para ver juntos una película. No podía demorar el sueño ni un instante más, porque en esos momentos él ya estaría junto al lago, esperándola.

Volver arriba Ir abajo
elisacotarelo
Humano
Humano


Cantidad de envíos : 7
Edad : 50
Puntos : 13
Fecha de inscripción : 16/03/2010

MensajeTema: CAPITULO VI: LA PRIMERA DESAPARICION   Lun Nov 01, 2010 6:14 pm

6. LA PRIMERA DESAPARICION
Garfe padecía de insomnio y casi todas las noches se despertaba mucho tiempo antes de que sonara la alarma, aquel pitido estruendoso que terminaba con el descanso nocturno y daba paso a otro día de tantos, tan carente de emociones y novedades como todos los pasados desde que habían regresado a los barracones bajo las órdenes de Magmalignus y su ejército de clones.
A sus treinta años ya había perdido toda la ilusión de vivir y, con demasiada frecuencia, durante las largas noches en vela su mente recurría a la idea del suicidio como posible salida a aquel infierno.
Le había dado más de mil vueltas a la idea de quitarse la vida, llegando a la triste conclusión de que ni eso era posible, por falta de ocasiones y medios. La ocasión no se presentaba porque durante el día cada uno de sus movimientos (al igual que los de los demás esclavos) estaban vigilados por aquellos guardias clonados, diseñados de tal manera que nunca se cansaban, jamás daban la menor señal de despiste y mantenían el mismo nivel de atención de mañana por noche. Así, aunque consiguiera eludir la vigilancia (que era casi imposible), tampoco disponía de los medios necesarios para llevar su determinación a buen puerto. Necesitaría un arma, de la que carecía. Con ingesta de algún veneno mortífero o cualquier otra cosa capaz de causar la muerte tampoco era posible, ya que seguían sometidos al racionamiento de las tres galletas diarias y no les proporcionaban ningún otro alimento ni bebida añadido, salvo el agua que bebían en los abrevaderos. De esa manera no había posibilidad alguna de que algo capaz de causar la muerte llegara a sus manos para ofrecerle la solución.
Y, por si la vigilancia de los clones no bastara, Magmalignus había adoptado las precauciones necesarias para evitar que se produjera otro motín como el que años atrás había propiciado la liberación de Candai, dando como resultado el reinado de Samuel Kiyama. Una de las cautelas adoptadas consistía en equipar los colchones de los barracones con sensores de presión (y así lo hizo saber el día en que les reunió a todos en la explanada). Tenían prohibido abandonar su colchón durante la noche, debían permanecer acostados sobre él y no había pretexto alguno que pudiera liberarles de esa obligación, salvo la muerte. Por las noches, después de pasar revista, los guardias cerraban las puertas de los barracones y activaban los sensores. De este modo, si algún prisionero osaba abandonar su sitio (cualquiera que fuera el pretexto) los sensores se activaban y avisaban a los guardias para que acudieran en tropel a castigar al infractor.
“¡Si por lo menos tuviera familia! Este infierno sería más soportable…”, pensaba Garfe.
Sus padres habían muerto hacía muchos años, cuando él tenía dieciséis. Ellos formaron pareja cuando ya contaban con una avanzada edad y, aunque les hubiera gustado criar una gran prole, el tiempo se les echó encima y la naturaleza cerró la puerta a la ansiada descendencia. Y fue una lástima, porque eran los padres más maravillosos que uno pudiera desear.
Su madre, Aulen, le mimaba y cuidaba con el mismo esmero que un avaricioso cuida un tesoro muy valioso. Cuando Garfe le achacaba el hecho de que estuviera demasiado pendiente de él, ella le contestaba: “mira hijo, imagínate que alguien pusiera en tus manos una joya valiosísima, tan valiosa como toda la galaxia “La Gran Luz”, ¿no la cuidarías con esmero? ¿No estarías pendiente de ella todo el tiempo, por miedo a que alguien te la robara? Para mí, tú eres mucho más importante que esa supuesta joya.”
Garfe compartía colchón con ella por las noches. Sentir su cálido cuerpo transmitiéndole calor a través del rafai le proporcionaba seguridad y reconfortaba la ansiedad que ya padecía en la niñez
Desde que ella murió sus noches se convirtieron en un infierno de horas interminables, de maquinaciones que presentan una cara factible amparada en la oscuridad de la noche, pero que a la luz del alba mostraban su verdadero rostro y se le antojaban absurdas.
Garfe y sus padres no habían tenido mucha suerte en el reparto del trabajo y les tocó desarrollar su labor en el interior de una mina, de la que obtenían material para la construcción de edificios. Toda su vida transcurría en la penumbra y sólo conocían la luz del día porque saboreaban cada mañana una porción cuando salían de los barracones, durante el tiempo que duraba su trayecto hasta la mina. Aprovechaban cada instante para empaparse de ella como esponjas y la retenían en su memoria para que durara el resto de la jornada.
En el interior de la mina la vigilancia era escasa (Altrus no quería malgastar allí la salud de sus costosos clones). Por eso sólo les exigían resultados. Estaba estipulada la cantidad de material que había que extraer por persona y día, y también los castigos en caso de incumplimiento, que consistían en continuar trabajando durante toda la noche, hasta obtener el doble de la cantidad que el prisionero debiera haber extraído durante el día.
Sus padres sólo tenían una preocupación: velar por la salud y el correcto crecimiento de Garfe. Y quemaban la suya, agotando sus fuerzas para desarrollar su propio trabajo y gran parte del de su hijo quien, según decían ellos, era muy joven para hacer trabajos duros y, si los hacía, correría el riesgo de tener dolores de huesos durante el resto de su vida.
Cuando Garfe comprendió (mucho tiempo después) que la causa de la muerte de su madre había sido el agotamiento, ya era demasiado tarde para remediarlo. Su padre la siguió al poco tiempo. Él nunca tuvo dudas acerca del factor que desencadenó el fallecimiento de su padre: murió de pena. Cuando ella faltó, dejó de comer y de dormir. Poco después se apoderó de él una extraña locura, haciendo que su cabeza y sus ojos perdieran la órbita. No hubo compasión ni comprensión por parte de los guardias y, a latigazos, era obligado a sacar adelante su trabajo diario. Garfe se esforzaba en ayudarle (como en su día sus padres habían hecho con él) pero la falta de costumbre fue la causante de que apenas pudiera cumplir con su propio trabajo, mientras su padre era golpeado para obligarle a continuar trabajando durante toda la noche, hasta obtener la cantidad de mineral estipulada. Así continuó hasta la extenuación. Un día dejó caer al suelo la herramienta con la que trabajaba, y después cayó él. A través de las lágrimas que le empañaban los ojos, Garfe pudo ver cómo lo recogían del suelo sin la menor delicadeza, y lo tiraban en el remolque del vehículo que lo transportaría hasta el exterior, donde se desharían de su cadáver.
Terminó acostumbrándose al trabajo en la mina y a cumplir con su cometido hasta que, años más tarde, la suerte (en lo que al trabajo se refiere) vino a socorrerle y pasó a desarrollar su labor en la fábrica de galletas, un trabajo mucho más cómodo. Pero ya era demasiado tarde.
Tras la ausencia de sus padres, la soledad fue su única compañera, la más fiel, la que sabía como nadie teñir de gris el día más hermoso, la que le despertaba por las noches para que contemplara la parte más triste de la penumbra. Se había acostumbrado tanto a ella, a sentir constantemente sus punzadas en el pecho que si algún día le abandonaba, estaba seguro de que se sentiría completamente vacío.
Garfe era considerado muy atractivo por el sexo opuesto y no le habían faltado (ni le faltaban) candidatas para ser su compañera. Eran muchos los que le aconsejaban elegir una entre ellas, alegando que daría un nuevo sentido a su vida y le proporcionaría una familia, hijos y nuevas ilusiones que llegarían con ellos. Además casi todos coincidían en que las féminas que habían intentado convertirse en su pareja eran las más atractivas, las que nadie en su sano juicio rechazaría. Pero Garfe veía en todas ellas a su madre y le provocaban un sentimiento materno-filial que en nada se parecía a los cosquilleos por todo el cuerpo que manifestaban sentir sus compañeros cuando alguna cunche hermosa se cruzaba en su punto de mira.
Él conocía bien ese tipo de cosquilleo porque lo había sentido en todas las ocasiones que acudían a las duchas colectivas y veía a los cunches jóvenes bañarse desnudos, exhibiendo sus cuerpos musculosos perfectamente esculpidos, además de otros atributos de los que no quitaba ojo, provocando el recelo y la ofensa de más de uno, que huían de su lado procurando disimular la incomodidad de sentirse tan observados.
Nunca había escuchado a nadie decir que sintiera algo parecido. “Claro que yo tampoco lo digo”, “seguro que, entre todos los que estamos aquí, a alguno más le ocurre lo mismo que a mí, pero lo disimulan, buscan una pareja del sexo opuesto y llevan una vida normal” “Yo tengo que hacer lo mismo que ellos”, pensaba para tratar de justificarse ante sí mismo.
Procuraba desterrar cualquier idea que acudiera a su cabeza y tuviera que ver con sus orientaciones sexuales. Por eso sus largas noches en vela estaban ocupadas en contemplar el extraño contraste de luces y sombras, de soledad y de compañía. La luz artificial de la calle se colaba por las estrechas ventanas ubicadas en lo más alto de la pared e iluminaba todo el techo como si fuera pleno día; después se iba difuminando pared abajo, mezclándose con la sombra para crear distintos ambientes. Cuando se encontraban, luz y sombra compartían el protagonismo al cincuenta por ciento. Pero a medida que descendían, la sombra exigía mayor porcentaje y, llegados al suelo, dejaba a la luz una intervención mínima pero suficiente para dar forma a los cuerpos que allí descansaban y hacer volar la imaginación de Garfe hacia lugares prohibidos, haciéndole comprender que era imposible poner puertas al campo.
Sus noches más tranquilas fueron las que pasó en libertad, bajo el reinado de Samuel Kiyama. Vivía solo en una bonita casa, dormía solo y se duchaba solo. Por aquel entonces, y con la esperanza de un futuro mejor en el horizonte de su vida, incluso se había planteado aceptar como compañera a alguna joven cunche y formar una familia. Pero, aunque en principio todas ellas se parecían a su madre, cuando profundizaba un poco más en la amistad llegaba a la conclusión de que ninguna estaba a la altura.
Tras la invasión regresó la vida de antaño. Magmalignus no se esforzó en efectuar cambio alguno, salvo que las medidas de seguridad eran más estrictas y que había aumentado la frecuencia de cambio de sus clones con (también supuestamente por seguridad) para que no existiera posibilidad alguna de que llegaran a confraternizar con los esclavos.
Sin embargo Altrus no dedicaba tiempo a cambiar el diseño exterior de las caras de sus guardias, que era el mismo desde que él tenía recuerdos. Habían elegido como molde un rostro cuadrado, con idénticas medidas a lo largo y ancho, de una edad que se podía situar entorno a los treinta años, pequeña nariz y diminuta boca, con las que contrastaban unos grandísimos ojos a los que no se escapaba detalle. Pero los esclavos sabían a la perfección cuando había un cambio de remesa. La manera de comportarse de los clones novatos, torpe y con muestras continuadas de desorientación, difería mucho de la desenvoltura con la que se movían los que llevaban allí algún tiempo. Esas señales indicaban que una nueva remesa de guardias había llegado y que, durante unos pocos días hasta que se hicieran totalmente con el control, habría algo de permisividad en los movimientos.
Precisamente, hacía dos días que había llegado una nueva tanda de guardias y, como decía Llut (el compañero que dormía en el colchón de al lado) “andaban más desorientados que un cunche en un palacio”.
Pensando en Llut, su cabeza giró instintivamente hacia la izquierda. A Garfe le gustaba observarle mientras dormía. Era muy joven (casi un niño) y descansaba con la tranquilidad de los que no sienten sobre sus espaldas el peso de la vida. Su sueño era siempre tan profundo que no le permitía escuchar la sirena de la mañana y Garfe tenía que propinarle unos buenos meneos para que despertase, y luego empujarle hacia el lavadero a toda prisa. En alguna ocasión había tenido que llevarle casi a rastras.
Miró hacia la izquierda buscando el familiar rostro de LLut, que siempre dormía con el cuerpo ladeado hacia él, sin hacer el más mínimo gesto y sin ruido en la respiración. Era la viva imagen de la felicidad y hasta parecía que una leve sonrisa se dibujaba en sus labios. Al girar la cabeza, dio un salto en el colchón. ¡Llut no estaba allí! ¿Cuándo se habría levantado y para ir a dónde? Pensó que algo debía haber ocurrido durante los escasos momentos en los que él permaneció dormido, que eran muy pocos a lo largo de la noche.
“¿Y por qué no sonó el detector del colchón? ¿Por qué no entraron los guardias? ¿Habrá muerto mientras yo dormía? Imposible, Llut es joven y fuerte.”
Garfe seguía barajando hipótesis que explicaran la ausencia de su compañero y estaba tan nervioso que no vio las piedras esparcidas sobre el colchón de Llut.
Incorporó la cabeza y el tronco para obtener una panorámica del barracón. Probablemente LLut se había sentido indispuesto y estaba en el lavadero o en las letrinas.
Traspasó la tenue iluminación con la mirada, buscando por todo el barracón y prestando especial atención al abrevadero y a las letrinas. No consiguió localizarle en ninguno de esos lugares.
Su impaciencia iba en aumento al ver que la luz del alba empezaba a suplantar a la iluminación artificial que reinaba durante la noche y hacía valer su prevalencia tiñendo los bultos del suelo de un cálido color anaranjado. Pronto sonaría la alarma y Llut seguía sin aparecer por ningún lado. Los azotes que ganaría a cambio de su osadía ya le dolían a Garfe en sus propias carnes.
El tiempo nunca corría a conveniencia y ahora pasaba demasiado rápido, acelerando el temor a que sonara la alarma y Llut no hubiera regresado. Probablemente alguna joven cunche era la responsable de que su compañero arriesgara la vida de aquella manera, y el muy canalla había descubierto alguna forma de burlar los sensores de presión. ¡Efectivamente! Miró más detenidamente y vio unas piedras del tamaño de un puño esparcidas por el colchón, formando un garabato que simulaba la forma del cuerpo, de tal manera que ejercían el peso suficiente para engañar a los sensores. “Pero… ¿cómo consiguió meter esas piedras en el barracón? ¡Nos registran siempre cada vez que entramos…!”, pensaba Garfe.
Ahora estaba más tranquilo porque sabía que Llut había sido lo suficientemente listo como para burlar a los guardias. Incluso sonreía pensando en la astucia que había desplegado para engañarles. Con un poco de suerte, también sería lo suficientemente inteligente como para estar de vuelta a tiempo y evitar el castigo.
La alarma le sorprendió a traición, borrando la sonrisa triunfal de la boca de Garfe e inundando toda la sala con aquel insoportable y estresante sonido que la caracterizaba, diseñado con muy mala fe.
Y Llut no apareció.
Garfe era un manojo de nervios atado con miedos y cavilaciones que aumentaban por momentos, al ver que se iban cumpliendo los rituales matutinos de levantarse, asearse, ponerse a la cola para recoger las galletas… y Llut seguía sin dar señales de vida.
Todo estaba perdido. Aunque Llut se presentase en esos momentos, ya no conseguiría evitar que los guardias se enterasen de sus correrías nocturnas. Ya estaban en la fila para recoger las galletas y pasar por el control (aquel sencillo aparato en el que los guardias tecleaban el símbolo que cada uno de ellos llevaba impreso en la parte posterior del rafai, y que servía para hacer el recuento; así comprobaban que no faltaba ningún prisionero).
Y, efectivamente, cuando toda la fila acabó de pasar, el detector avisó a los guardianes de que faltaba un cunche, aquel cuyo símbolo era tan invisible e insignificante como un simple punto. Era Llut.
--- ¡Paren la marcha! ¡Que nadie se mueva del sitio! ¡No den ni un paso más! ---exclamaba a voz en grito uno de los guardias encargados del control a la salida de los barracones.
--- ¿Qué ocurre? ¡No podemos detenernos, ya estamos fuera de tiempo! ---gritó el encargado de escoltar la fila de trabajadores hasta las fábricas.
--- Falta uno. Hay un cunche que no ha pasado por el detector.
Dijo el primero, encogiéndose de hombros para exculparse del retraso que estaba ocasionando.
--- ¡Alto! ¡Continuad todos donde estáis ahora! Si alguno se atreve a hacer alguna tontería, lo mataré aquí mismo. ---gritó otro guardia desde el medio de la fila, mientras llevaba su mano derecha al encuentro del arma.
Hubo un tiempo de espera, que a Garfe más que largo le pareció interminable. Sabía que la suerte de Llut estaba echada. Si había huido (como todo parecía indicar) se montaría una cacería en la que no escatimarían tiempo ni medios para darle alcance y, cuando lo tuvieran a su merced, una muerte rápida sería para él el mejor de los regalos.
Uno de los guardias caminó hasta la cabeza de la fila que formaban los cunches, mientras los demás, un grupo muy numeroso, se posicionaban armas en mano a lo largo del barracón.
--- ¡Prestad atención los cunches del barracón número uno! Esperad en la misma posición que os encontráis ahora. ---gritó el guardia desde el frente de la fila---. ¡Atención los demás guardias! Conducid a los otros esclavos hasta sus lugares de trabajo. Este problema sólo atañe al barracón número uno.
Los que debían quedarse eran los que compartían barracón con el desaparecido.
Garfe notaba cómo su estómago se encogía, causándole una punzada de dolor que se repetía una y otra vez con la misma frecuencia. Mientras tanto su mente trataba inútilmente de prepararse para el interrogatorio que estaba seguro llegaría a continuación, y en el que él sería una pieza clave porque el ausente dormía a su lado. No sabía nada del asunto y eso era lo que más le preocupaba. Cuando los guardias le interrogaran y no pudiera dar respuesta a ninguna de sus preguntas, creerían que, además de mentir, les estaba tomando el pelo y se ensañarían con él sin piedad.
--- ¡En marcha hacia la explanada! ---gritó el guardia que había tomado el mando de la situación.
Garfe cavilaba posibles respuestas que, aunque significaran “lo ignoro”, no sonaran a tomadura de pelo. Palabras que resultaran creíbles.
La explanada estaba muy cerca (al otro lado del barracón) pero Garfe sintió que le faltaban fuerzas para llegar.
La fila avanzaba con la cabeza gacha, la espalda encorvada, las piernas cansadas y la voluntad abatida. Querían demorar la llegada el mayor tiempo posible porque muchos de los presentes habían presenciado y otros muchos habían escuchado relatos sobre los interrogatorios a los que eran sometidos aquellos que tenían la desgracia de compartir barracón con alguien que causaba algún tipo de problema. Y todas las veces, las preguntas pertinentes venían seguidas de una matanza en la que salir vivo o muerto dependía únicamente de la suerte, y de lo que cada uno entendiera por suerte. Garfe, aunque sentía que el miedo le estaba dejando paralizado, se consideraría muy afortunado si ese mismo día le llegara una muerte rápida a manos de alguno de aquellos guardias y su moderno armamento.
--- ¡Alto! ¡Media vuelta! ¡Todos mirando hacia mí! ---gritó el que parecía ostentar la jefatura de los clones.
Los giros torpes y desacompasados descuadraron la fila.
--- Falta uno de los vuestros… ---continuó, con una voz que oscilaba entre la ironía y la preocupación---. Su nombre es Llut, su símbolo el artug (planeta representado por un diminuto punto). Que se acerquen aquí aquellos que duermen a su vera, los demás que permanezcan en sus lugares.
Garfe abandonó la fila seguido por una encorvada anciana cuyo rafai apenas encontraba percha en su escuálido cuerpo. Ella le dirigió una mirada rápida e implorante desde sus ojos vidriosos, de ultratumba. Él le devolvió una mirada fría. En esos momentos, su único deseo era que aquellos guardias tuvieran algo de compasión y les obsequiaran con una muerte rápida, capaz de liberarle a él de sus pesares y a la anciana de su interminable agonía.
Consiguieron presentarse juntos ante el Jefe de los guardias, que les recibió alternando miradas de desprecio hacia la anciana y de admiración ante la notable belleza física de Garfe, que no pasaba desapercibida en ninguna circunstancia.
--- ¿Cómo es Llut? ¿Joven o viejo, alto o bajo…? ¿Cómo es? ---preguntó sin dejar de mirar a Garfe de forma descarada.
---Es un joven de veinticinco años, alto y fuerte. ---contestó Garfe, tras tragar saliva para deshacer el nudo de la garganta.
--- ¿Tenía pareja?
--- Creo que no.
--- ¿Tú tampoco lo sabes? ---preguntó, dirigiéndose a la anciana sin poder evitar el gesto de asco que le arrugaba la expresión.
--- Creo que no. ---contestó ella con una voz potente que no se correspondía con su debilidad física.
--- ¿Os comentó algo Llut? ¿Observasteis en él algún comportamiento extraño? Me refiero a preparación de fuga o similar…
---No, nunca me comentó nada de eso. ---contestó Garfe.
---A mí tampoco ---repuso la anciana.
---Ayer por la noche, cuando terminasteis vuestro trabajo… ¿entró Llut con vosotros en el barracón?
El Jefe de los Guardias empleaba un tono de voz amigable y adoptaba poses distendidas, que invitaban a soltar las palabras.
---Sí, estaba delante mío en la fila y le vi acostarse en su colchón, como todos los días. ---contestó Garfe
---Yo también le vi. ---dijo la anciana, que parecía ser muy prudente y siempre cedía al joven el turno para contestar y luego ella asentía y reforzaba esa respuesta.
--- ¿Los dos le visteis acostarse la noche pasada?
---Sí.
---Sí.
--- ¿Ocurrió algo especial durante la noche?
--- No. Tengo el sueño muy profundo y dormí enseguida, sin percatarme de la falta de Llut hasta esta mañana, cuando sonó la alarma. Entonces pensé que quizás el hecho de que no estuviera en su colchón obedeciera a una explicación lógica.
Garfe rogaba para que los clones no llevaran incorporado algún detector de mentiras o similar.
---Yo también me quedé dormida nada más acostarme, estaba muy cansada debido a mi avanzada edad, y tampoco desperté hasta que sonó la alarma y, aún así, no me di cuenta de que faltaba alguien hasta que dieron orden de parar el avance de la fila y explicaron el motivo. ---dijo la anciana, con buen criterio.
---Entonces… ¿no escucharon ningún ruido durante la noche?
---No
---No, ninguno.
--- ¿Alguna vez vieron a Llut entrar en el barracón portando piedras? ---preguntó el guardia.
Su tono de voz amigable se tornó irónico, esbozando una sonrisa que preludiaba venganza ante la sarta de mentiras que creía estar escuchando.
---No ---se limitó a contestar Garfe.
---No ---le siguió la anciana.
---Entonces… ¿nunca visteis piedras en el barracón, en el colchón de Llut o en los alrededores?
---No
---No
El rostro del Jefe se tornó severo casi de repente, y dirigió la mirada a los guardias que permanecían a su lado.
--- ¡Coged a estos dos y encargaros de que reciban el escarmiento que merecen! ---gritó.
Al grupo compuesto por los cinco guardias que durante el interrogatorio habían permanecido a la derecha de su Jefe, inmóviles como estatuas, les pilló la orden por sorpresa (dado el buen humor del que había hecho gala durante todo el interrogatorio) y reaccionaron al unísono echando mano a sus armas, sin saber muy bien cual era el escarmiento requerido, pero dispuestos a emplearse con contundencia para no quedarse cortos.
La anciana exhaló un suspiro de resignación y Garfe otro de súplica, rogando para sus adentros que todo terminase pronto, aunque sabía que no sería así. En ese caso “un buen escarmiento” era sinónimo de una lenta agonía, que sólo terminaría con la muerte.
Voces lejanas interrumpieron el proceder de los guardias (que volvieron a quedar petrificados, con las manos pegadas a las armas) y sobresaltaron al Jefe.
--- ¡Jefe Madus! ¡Jefe Madus!
Un guardia corría hacia ellos, gritando con ansiedad y emergencia, como si proclamara el inminente fin del mundo.
--- ¿Qué ocurre? ¿A qué viene tanto escándalo? ---preguntó Madus, sorprendido por los gritos.
--- ¡Hemos encontrado el rafai del desaparecido! ---decía, con la voz entrecortada por la carrera y tal vez por la emoción, mientras mostraba la prenda entre sus manos.
Cuando comenzaron a sonar los gritos anunciando la aparición de la significativa prueba, los guardias aún no habían tenido tiempo de agarrar a Garfe y a la anciana para cumplir la sentencia de escarmiento que había pronunciado Madus. La curiosidad que provocaron los nuevos acontecimientos les hizo soltar sus armas y también olvidar que Garfe y la anciana seguían en el mismo lugar, en primera línea, presenciándolo todo.
Cuando el alarmado guardia consiguió llegar hasta ellos, tendió la prenda a Madus para entregársela como una ofrenda y Garfe pudo comprobar que realmente se trataba del rafai de Llut. Y parecía estar intacto, sin roturas ni manchas de sangre. ¿¡Habría decidido huir desnudo!?
Los hechos eran cada vez más desconcertantes e inexplicables.
El extraño hallazgo logró desbaratar las hipótesis que cada uno de los presentes había barajado para explicar los hechos. Todo eran intercambio de miradas, unas desconcertadas y otras cómplices. La incertidumbre parecía unirles momentáneamente, creando un clima de confraternización ante el desconcierto.
--- ¿Dónde lo habéis encontrado? ---preguntó Madus, mientras palpaba el rafai con la punta de los dedos y las facciones contraídas por el asco que le causaba la mugrienta prenda.
---Al lado del colchón donde dormía el desaparecido. ---contestó el guardia, aún fatigado pero con la cara henchida de satisfacción, lo que denotaba que él era el autor del hallazgo.
Madus extendió el rafai, le dio varias vueltas hacia un lado y hacia el otro, arriba y abajo, como si entre los pliegues buscara algo que no terminaba de encontrar.
--- ¡No tiene nada! ---se limitó a decir como conclusión, dibujando en su cara una expresión que hacía dudar sobre si era sorpresa o inocencia, mientras giraba la cabeza en todas direcciones buscando la respuesta entre los presentes.
--- ¡No tiene nada! ---repitió, con gesto bobalicón.
--- ¿Nada de qué, Jefe? ---preguntó un guardia de los presentes, dando a su voz una entonación paternalista al ver a su Jefe tan desorientado como un niño que encuentra su estuche vacío.
---No está roto, no tiene sangre… Ha huido desnudo o alguien le ha proporcionado otra ropa. ---acertó a decir Madus.
---Caben las dos posibilidades, Jefe. ---contestó el mismo guardia.
---Esto es muy extraño. Voy a contactar con Altrus para darle cuenta de lo ocurrido.
Madus cogió el andum (aparato de transmisiones que colgaba del cinturón de su rafai), carraspeó levemente para aplacar los nervios, acercó el aparato a su cara, pulsó un botón y, al instante, la voz de Mejún (el lugarteniente de Altrus) se oyó en toda la explanada, al tiempo que su cara aparecía nítida en la pantalla, visible para los que estaban cerca de Madus, como Garfe y la anciana quienes, debido al descontrol de la situación, aún seguían en primera línea.
--- ¿Qué ocurre en Kimismo para que a estas horas aún no hayáis dado todas las novedades? ---preguntó Mejún, malhumorado.
---Señor, si me permite… no pudimos dar las novedades porque hubo un incidente. --- contestó Madus, con sumisión.
--- ¿¡Un incidente!? ¿Qué clase de incidente?
Mejún asomaba en la pantalla con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.
---Ha desaparecido un cunche, Señor. ---soltó Madus, como quien se libera de un peso inmenso.
--- ¿¡Cómo que ha desaparecido un cunche!? ¿Habrá muerto?
---No, no Señor, no ha muerto, ha desaparecido. Lo encontramos en falta al hacer el recuento esta mañana. ---contestó Madus.
--- ¿¡Cómo!? ¡Eso es una tontería! Si no está muerto… tiene que estar en su barracón, escondido. ¿Habéis revisado el barracón? ---preguntó Mejún con gesto cansado y la paciencia agotada.
---Sí Señor, palmo a palmo.
--- ¿Y qué? ¿No habéis encontrado nada? ---volvió a preguntar Mejún, en tono más elevado, marcando excesivamente las sílabas para mostrar su paciencia ante el novato Jefe de Guardias.
---Hemos encontrado su rafai y, encima de su colchón, unas piedras debidamente colocadas para burlar los sensores.
---Entonces… ¿se os ha olvidado bloquear la puerta del barracón ayer por la noche?
---No señor… la puerta ha sido debidamente bloqueada y también se ha colocado la alarma. ---Madus acompañó su contestación con un suspiro que daba a entender su preocupación por lo ocurrido y su falta de responsabilidad en los hechos.
--- ¡Totalmente imposible! Para empezar, si hubierais hecho bien vuestro trabajo, el cunche no habría conseguido introducir las piedras dentro del barracón para engañar los sensores del colchón, y mucho menos habría podido salir por una puerta de alta seguridad que se precinta durante la noche. Esto pasa por mandar novatos a hacer el trabajo de profesionales. Sigue conectado, voy a hablar con Altrus ---ordenó Mejún, desapareciendo de la pantalla.
La sola idea de ver el rostro de Altrus hizo que la relativa tranquilidad de los presentes se tambaleara. No mermaba el pánico el hecho de saber que su imagen aparecería comprimida en una pequeña pantalla, mientras él se encontraba a millones de escais de distancia y con poca capacidad de hacer daño, al menos de forma inmediata. Pero su leyenda y las ideas a ella asociadas traspasaban barreras físicas y temporales.
El tiempo de espera transcurrió en medio de un silencio sepulcral y una inmovilidad absoluta.
--- ¿Qué pasa con mis inútiles guardias novatos?
Preguntó de repente una voz de ultratumba, melodiosa y malvada a la vez. Era Altrus.
El estómago de Madus dio una fuerte sacudida que traspasó las barreras de su uniforme e incomodó a los presentes. Dirigió su turbada mirada a la pantalla del andum que, no obstante, seguía negra.
---Hay un desa—pa—re—ci--do, Se—ñor Al--trus. ---tartamudeó Madus.
---No te molestes en darme más detalles, ya lo hizo mi lugarteniente.
---Sí, Gran Jefe… ---contestó Madus.
--- ¡Escúchame bien! Es necesario que tú mismo compruebes todos los sistemas de seguridad, uno por uno, constantemente, dando novedades después de cada comprobación. Asegúrate también de que las puertas están completamente cerradas por la noche, de que funcionan los sensores, de todo. Los cunches no desaparecen porque sí, en mitad de la noche, sin dejar rastro… Es evidente que alguien del exterior le ayudó a huir. Alguien con poderes suficientes para burlar cualquier puerta de seguridad, para introducir las piedras en el barracón bajo cualquier forma y sin ser visto… Sabes a quien me refiero, ¿verdad?
La voz de Altrus sonaba aleccionadora, como la de un maestro que trata de enseñar a un alumno desaventajado.
---Si Gran Jefe, al Rey Kiyama ---contestó Madus, seguro de dar la respuesta correcta.
---Con un sí o un no me hubiera bastado ¡imbécil! ¡NO VUELVAS A REPETIR ESE NOMBRE EN MI PRESENCIA! Y mucho menos llamarle Rey. ---contestó Altrus, elevando tanto la voz que parecía que el aparato iba a estallar en mil pedazos.
---En-te-ra-do, Gran Je-fe Al-trus.
El aparato de transmisiones temblaba tanto como las manos de Madus, hasta que se silenció de repente, dejando un vacío que fue sustituido por un murmullo generalizado que circulaba por toda la explanada; mientras los guardias, inexpertos y aturdidos momentáneamente por la presencia de Altrus, no sabían como acallar a los cunches...
Incluso Garfe se atrevió a girar la cabeza para mirar hacia donde estaban sus compañeros. Y lo que vio fueron rostros sonrientes, ojos que brillaban con el fulgor de la ilusión e intercambio de comentarios esperanzadores. Uno de ellos le miró diciendo en voz alta: “Samuel no ha muerto, sigue vivo, se ha llevado a Llut a una vida mejor y volverá a buscarnos también a nosotros, uno a uno nos irá llevando con él”, decía aquél cunche como si estuviera recitando una profecía.
--- ¡Silencio todos! --- gritó Madus.
El murmullo se fue acallando poco a poco y los presentes guardaron la ilusión para mejor ocasión.
--- ¡Quiero ver unas filas perfectas! Tú y tú… ¡volved a vuestros sitios! ---dijo Madus dirigiéndose a Garfe y a la anciana.
Los dos obedecieron sin dilación, contentos de que su castigo no hubiera sido ejecutado. La anciana caminaba ahora con una energía renovada y hasta Garfe parecía haber vuelto a apreciar el placer de contemplar más amaneceres.
Cuando estuvieron de nuevo insertados en el interior de la fila, la voz de Madus volvió a sonar para ordenar la vuelta al trabajo.
Ahora la fila se deslizaba con soltura sobre la artea. Todos parecían contentos de quemar en sus trabajos las horas que restaban hasta que apareciera la noche, y con ella la posibilidad de que la suerte decidiera cuál sería el siguiente afortunado en abandonar los barracones para ir al lado de Samuel. Hatai nunca había recibido tantas plegarias.


Volver arriba Ir abajo
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: UN CAPITULO MÁS DE "EL SUBMUNDO DE MONNIE"   

Volver arriba Ir abajo
 
UN CAPITULO MÁS DE "EL SUBMUNDO DE MONNIE"
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 1 de 1.
 Temas similares
-
» KOF Capitulo 1 - all out (fandub español latino)
» Heraldos de la luz (avanze del primer capitulo)
» ESTADO REM ALTERADO- CAPITULO II
» x place capitulo 4
» Kimi ga nozumo Ein Capitulo 1 fandub Mexicano

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
*-Literatura Youth Fantasy-* :: Campaña " Creemos en los Nuevos Autores " :: Nuevos Autores: Habla Hispana (España)-
Cambiar a: